Tampoco se tomaron el trabajo los libertarios de forjar ninguna alianza -con la excepción del Chaco- que les permitiese soñar con una buena performance en el interior profundo del país. El interés de la Casa Rosada, como no podría ser de otra manera, está concentrado en la ciudad capital.
Si bien hay quienes piensan que en nuestra ciudad los comicios venideros son fundamentales -por aquello de que ‘Dios atiende en Buenos Aires’-, en realidad, el motivo principal de la relevancia que tienen para el oficialismo pasa por otro lado. Cuando Mauricio Macri, en rueda de correligionarios, afirma que si no hubo acuerdo en el distrito metropolitano entre el Pro y La Libertad Avanza, la responsabilidad exclusiva es del gobierno -y, más precisamente, de Karina Milei- no falta a la verdad. Pero imaginar que esa decisión fue tomada a tontas y a locas, sin prestarle atención a las posibilidades de ganar que se le abrían al candidato kirchnerista, si acaso el Pro y La Libertad Avanza fuesen separados, carece de sentido. Lo que persiguen el presidente, su hermana y el monje negro, que con ellos dos conforma el Triángulo de Hierro, es el desflecamiento del macrismo. La consigna del momento es ganarle a Silvia Lospennato como condición necesaria para luego obligar a su partido a sentarse a negociar en inferioridad de condiciones las listas para octubre, tanto en la capital como en el ámbito bonaerense.
Es claro que una derrota que lo dejase al Pro tercero, detrás de los K y de los libertarios, sería, por un lado, el principio del fin de su poder en la Reina del Plata -que alguna vez fue hegemónico- y, por otro, significaría una fenomenal capitis diminutio a su condición de jugador en las grandes ligas de la política criolla. Derrotado en su bastión por excelencia, debería inclinar su cabeza ante los mileístas y aceptar la parte del ratón en la alianza -o como quiera llamársela- que en ese caso no sería fruto de una negociación como de una imposición.
Por lo tanto, no hay que dejarse llevar por los cruces de agravios y de acusaciones que han caracterizado a la relación de Javier Milei y de Mauricio Macri. Parecería que -dada su continuidad y alto voltaje- preanunciarían un rompimiento definitivo. En rigor, lo contrario es lo cierto. Terminada la campaña, substanciado el acto electoral y conocidos los resultados -sobre todo si Leandro Santoro se lleva el premio mayor-, de cara a octubre el Pro y La Libertad Avanza no tienen otro camino que no pase por un acuerdo. Porque si los dirigentes no se percatan de ello lo que sucederá está cantado: para que no se repita el triunfo kirchnerista habrá una masiva fuga de votos de la totalidad del arco antiperonista hacia el candidato libertario. Toda esta especulación -que eso es- se vendría abajo si Silvia Lospennato lograse superar a Manuel Adorni. En ese caso, los Macri contarían entonces con más cartas de peso para sentarse a la mesa y trazar los lineamientos del pacto futuro.
¿Se puede pregonar lo mismo de la feroz batalla -no solo dialéctica- que ha estallado entre las dos principales figuras del peronismo a nivel nacional: la titular del partido y el gobernador de la provincia de Buenos Aires? ¿Están ellos condenados a marchar en conjunto a las urnas, como sus enemigos de los espacios de derecha y de centro? No hay una respuesta segura para estas preguntas. Que la disputa no es pour la galerie lo pone de manifiesto la forma en que se han enfrentado. A diferencia de Macri y de Milei, en este lado del ring cuanto se discute es el liderazgo del Movimiento. Cristina Fernández y Axel Kicillof dirimen supremacías para determinar quién ordenará el espacio y lo representará mejor en 2027. Nada de eso ocurre entre el creador del Pro y el actual presidente de la Nación. Su poder y sus pretensiones no son semejantes.
Mientras uno está en la Rosada y confía en ser reelecto, el otro figura a la cabeza de un partido sin demasiada musculatura electoral.
Los peronistas nunca han comido vidrio cuando se ha tratado de conservar el poder que detentan o asaltar el que retienen sus enemigos. Pero en determinadas oportunidades las pulsiones centrífugas han primado frente a las centrípetas. Hallándose en el llano luego de la contundente derrota sufrida en las presidenciales de l983, en los siguientes comicios legislativos fueron los renovadores del justicialismo, por una vía, y los ortodoxos, por otra. Por supuesto, resultaron fácil presa de un alfonsinismo en su mejor momento.
La lógica indicaría, sin lugar a dudas, que las ventajas de dejar de lado las diferencias y presentar listas conjuntas superan con creces cualquier estrategia separatista. Sin embargo, la lógica política a veces se compadece mal con la lógica aristotélica. No está de más recordar que los riesgos que debe enfrentar el peronismo no se reducen tan sólo a la pulseada de sus dos pesos pesados. La ruptura ya se ha producido, aunque de momento no haya pasado a mayores. La deriva de los gobernadores de Catamarca, Tucumán y Salta -Jalil, Jaldo, Sáenz-, la negativa de distintos distritos a obedecer las órdenes impartidas desde la conducción nacional de Cristina Fernández, y la independencia de criterio puesta al descubierto por diferentes minorías peronistas en las dos cámaras del Congreso, no hacen más que demostrar que la unidad del PJ resulta hoy un mito urbano. El peronismo convertido en un mosaico de taifas no es -ni mucho menos- un escenario fantasioso. Era imposible de pensar siquiera en el decenio menemista o en el largo reinado kirchnerista. La situación hoy ha cambiado de tal manera que no sólo es posible. También resulta probable.
En otro orden de cosas, dos hechos -que nada tienen que ver con los comicios y no poseen entre sí ninguna afinidad- trasparentan la fortaleza del gobierno y, a la vez, la debilidad del país. El arribo del funcionario del Departamento de Estado norteamericano, Robert Garverick, para discutir de manera bilateral el tema de los aranceles que impuso Donald Trump y afectan a las exportaciones argentinas, es una demostración más -por si hiciera falta reafirmarlo- de la relación especial del gobierno estadounidense con el de los libertarios. Representa -más que un gesto protocolar- un claro indicio del trato preferencial que está dispuesto a otorgarle a Milei su par de Washington. Hasta aquí la buena noticia para la Casa Rosada. En cuanto al calado de la decadencia criolla, los datos de la última evaluación escolar llevada a cabo a fines del año pasado arrojó datos estremecedores: en la capital federal sólo 45 % de los alumnos en tercer grado son capaces de comprender textos (apenas 39 % de los educandos de escuelas estatales y 62 % de los correspondientes a las privadas alcanzan el nivel esperado). Una verdadera calamidad educativa que es mucho más importante que los devaneos de la clase política.
Vicente Massot


Si creyese que los resultados de las elecciones legislativas en Salta, Jujuy, San Luis y Chaco tuviesen alguna importancia estratégica, Javier Milei no hubiera dudado un minuto y se hubiese encargado de incluir en su agenda una recorrida por aquellas latitudes. Pero como lo que ocurra el próximo domingo en esos distritos lo tiene sin cuidado, no se molestó en subirse a un avión para respaldar a sus candidatos.
