Viernes, 02 Agosto 2024 11:17

Venezuela en cifra – Por Vicente Massot

Escrito por

Sucedió lo que estaba cantado desde antiguo. Las elecciones venezolanas se iban a substanciar porque el régimen chavista -aun con toda la fuerza que es capaz de ejercer- no se hallaba en condiciones de suspenderlas. Era claro que el espacio opositor se impondría al oficialismo por un margen bien amplio y eso lo sabía todo el mundo. Razón de más -en atención a la diferencia de fuerzas que acreditaban las dos banderías en pugna- para anticipar lo que pasaría. Nicolás Maduro y la nomenklatura del régimen no podían aceptar de manera pasiva que el poder se les escurriese de las manos y, de buenas a primeras, se encontrasen el domingo a la noche, terminados de contar los votos, en un avión con rumbo a Cuba o a Rusia.

A los chavistas no los asustan las encendidas declaraciones de la OEA o las críticas de los principales presidentes latinoamericanos, ni tampoco las bravatas -que se las lleva el viento- del Departamento de Estado. Cuántas veces amenazó el gobierno de Washington con tomar cartas en el asunto, decretar un boicot en toda la línea y obligar al régimen venezolano a sentarse en una mesa de negociaciones. Más allá de las sanciones que se le impusieron a Caracas, nunca los norteamericanos pensaron seriamente en expropiar la estructura petrolera que el chavismo tiene montada en los Estados Unidos y que funciona sin ningún impedimento. Las palabras altisonantes y los encendidos discursos democráticos -que es lo único que pueden hacer los opugnadores del socialismo del siglo XXI- al gobierno de Caracas le entran por un oído y le salen por el otro. La autocracia venezolana hizo lo que mejor sabe hacer con base en una corporación -la militar- cuyos mandos superiores y medios han apoyado, sin disidencias de peso, al comandante Chávez y a sus sucesores desde l998. 

El desenfado de los triunfadores de hecho sobre los vencedores de derecho es tan acusado que ni siquiera se molestaron en montar una escena medianamente creíble. Antes del recuento pertinente de los sufragios, Maduro ya había sido proclamado ganador, sin importarles en lo más mínimo el qué dirán. Suponer que, en razón de la descontada derrota en las urnas de la ad- ministración populista, Maduro y sus secuaces se retirarían así como así, era de una ingenuidad alarmante. Y, sin embargo, cuántos incautos creyeron en los peces de colores.

Salvo que ocurriese un imponderable -que no es dable descartar pero que difícilmente se produzca- el chavismo tiene cuerda para rato. Ha sumido al país que gobierna en un infierno de pobreza, inseguridad y falta de libertades elementales. Y no obstante, en medio siglo nadie ha podido moverlo del pedestal al que se subió de la mano de su jefe muerto pero siempre presente en la coreografía del régimen. El motivo no hay que buscarlo en algún sesudo trabajo académico. Está a la vista para quien desee verlo: mientras cuente con el apoyo irrestricto de las Fuerzas Armadas no habrá posibilidad ninguna de voltearlo. En eso es parecido al caso cubano o al de Corea del Norte. Aún en medio del hambre, la represión más despiadada, la persecución de los disidentes y la quiebra de la economía, países de las características de los antes citados han logrado aferrarse al poder exitosamente, por espacio de décadas -más de seis los fidelistas, más de ocho los asiáticos- sin demasiados inconvenientes. La estructura militar unida al aparato de inteligencia montado por el castrismo hacen que Maduro sea intocable.

Para darse una idea de las facultades omnímodas que maneja y de la dimensión de su poder baste recordar que en 2007, cuando se llevaron a cabo en Venezuela unos comicios que tenían el propósito de reformar la Constitución y otorgarle a Chávez la reelección indefinida, el general Raúl Baduel, junto a otros conmilitones, se opusieron a la intención del Comandante de desconocer el resultado electoral adverso y lo obligaron a aceptarlo. Esto significa que -a diferencia de entonces- hoy Maduro puede hacer lo que le resultó imposible al mismísimo Hugo Chávez. No es poca cosa.

