Cuando despertamos, luego de tanta euforia, producto de un triunfo que costó pero prolongó la racha ganadora del combinado más exitoso de la Argentina, volvimos a la normalidad, por llamarla de alguna manera. El blue caía $85 en la jornada, a semejanza de los tipos financieros y se achicaba la brecha, mientras se derrumbaban los bonos, aumentaba el riesgo país y se hundía el Merval. En cualquier país equilibrado, semejantes indicadores habrían generado pánico y la situación amenazaría con salirse de control. En estas playas las cosas son diferentes. Apenas representan coletazos de la medida, anunciada el viernes por el gobierno, de que a partir del lunes el Banco Central compraría dólares al precio oficial y los vendería al precio libre. Nada que vaya a obrar una conmoción en los mercados, una corrida o algo por el estilo. Es cierto que el éxito del paquete de medidas puesto en marcha no se halla asegurado. Ninguno lo está a priori. Luis Caputo y Santiago Bausili apuntan a bajar la brecha cambiaria, aunque ello les impida incrementar las reservas. Las dos cosas a la vez no son asequibles.
Se puede debatir si Ricardo López Murphy y Roberto Cachanosky -que compartieron en las últimas horas una exposición para analizar la marcha de la economía- lleven razón al poner en tela de juicio el rumbo escogido y sostener que el plan gubernamental no delata una estricta pureza liberal. Ellos, como tantos otros economistas, hablan de algo que conocen a la perfección en términos teóricos. Pero, tras disecar la realidad en un ámbito académico, ninguno tiene que tomar decisiones de las cuales dependerá la suerte de la administración y de las millones de personas que poblamos el país. La diferencia que, sin excepción a la regla, separa al analista del estadista es siempre abismal.
El presidente de la Nación resulta, en punto a la economía, un liberal sin género de duda. Nadie con un mínimo de honestidad intelectual podría poner en entredicho sus conocimientos técnicos y su fidelidad al credo ortodoxo visto desde los postulados de la escuela austríaca. Lo que sucede es que -más allá de sus convicciones respecto del capitalismo, la necesidad de abrir la economía, la conveniencia de desregular el funcionamiento de los mercados y de la libre competencia- hay cosas que en una situación como la presente no se pueden hacer sin poner en peligro la gobernabilidad. Los libertarios se toparon con la herencia envenenada que les dejaron Alberto Fernández y Sergio Massa, y lo que han tratado de hacer en estos primeros siete meses de gestión -echando mano, en ocasiones, a expedientes que se dan de patadas con la ortodoxia liberal- es imponer un mínimo de cordura y ordenar el rumbo de la gestión a como dé lugar. Sería un suicidio atenerse a las reglas del Marqués de Queensberry frente a una patota del Bajo Flores.
Hay que entender las enormes dificultades que debe sortear la administración mileísta para recién después calibrar la dimensión de las críticas. Cuando el primer magistrado cruzó aceros -verbales, se entiende- con su par español, a no pocos entendidos en la materia les pareció que se acababa el mundo. Transcurridas unas pocas semanas desde aquel incidente, ¿quién se acuerda que el embajador de la Madre Patria en nuestro país se halla en Madrid, sin fecha cierta de regreso? Ahora que Lula ha convocado a la cabeza de su legación en Buenos Aires, los cuestionamientos al titular de la Casa Rosada se han vuelto a escuchar. Sin embargo, la tensión entre los principales socios del Mercosur es mínima, cualquiera que sea el rencor que existe entre los dos jefes de estado. Estos ejemplos trasparentan algo generalmente pasado por alto: que distintos episodios y fenómenos que parecen graves, en realidad resultan anécdotas.
Habría razones poderosas para que el gobierno pusiese las barbas en remojo si el Banco Central estuviese obligado a vender U$ 200MM por día o si la imagen positiva y el respaldo que registra hoy Javier Milei bajasen en forma abrupta de 52 % - 55 % a menos de 40 %. Ni que decir tiene si el atentado a la vida del candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos hubiera sido exitoso. La muerte de Donald Trump, en plena campaña y a menos de cuatro meses de las elecciones que se substanciarán el 4 de noviembre en aquel país, hubiese significado un golpe devastador para las expectativas que alienta Javier Milei. También existirían motivos de alerta si las encuestas hechas de intención de voto de cara a las elecciones legislativas de octubre de 2025 le fuesen adversas al oficialismo. No obstante, todas las que se conocen le son favorables.
En situaciones o épocas de carácter extraordinario administrar la cosa pública con base en un libreto ordinario sería suicida. Milei y el equipo económico apelan sin cesar a las facultades discrecionales que tiene todo gobierno y las ponen en práctica sin importarles demasiado si comulgan con los mandamientos o el recetario del liberalismo clásico. Su prioridad es bajar la inflación y mantener el superávit fiscal a flote en medio de las turbulencias que habrán de generarse sin solución de continuidad de aquí a fin de año, cuando menos. Claro que la reactivación es importante y no es menos cierto que el cepo tarde o temprano es menester que desaparezca para bien. Pero de momento, ni el presidente ni su ministro de Economía se animan a eliminarlo, y no porque pequen de cobardes. Consideran que dar ese paso significaría algo así como tirarse a la pileta sin saber si hay o no agua.
Vicente Massot


La fiesta del pueblo fue, como todas las que se originan en espectáculos de carácter deportivo, efímera. El pasado día domingo buena parte de los argentinos sólo hablamos de fútbol. Todos, en mayor o menor medida, opinamos respecto del seleccionado nacional como si fuéramos a reemplazar a Scaloni. En el fondo, somos directores técnicos en potencia. A comienzos de la madrugada del lunes los festejos -algo menos efusivos que los inmediatos posteriores a la final disputada en Qatar- cruzaron en diagonal nuestra geografía. Sin distinción de preferencias políticas, el deporte del balón pie nos igualó de una manera que no deja de sorprender. Es en lo único que obramos unidos, olvidándonos por unos instantes de las diferencias que tanto nos cuesta desterrar en otros aspectos.
