En realidad, y más allá de las conversaciones que existieron entre Santiago Caputo, en representación del gobierno, y Wado de Pedro, por parte del kirchnerismo, nunca un acuerdo estuvo siquiera cerca de concretarse. Era literalmente imposible, dado la omnipotencia de los libertarios, que Milei se hallase dispuesto a pagar el precio que exigía Cristina Fernández. De su lado, la titular del PJ ni por asomo iba a aceptar el ofrecimiento oficialista: sus votos en el Senado de la Nación a cambio de la promesa de que, sentados en la Corte los dos candidatos de la Casa Rosada, se abriría un espacio negociador para así definir la ampliación del supremo tribunal -los ministros pasarían a ser siete-, el nombre del futuro procurador, y el tema de los juzgados nacionales vacantes -unos doscientos, poco más o menos-, que viene de lejos.
El presidente y su hermana compraron llave en mano un proyecto de dominación de la Corte que era disparatado. En su obsesión por volver a presidirla, Ricardo Lorenzetti, o bien se olvidó de comentarle a los Milei el costo que tendrían que abonar por los votos de la Unión por la Patria -algo que parece inconcebible- o, en su desmesura, Javier y Karina creyeron que si alguien se interponía en su camino lo pasarían por encima como alambre caído. Todo fue la chapucería de un conjunto de ignorantes o de irresponsables. Ahora, claro está, hay que asumir las consecuencias del entuerto.
Buscar culpas ajenas y no darse cuenta de los errores no forzados propios, parece ser el camino que ha escogido el gobierno a los efectos de hacer frente a la derrota que sufrió el miércoles pasado. Primero se la agarraron -para variar- con la vicepresidente y, acto seguido, con Mauricio Macri. Si se analiza la cuestión con un mínimo de honestidad intelectual y sin anteojeras ideológicas, es fácil darse por enterado que Victoria Villarruel desde un primer momento se opuso a la nominación de Lijo, lo mismo que distintos senadores, tanto de La Libertad Avanza como del macrismo y el radicalismo, a los cuales no se los puede acusar de conspiradores, de kirchneristas o de traidores.
Lo que los Milei y Santiago Caputo no terminan de entender es que el camarista federal por ellos escogido para convertirse en ministro de la Corte, arrastra antecedentes impresentables. Imaginar, por lo tanto, que no iba a sufrir impugnaciones de todo tipo, tamaño y color, sólo podía caber en la cabeza de un despistado. Antes de substanciarse la votación lo que debió haber hecho el Poder Ejecutivo, era retirar los pliegos y evitar así un revés sonoro. Pero el primer magistrado -resulta de sobra sabido- no es amigo de dar el brazo a torcer. Creyó que si ensayaba ese paso quedaría en evidencia su debilidad. Su tozudez, pues, fue peor que la enfermedad. En resumidas cuentas, no hubo senadores comprados ni desestabilizadores. El presidente y su círculo íntimo obraron a la manera de improvisados, indocumentados. Eso fue todo.
Aunque el tropezón y caída no ha sido menor, en poco tiempo más los dos nombres bochados en la cámara alta del Congreso de la Nación, si bien no pasarán al olvido, dejarán de tener la trascendencia de los últimos días.
La situación económica se ha enrarecido de tal forma que si, en clave institucional, la grosería gubernamental respecto de la Corte no le ha pasado desapercibida a persona alguna, el tsunami desatado por las medidas arancelarias tomadas por el presidente Trump se han apropiado del centro del escenario y amenazan quedarse a vivir allí. Hoy el fenómeno excluyente a nivel planetario es la guerra de tarifas que se ha desatado a escala nunca vista desde la crisis capitalista del año l929. No se trata de una caída generalizada de las bolsas más importantes del mundo -Wall Street, Tokio, Seúl, Frankfurt y Londres- a similitud de cuanto aconteció en los años 2008 y 2022. En rigor, la diferencia hallable entre aquellas crisis y la presente es de carácter cualitativo. La política inaugurada a instancias del presidente norteamericano es un cambio de las reglas de juego vigentes del comercio internacional. Nada más y nada menos. Es posible que nos encontremos en vísperas de una revolución con consecuencias imposibles de prever. No es que vaya a estallar el globo como que el reordenamiento a que dará lugar dejará tras de sí -como no podría ser de otra manera- a ganadores y perdedores en una escala mayúscula.
