Algunas de estas dudas ya fueron zanjadas por el TOF 2 y habrá que ver, de ahora en adelante, cuál es el grado de cumplimiento de las obligaciones que le han sido impuestas a la ex–presidente. Pero cualquiera que sea su conducta, cuanto ha quedado al descubierto desde el momento en que la Corte Suprema de Justicia convalidó su condena, es el interés que su figura despierta. Está claro que no pasará desapercibido nada de lo que ella haga o diga mientras se halle confinada a caminar, dormir y sentarse bajos los mismos techos de su departamento de la calle San José, por espacio de los próximos seis años.
No resulta sorprendente que se haya producido semejante fenómeno en atención a sus antecedentes y a la adhesión que todavía suscita en una minoría importante y, a la vez, bulliciosa de la capital federal y el Gran Buenos Aires. Si se toma conciencia de ese 30 % ó 35 % de votos que parecería tener asegurados en el principal distrito electoral del país, lo curioso sería -tratándose además de la jefa del justicialismo- que nadie se movilizase en su favor, que hubiese pocos correligionarios en la vereda del lugar donde reside y, por fin, que en la adversidad no se hubieran hecho presentes los compañeros que estaban distanciados de ella. Ha sucedido cuanto era de esperar. Nada, pues, que pueda asombrar.
El tribunal que debía decidir cuándo, dónde y cómo pasaría los 2190 días que deberá permanecer detenida, obró con cautela. Por de pronto, se hizo eco de la preocupación que anidaba en el oficialismo respecto de lo que podría pasar si la viuda de Kirchner debía marchar desde su domicilio hasta el Palacio de Tribunales. No se crea que sólo los responsables de la seguridad nacional y de la capital federal temían que se produjeran incidentes en las calles porteñas. También entre los íntimos de la Señora la inquietud estaba presente. Si bien los maximalistas de siempre pensaban en que se les presentaría una oportunidad dorada para generar incidentes de bulto, hubo otros que alertaron acerca de cuán contraproducente sería que se repitieran los actos de vandalismo del pasado, que inmediatamente le serían atribuidos al camporismo.
Los jueces en cuestión decidieron, por las suyas, no correr riesgos de ningún tipo. Seguramente pensaron -en consonancia con la mayoría de los interesados en el tema- que lo mejor sería no agitar las aguas y no dar lugar a que unos cuantos irresponsables obraran una batahola con consecuencias difíciles de mensurar. En cuanto a las reglas estrictas que deberá obedecer Cristina Fernández mientras se encuentre detenida, las especulaciones que han comenzado a tejerse son de lo más dispares. Están los que creen que el temperamento levantisco, propio de la mujer en cuestión, prevalecerá sobre la prudencia. En la vereda de enfrente se hallan los que consideran que no hará nada que pudiera llevar a los magistrados a trasladarla -llegado el caso- de la comodidad de su departamento a la inclemencia de un establecimiento penitenciario.
Pero si en definitiva el aluvión de gente llenase la Plaza de Mayo sumando a cientos de miles de manifestantes, como exageran algunos kirchneristas irreductibles, ello no representaría una manifestación de poder. En todo caso, eso probaría su capacidad de convocatoria, que es algo cuantitativamente distinto. Si la atención se posa en cuántas personas se juntan en los espacios públicos para vivar a la Señora, en los discursos, las tapas de los diarios, los comentarios de los analistas y las charlas de sobremesa de los argentinos, el nombre de la Fernández está al orden del día, y seguramente el suyo sea el de mayor presencia en todos los medios de difusión. Sin embargo, a poco de pasar de lo superficial a lo esencial -que, como se lee en El Principito, “es invisible a los ojos”- las cosas cambian de color y lo que reluce en la epidermis tiende a desaparecer, dejando pocos rastros de su existencia tras de sí.
El problema que aqueja a Cristina Kirchner es que a las gentes sin partido ni ideas políticas definidas -a los que cabría llamar independientes; o sea, el segmento de la sociedad que hoy define cualquier elección- la probabilidad de convencerles de que ella está proscripta y que, producto de un supuesto enjuague de la Justicia con los libertarios, ha sido detenida injustamente, tiende a ser cero. El que, en cambio, retenga el apoyo de sus incondicionales, no representa una rareza. Está en la lógica de la democracia de masas, donde la componente de irracionalidad con la que se consagran los gobernados a sus respectivos líderes es altísima.
Lo último que desearía la ex–presidente sería convertirse en una política testimonial, a la manera, por ejemplo, de Elisa Carrió. Para no seguir los pasos de la conductora de la Coalición Cívica deberá retener el mando del PJ desde ahora y hasta 2027, a los fines estar en condiciones en ese año de tener voz y voto a la hora de vertebrar un programa de gobierno y decidir la fórmula presidencial de su partido. Se dice fácil, pero las dificultades que tendrá que sortear serán poco menos que insuperables. ¿Por qué? -Básicamente en razón de que su centralidad es superficial y el poder que todavía mantiene se halla en extremo acotado. Dentro del Movimiento es inequívoco el propósito del gobernador bonaerense de calzarse la corona que a duras penas ella lleva sobre su cabeza. Si bien, por una elemental razón de camaradería formal, los puentes entre uno y otra no han sido volados a la vista del público, la enemistad de Axel Kicillof respecto de su otrora valedora es indisimulable. Y difícilmente tenga vuelta atrás en el supuesto -harto probable- de que el kirchnerismo pierda los comicios legislativos nacionales en territorio bonaerense. Si La Libertad Avanza diese cuenta de Unión por la Patria en el bastión por excelencia del peronismo, las facturas que les pasarán -tanto al mandatario provincial como a la ex–presidente- serán inmisericordes. No sería de extrañar que como consecuencia de un resultado adverso, ambos contendientes, de puertas para adentro del justicialismo, deban colgar los guantes y dar paso a otra dirigencia.
Como se aprecia, Cristina Fernández no sólo tiene que estar atenta a los movimientos de Kicillof sino también se halla obligada a rezarle a la Virgen para que la administración presidida por Javier Milei derrape en algún momento de los dos años que le quedan para completar su gestión. En síntesis, la suerte de la Señora no depende de sí misma. Aun si fuese capaz de ganar la pulseada interna, todavía debería esperar el desenlace del partido de fondo. Dicho de manera diferente: la suerte de la viuda de Kirchner quedará atada, en última instancia, a cómo sea la deriva del gobierno libertario. Si éste ganase en las elecciones de octubre y lograse conservar el rumbo que hasta ahora lleva en términos del reordenamiento de las cuentas públicas, el superávit fiscal, el descenso de la inflación y el crecimiento de la economía -aun cuando éste no sea parejo para todos los sectores-, 2027 bien podría resultar el año en que Cristina Fernández pasase definitivamente a retiro.
Vicente Massot


En la superficie de la política criolla la centralidad de Cristina Kirchner no admite dudas. Todo lo que se relacione con su futuro inmediato o mediato ha sido materia de análisis en el gobierno, en los estrados judiciales y en el estado mayor peronista por igual. ¿Deberá usar tobillera o no es necesario ponerle esa suerte de candado para estar seguros de que no saldrá sin aviso de su domicilio? ¿Podrá recibir cuantas visitas le vengan en gana o quedará reducida esa posibilidad a unos pocos y escogidos? ¿Tendrá libertad para salir al balcón y arengar a su tropa o eso le estará vedado? ¿Se le permitirá navegar sin condicionamientos por las redes para hacerse oír o ello le estará prohibido?
