Viernes, 23 Agosto 2024 10:28

Tres interpretaciones sobre Lijo - Por Vicente Massot

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El sonado escándalo protagonizado por Alberto Fernández tuvo tal resonancia en los medios de comunicación clásicos y en todas las redes que -por lógica consecuencia- relegó a un segundo o tercer lugar a otras cuestiones de singular importancia. Desde que tomó estado público la inaudita violencia que aquél ejerció durante años a expensas de Fabiola Yánez, los pliegos de Ariel Lijo y de Manuel García Mansilla -candidatos propuestos por el gobierno para integrar la Suprema Corte de Justicia de la Nación- desaparecieron, o poco menos, de la escena, como si fueran asuntos de menor trascendencia.

Inclusive la cadena de corrupción atada a los seguros que manejaba Héctor Martínez Sosa, marido de la histórica secretaria de Alberto Fernández, sufrió un eclipse semejante a la de los dos letrados mencionados. Si bien las nuevas declaraciones de la que fuera primera dama, y sufriera las vejaciones de su entonces pareja, mantienen al culebrón político en la primera página de todos los diarios y es el tema más visto y comentado en las redes sociales, de a poco los asuntos temporariamente olvidados vuelven a ganar protagonismo. 

Mañana, salvo imponderables de último momento, Ariel Lijo se hará presente en la Comisión de Acuerdos del Senado con el propósito de cumplir con un formalidad y tratar de que se apruebe su pliego en esa instancia. Contra lo que desearían sus valedores dentro y fuera del oficialismo, es harto probable que la votación se dilate al menos una semana más. Mientras tanto, el actual magistrado de Comodoro Py se halla abocado a visitar las oficinas de los senadores que están en duda respecto de si votar en el recinto en su favor o si ponerle una bolilla negra. Nada -que se sepa- nuevo entre nosotros. En general, lo que se estila en estas playas es que los nominados -por llamarles de alguna manera- se ocupen de hacer lobby allí donde se decidirá su suerte; esto es, en la cámara alta del Congreso. Ello sin contar -por supuesto- las gestiones que realizan en estos días distintos ministros del Poder Ejecutivo. Santiago Caputo -que cada día acumula más poder y obra por su cuenta, pasando por encima de ciertos ministros como si fueran alambre caído- visitó, una semana atrás, a la vicepresidente de la República con el objeto de hacerse una composición de lugar más precisa respecto de un tema en el que la administración libertaria ha apostado fuerte. Victoria Villaruel -que tiene posición publica tomada en contra de la candidatura de Lijo, pero que no vota- hizo una exposición detallada de la situación y le dejó en claro a la eminencia gris de Javier Milei que no se movilizaría para impedir la llegada a la Corte del controvertido juez, a la par que no movería un dedo en su favor. En el Colegio de Abogados de la Capital Federal acaba de declarar -no sin razón- que a Lijo le “faltan pergaminos para ser ministro de la Corte”. Más claro, imposible.

La propuesta de Ariel Lijo, adelantada por el gobierno para que se convierta, junto a Manuel García Mansilla, en ministro del máximo tribunal de justicia del país, puede ser entendida al menos de tres maneras distintas. Pasemos revista a la primera. Que Ricardo Lorenzetti nunca terminó de digerir la perdida de la presidencia de esa institucion, es un dato que no necesita demostración. Que, al mismo tiempo, desde el momento en que tuvo que bajar al llano no ha cejado en su empeño de volver al cargo que se le escapó de las manos, tampoco amerita comentarios. Es vox populi que, a través de Karina Milei, convenció a su hermano de que Lijo era el indicado para asegurarle un tribunal adicto, encabezado por él. Hasta aquí el relato resulta verosímil. Pero, si así se desarrollaron las cosas, y si fuese cierto lo que se ha cansado de repetir el oficialismo en cuanto a que “o son los dos o ninguno” -poniendo el énfasis en que sólo aceptará que ambos pasen el examen de la cámara alta- hay algo que carece de sentido. Mientras Lijo es un juez despreciable en diversos sentidos, García Mansilla es un señor. Si el primero está dispuesto a secundar los planes de Lorenzetti y votar a libro cerrado cuanto se le ordene, el segundo es su contracara. Independiente, honorable y jurista de nota, jamás haría las veces de servil. De modo tal que, si uno y otro consiguiesen los votos suficientes, ni Lorenzetti recuperaría el lugar de privilegio que lo desvela, ni el gobierno tendría una mayoría automática. Sin contar con el descrédito que arrastraría por haber convertido a un personaje de los antecedentes de Lijo en ministro de la Corte. Conclusión: la estrategia no tiene ni pies ni cabeza. ¿Y entonces? Pasemos a la segunda hipótesis.

En la suposición de que ni Ricardo Lorenzetti ni Javier Milei son negados y que, por lo tanto, habrán hecho el mismo razonamiento que antecede, cabe imaginar otro curso de acción. ¿Por qué no pensar que lo de “Los dos o ninguno” sea una táctica que, llegado el momento, habrá de ser abandonada por razones de fuerza mayor? ¿Qué ocurriría si Ariel Lijo fuese aprobado y Manuel García Mansilla resultara reprobado? Este es un escenario bien probable, en razón de que aquél será apoyado por parte del kirchnerismo, del radicalismo, del Pro y de representantes de La Libertad Avanza. Son conocidos desde antiguo los favores que el magistrado de Comodoro Py le ha hecho a las más diversas capillas políticas. Ha quedado bien con casi todos y es por ello que -cuando menos, en teoría- lleva las de ganar. Si hasta la DAIA y las Abuelas de Plaza de Mayo han quebrado una lanza en su favor. En cambio, el decano de Derecho de la Universidad Austral suscita, en un ambiente en donde los progresistas de las más variadas observancias son mayoría, no pocos reparos ideológicos. Algunos señalan que no debería descartarse la posibilidad de que el oficialismo pregone en público un discurso para quedar bien y bajo cuerda haga lo contrario. Dicho de manera diferente: que pase uno, quede atrancado el otro y, en esa instancia, en lugar de hacer honor a la palabra empeñada -“O los dos o ninguno”- el gobierno levantase un argumento de peso recostándose en la equidad de género. Descartado García Mansilla, bajo ese supuesto se nominaría de inmediato a una mujer -se menciona a una entrerriana- dócil a los dictados de Lorenzetti y que, en principio, no suscitaría objeciones de peso.

Hay también una tercera interpretación, si se quiere menos tortuosa. A veces las cosas son lineales aunque cueste creerlo. Es posible que el presidente de la Nación -a quien los asuntos públicos que no se relacionan con la economía le interesan poco o nada- se haya dejado convencer de que el plan saldría bien y que, al final del día, Manuel García Mansilla se plegaria a la nueva mayoría de la Corte. Si se da por sentado que los dos candidatos -más allá de su disímil envergadura intelectual- estarían dispuestos a cerrar filas con Ricardo Lorenzetti, la jugada del gobierno tendría lógica. Claro que a esta altura la suposición -si alguna vez existió- de que los dos son en el fondo, si no iguales, muy parecidos, no resiste análisis. Por qué Milei se ha empeñado en defender a un miembro de la judicatura con semejante prontuario, es algo que no deja de sorprender. Después de todo, Lijo será su aliado sólo si al propio juez le conviene. Si acaso llegase al máximo tribunal, su lealtad siempre estará sujeta al éxito del gobierno. Apenas trastabille, se hará el desentendido y mirará para otro lado.

Vicente Massot

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