Viernes, 26 Julio 2024 13:07

Una recuperación incipiente - Por Vicente Massot

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Los cánticos de Enzo Fernández y de algunos de sus compañeros del Seleccionado de fútbol no debieron pasar a mayores. En épocas idas, nadie hubiese reparado en ellos y a nadie se le hubiese ocurrido sancionar a un jugador y menos transformar su travesura verbal -que eso fue- en una cuestión de Estado, o poco menos. Claro, los tiempos han cambiado y el progresismo planetario se ha hecho cada vez más exigente en eso de combatir toda forma de discriminación, por inocente que esta sea.

El mediocampista argentino debió calibrar su entusiasmo y pensar dos veces antes de dar rienda suelta a la algarabía que contagió a todos los integrantes del equipo nacional. Se olvidó que las autoridades inglesas -más papistas que el Papa en su rol de ‘humanitaristas tuertos’, como los llamó Ernst Junger- no dejan pasar una. Ahora deberá pagar por haberse ido de boca, como en su oportunidad le sucedió a Edinson Cavani, que cometió el imperdonable pecado de llamar Negrito a un amigo íntimo, oriental como él. 

Pero lo que en principio parecía que quedaría circunscripto al campo deportivo se disparó al de la política internacional. Por alguna razón, difícil de entender, distintos integrantes del gobierno se metieron a opinar y terminaron peleados entre sí. El ex-secretario de Deportes, Julio Garro; el vocero presidencial, Manuel Adorni; la vicepresidente, Victoria Villarruel; la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei, y el mismísimo jefe del Estado se enredaron en una comedia de errores e hicieron el ridículo. La disputa no pasó a mayores y no tendrá consecuencias que sean de lamentar. No obstante, dejan al descubierto una tara reiterada de la administración libertaria: la incontinencia discursiva. Es como si sus actores principales y también los de reparto no pudiesen dejar de ventilar en público diferencias que -si acaso tienen algún sentido- deberían dirimirse de puertas para adentro de sus respectivos despachos.

Como quiera que sea, del hecho no se acordarán ni siquiera los memoriosos en un par de días. Hay demasiadas asignaturas pendientes y problemas por resolver para perder el tiempo en cuestiones insignificantes. ¿A quién puede interesarle que Javier Milei cargue las tintas contra Marcelo Longobardi, que dos jueces -como el del Tribunal Oral Federal Nº5, Daniel Obligado, y el de la Cámara Nacional de Casación Penal, Alejandro Slokar- le pidieran explicaciones a la ministro Patricia Bullrich por la visita de un conjunto de diputados a los militares detenidos en el penal de Ezeiza, o bien que la Organización Sionista Argentina repudiara los dichos del periodista Alejandro Bercovich? -A muy pocos.

Vayamos a las cosas trascendentes. Según el EMAE (estimador de la evolución la actividad económica, a nivel nacional, elaborado por el INDEC) en los últimos dos meses no hubo números negativos en la comparación mensual desestacionalizada. En abril, la variación fue nula; y mayo, por su parte, arrojó el primer indicador positivo de la gestión Milei, con un alza de 1,3 %. En un momento donde se le cuestiona al staff de Luis Caputo su política cambiaria, y se le hace notar la envergadura de la recesión que aqueja al sector productivo, conviene no dejarse llevar por los títulos engañosos o cifras lanzadas al voleo, sin ton ni son.

Vayamos a las cosas trascendentes. Según el EMAE (estimador de la evolución la actividad económica, a nivel nacional, elaborado por el INDEC) en los últimos dos meses no hubo números negativos en la comparación mensual desestacionalizada. En abril, la variación fue nula; y mayo, por su parte, arrojó el primer indicador positivo de la gestión Milei, con un alza de 1,3 %. En un momento donde se le cuestiona al staff de Luis Caputo su política cambiaria, y se le hace notar la envergadura de la recesión que aqueja al sector productivo, conviene no dejarse llevar por los títulos engañosos o cifras lanzadas al voleo, sin ton ni son.

¿Se acabó la recesión, pues? -Carecería de todo sentido afirmarlo. Sin embargo, lo que salta a la vista es una mejora incipiente a medida que transcurren los meses. Nada que se parezca a un serrucho ni tampoco a una V. Más bien, lo que trasparentan los índices es que, de continuar por este camino, en el último trimestre del año la economía estaría en la parte ascendente de una U. Como dijo un par de semanas atrás Ricardo Arriazu, “mucho mejor de lo que hubiésemos pensado”. Al mismo tiempo, es conveniente prestarle atención a la labor que ha comenzado a desarrollar, en punto a la desregulación, Federico Sturzenegger. Sus resultados no habrán de percibirse de un día para otro. Las medidas que ya ha tomado respecto de la navegación aerocomercial y de las telecomunicaciones -para mencionar los dos ejemplos más salientes- no tendrán efectos inmediatos. Sin embargo, obrarán en el curso del año próximo cambios cualitativos inequívocos.

Mientras las culpas de los males que sufren los argentinos le sigan siendo atribuidas principalmente al kirchnerismo -algo que las encuestas registran, aún hoy, de manera clara-, el gobierno pondrá contar a su favor con un handicap nada despreciable. Que durante la parte más dura del ajuste -que ya pasó— el oficialismo haya retenido el apoyo de más de la mitad de la población es -desde el punto de vista político y analítico- un fenómeno con pocos precedentes entre nosotros y nada sencillo de explicar.

De cara a los próximos meses -o sea, hasta finales de año- el mileísmo lleva las de ganar con base en cinco datos claves, a saber: 1) el mencionado más arriba respecto de a quién le corresponde, según la gente, la mayor responsabilidad del deterioro que sufrimos; 2) la alta imagen positiva que acredita Javier Milei; 3) la deriva descendente del flagelo inflacionario; 4) la por ahora leve recuperación de la economía, y 5) la falta de jefes, estrategia y organización, característica de todo el arco opositor. Mientras las citadas variables -por llamarlas de alguna manera- se mantengan, es difícil pensar que las turbulencias financieras o las carencias sociales -siempre latentes- puedan generar una crisis de proporciones.

Vicente Massot

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