El interrogante que a muchos desvela -cuál será la reacción del mundo y la del propio Maduro frente a lo acontecido- tiene una contestación obvia: los enemigos del chavismo se rasgarán las vestiduras y le exigirán que dé marcha atrás y reconozca su derrota. En lugar de municiones, lanzarán en su contra declaraciones de todo tipo, tamaño y color.

Y por supuesto, pondrán al chavista en la lista de los sistemas que violan los derechos humanos. Nada que no se hayan cansado de hacer por espacio de dos décadas con resultados lastimosos. Maduro, de su lado, se reirá a carcajadas y no se moverá un tranco de pollo de las posiciones que ha venido sosteniendo desde que llegó al Palacio de Miraflores. Si los oficiales no lo abandonan, la chance de que algún general se levante en su contra es remota. Los mandos venezolanos no están acostumbrados a las revoluciones, y cuando dan ese paso terminan mal. En abril de 2002, cuando Chávez llevaba cuatro años de gestión -había sido elegido, democráticamente, en 1998- unas manifestaciones, brutalmente reprimidas, tuvieron como saldo diecinueve muer- tos. Ello, sumado a otros desaguisados gubernamentales, convencieron a una serie de militares a enderezar un golpe de Estado con el propósito de deponer al presidente. Pero en lugar de mandarlo prisionero a una isla en medio del océano, sin comunicación alguna con el exterior, o de fletarlo -como él había pedido- a Cuba, lo detuvieron en una cárcel en la cual pudo comunicarse libre- mente con sus camaradas de armas a través de un celular e incluso le fue permitido mantener reuniones del más alto nivel. Pidió hablar con el arzobispo de Caracas y le concedieron ese favor. La suya fue, por espacio de cuarenta y ocho horas -que más no duro-, una detención dorada. Estaba escrito como terminaría la chirinada.

Hay otra consideración que hacer respecto de lo que ha significado el chavismo en términos de la geopolítica iberoamericana. Por razones que cuesta entender no fueron pocos los analistas y gobiernos que creyeron que estábamos ante una amenaza semejante a la del castrismo y que, en consecuencia, no había que quitarle importancia ni subestimarlo. La verdad sea dicha, el citado movimiento nunca fue capaz de generar un desafío como el que le propuso la Cuba comunista al resto de sus pares al sur del Río Grande. Y, si no se pierde de vista la crisis de los misiles en 1962, también a los Estados Unidos. Chávez no podía nunca convertirse en Castro básicamente por dos motivos: carecía de un valedor a nivel planetario de la dimensión de la Unión Soviética -una de las dos superpotencias de la Guerra Fría- y no podía desenvolver su acción con base en la mística redentora -si se entiende el término- que fue el motor de la revolución marxista entre 1917 y finales de la década del setenta del siglo pasado. Millones de personas estuvieron dispuestas a matar y morir por el paraíso proletario. A nadie, en cambio, se le hubiese ocurrido dar la vida por ese simulacro bananero de socialismo que inauguró Chávez sobre el desastre democrático generado a instancias del bipartidismo venezolano -COPEI y AD-, que se robó dos rentas petroleras enteras. El Comandante, aunque ello escandalice a los biempensantes, no surgió de un repollo.

Maduro comprendió mejor que muchos de los autócratas del pasado siglo hasta dónde era necesario asegurarse la lealtad de las Fuerzas Armadas, extendiéndoles a cambio de su adhesión absoluta canonjías y privilegios al por mayor. En una palabra, supo comprar su fidelidad. El Sha de Persia -que se inventó un pasado milenario- a la primera de cambios se tomó un avión y abandonó a las tropas que le habían sido fieles sin decirles adiós. Fulgencio Batista corrompió hasta tal punto a los militares cubanos que, al momento de luchar, se desbandaron. Si Maduro no pierde la compostura y se asusta, o si el pretorianismo no se quiebra, en Miraflores los seguidores de Chávez prolongarán su estadía sin solución de continuidad.

Vicente Massot

Top