Viernes, 28 Junio 2024 12:02

Un vistazo al arco opositor – Por Vicente Massot

Escrito por

A nadie le escapa que el papado es la última monarquía absoluta existente en el mundo occidental. Imaginar, pues, que en el país natal del sumo pontífice un conjunto de curas villeros pueda transformar la ceremonia de la Misa en una suerte de acto de proselitismo peronista sin la anuencia de Francisco es no entender ni la naturaleza del poder de la Santa Sede con asiento en Roma, ni las preferencias ideológicas del sucesor de Pedro, ni tampoco su forma de actuar en la arena política. 

La plana mayor del episcopado criollo, y aquellos ensotanados que se parecen más a punteros del conurbano bonaerense que a sacerdotes de Cristo, no mueven un dedo sin el ukase de su valedor. 

Formados doctrinalmente en los postulados del pobrismo, se valen de su condición, y de la adhesión que suscitan entre los más necesitados, para llevarle una guerra de zapa al gobierno libertario. Nunca van a quebrar una lanza en favor del justicialismo y de sus distintas capillas en forma abierta. No van a reivindicar a las administraciones de los Kirchner a tambor batiente ni a fulminar anatemas a expensas de Javier Milei. Lo suyo es algo más sutil, aunque en el fondo no haya persona que se llame a engaño respecto de cuáles son sus verdaderos propósitos.

Sus críticas siempre se corresponden con las que, desde diciembre del pasado año, levantan los llamados movimientos sociales, los distintos grupos piqueteros, la oposición de izquierda y el grueso de los K. Se centran en lo económico-social y no se cansan de denunciar las penurias que sufren los sectores más humildes de la sociedad ante la indiferencia que atribuyen a las autoridades, que -reclaman- deberían ocuparse de paliar tal situación. Hay quienes suponen que, en atención a la falta de envergadura de los opugnadores del actual oficialismo, la Iglesia católica ha decidido tomar la delantera y hacerse cargo del liderazgo de esas menguadas huestes.

Argumentan que resultaría pecar de ingenuo no relacionar las Misas militantes, la foto del papa junto a los delegados sindicales de Aerolíneas Argentinas, la reunión de más de una hora que le concedió al gobernador de la Provincia de Buenos Aires, el vínculo estrecho que Francisco ha anudado con Juan Grabois y -por fin- los reiterados cuestionamientos al manejo del gasto social gubernamental, con una campaña premeditada. Si bien hay razones para convalidar la sospecha y otorgarle crédito a la teoría del hilo conductor, parece apresurado darla por probada.

De momento, basta apuntar las diferencias cada vez mayores entre el pobrismo eclesiástico y el capitalismo de mercado que pretende imponer el presidente de la Nación. Si hay un plan debidamente orquestado para torpedear desde distintos ángulos -el púlpito, la calle y la CGT, por ejemplo- al gobierno, es materia abierta a debate. Coinciden Grabois, García Cuerva, Pablo Moyano, Emilio Pérsico, Axel Kicillof y tantos otros en punto a sus ideas. Lo cual no significa -al menos, no necesariamente- que actúen de común acuerdo.

En la Casa Rosada la idea que prima es la de no enfrascarse en una discusión inútil con actores contra los cuales no vale la pena confrontar o que resultaría peligroso hacerlo. Está claro que enredarse en una polémica con Nicolás del Caño o Estela de Carlotto carecería de sentido debido a su escasa entidad. En cambio, elegir como contrincantes a monseñor Ojeda o al obispo de Lomas de Zamora, Jorge Lugones, tendría más riesgos que beneficios aun en el caso de salir los libertarios bien parados.

El libreto al que se atienen en Balcarce 50 es claro y por ahora no ha dejado de dar buenos frutos. Consiste en dejar que sus enemigos levanten la voz cuanto quieran y afilen en su contra los argumentos que les parezcan legítimos, sin molestarse en responder a ninguno. Básicamente, porque creen que- si dirigentes tan cuestionados por la ciudadanía como los Moyano, Kicillof o Cristina Fernández, se erigen en campeones del arco opositor, quien sale ganando es el gobierno.

Cada vez que aparece el líder de los camioneros, o su hijo más díscolo, a despotricar contra Milei y a alentar algaradas callejeras que luego terminan en batallas campales, el oficialismo suma puntos. En cuanto a mantener el silencio frente a las críticas de los prelados y curas, la razón es sencilla de entender. Hasta aquí, la militancia eclesiástica ha quedado asociada al peronismo que copó las capillas y desdibujó el sentido de la Misa con la complacencia de los   purpurados, y también a las audiencias que el papa le otorgo a sus conmilitones del justicialismo. Es la Iglesia la que aparece, ante la opinión pública, embanderada a una causa política que se corresponde mal con su pretendida misión espiritual.

La contextura y el rol del arco opositor es uno de los temas más relevantes de la política nativa en razón de las elecciones legislativas que habrán de sustanciarse en octubre del año que viene. El oficialismo no ha perdido el tiempo y desde hace un par de meses Karina Milei ha asumido la responsabilidad de dar forma a La Libertad Avanza en toda la geografía del país.

El desafío es remediar -con catorce meses por delante- las fallas que se hicieron notar en los comicios generales de 2023. Para entender la trascendencia de la pulseada que se recorta en el horizonte conviene saber que se ponen en juego veinticuatro senadurías y la mitad de las bancas de la Cámara de Diputados. Los libertarios -a diferencia de cualquiera de las demás agrupaciones que compiten, y salvo que ocurriese una catástrofe- tienen todo a su favor para mejorar su posición en el Congreso.

Eso, en virtud de que los lugares que se disputan pertenecen -en su totalidad- a la Unión Cívica Radical, el Pro, la Unión por la Patria y las facciones de la izquierda dura. Pero hay otra razón que aclara la ventaja con la que a priori cuentan los seguidores de Milei: la carencia de jefes reconocidos y de unidad que hoy -por igual- corroe a peronistas, macristas y radicales. La incapacidad que han demostrado para obrar como partes de un todo -y no como todos aparte- explica -sin necesidad de abundar en mayores comentarios- las dificultades que no logran superar. En ninguna de estas tres fuerzas existe una estrategia común, ni disciplina partidaria ni tampoco una jefatura unánimemente aceptada. Da la impresión de que la súbita irrupción del fenómeno mileista los dejó de tal manera desacomodados que no atinan a reaccionar.

Por ahora, lo único que hacen es correr de atrás.

Vicente Massot

Top