Qué tanto impactará la avanzada proteccionista dispuesta por Trump a nuestro país, es la pregunta que se hacen políticos, analistas, empresarios y el público en general. Como la conmoción es reciente y nadie sabe a ciencia cierta de qué manera evolucionará, la respuesta -de momento- brilla por su ausencia. Hay razones para sostener que la Argentina sufrirá el impacto, a semejanza de cualquiera otro país de menor rango que, además, sobrelleva una situación precaria en materia económica. Pero también existen motivos para ser moderadamente optimistas. Todo dependerá de cuál sea la mitad de la biblioteca a la que se acuda para dar contestación al mencionado interrogante. Como quiera que sea, resulta innegable que, en primera instancia, el disloque de los mercados mundiales -que a todos tomo por sorpresa- se ha producido en la peor de las coyunturas.
El riesgo país ha superado los 1000 puntos -la mayor cifra desde finales del mes de octubre- reflejando la baja de los bonos soberanos, mientras los dólares financieros y el blue no dejan de subir. La brecha, por supuesto, no ha hecho más que agrandarse. Si con anterioridad a las nuevas reglas puestas en circulación por Donald Trump, el pronto auxilio del FMI era importante, ahora ha pasado a ser imprescindible. Las reservas lucen escasas y se vienen los pagos de los Bonares, Bopreales y Globales en el mes de julio.
Mención aparte merece la contienda que se ha desatado en el peronismo de la provincia de Buenos Aires y que amenaza tener efectos a lo largo y ancho de la geografía de ese movimiento político. Es claro que Axel Kicillof y Cristina Fernández están enredados en una disputa por la conducción nacional, de cara a las elecciones presidenciales de 2027. Esto no significa que los comicios del presente año sean intrascendentes. Obrarán como una PASO, y lo que suceda en septiembre y octubre en el distrito bonaerense determinará una nueva relación de fuerzas dentro de ese espacio. El desdoblamiento decidido por el gobernador significó un punto de no retorno entre los dos contendientes. Las acusaciones que se han cruzado y los intereses contra- puestos que están en juego hacen poco probable -por no decir imposible- una reconciliación.
La ruptura no es sólo de las principales figuras que tiene el kirchnerismo a nivel nacional sino que, tras ellos, se han encolumnado intendentes, diputados y senadores. En principio, la divisoria de aguas se ha dado en torno del desdoblamiento de los comicios provinciales respecto de los nacionales. Tomada la decisión por parte del mandatario provincial, se espera que la reacción de la viuda de Kirchner, en consonancia con lo que había dicho días atrás, sea la de encabezar la lista de diputados provinciales en la tercera sección electoral -la más caudalosa en número de votos en el Gran Buenos Aires. Si finalmente hiciese honor a su palabra, la jefa del PJ dejaría a Kicillof y a su partido con un serio problema de cara a octubre: ¿cómo reemplazarla? No hay ninguna figura de su envergadura y con su intención de voto. Salvo Sergio Massa, cuyo nivel de conocimiento por parte del electorado es similar al de Cristina Fernández, el peronismo carece de dirigentes de relieve.
La beligerancia cada vez más acentuada que ha estallado en el principal bastión electoral del peronismo es una de las dos buenas noticias que ha recibido, en el curso de las últimas semanas, el oficialismo. La primera había sido el índice de pobreza e indigencia publicado por el INDEC, que pronto fue eclipsado por las desventuras en materia económica. La pulseada de Kicillof y la ex–vicepresidente es la segunda. Que en las tiendas del enemigo a vencer en octubre se haya producido semejante enfrentamiento es música para los oídos libertarios. El directorio del FMI le dará este viernes a Javier Milei el mejor de los anuncios y que espera con más impaciencia.
Vicente Massot


El plan -si acaso hubo alguna vez uno- estuvo mal diseñado desde su mismo inicio y -por lógica consecuencia- terminó como era de esperar. Cualquiera con un mínimo de entendimiento podía predecir, sin esforzarse demasiado, cuál sería el destino de Ariel Lijo y de Manuel García Mansilla.
