Miércoles, 04 Junio 2025 10:05

Toda la carne al asador – Por Vicente Massot

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Hay momentos o períodos en los cuales, más allá de cuántos sean los problemas que se acumulen en el horizonte de los principales actores y fuerzas políticas del país -de manera indistinta, tanto en lo que hace al oficialismo como al arco opositor- todo gira alrededor de cierto tema excluyente al cual -sin diferencias de banderías- aquéllos se consagran en cuerpo y alma.

Si acaso fuese posible hacer una encuesta y consultar a los hermanos Milei, a Santiago Caputo, a Cristina Fernández, a Axel Kicillof y a Mauricio Macri, incluidos los intendentes más relevantes del Gran Buenos Aires, sin excepción contestarían que las elecciones de septiembre y de octubre en el territorio bonaerense definirán, para bien o para mal, su futuro. Esos comicios desdoblados por voluntad del gobernador -en oposición a los deseos de la jefa del PJ- han crecido en importancia hasta convertirse en un punto de inflexión que clausurará la carrera de muchos y representará un espaldarazo para los ganadores. 

Pocas pujas electorales -si acaso alguna- de medio término han tenido la trascendencia de las que se substanciarán el 7 de septiembre y el 26 de octubre en el baluarte histórico por excelencia del peronismo. Se estila decir -con buenas razones- que allí siempre tiene lugar la madre de todas las batallas. Pero en este caso en particular convendría agregar que -a distinción de cuanto pudo ocurrir antes-dentro de cuatro meses comenzará a definirse -nada menos- la suerte de Cristina Fernández y de Axel Kicillof, de un lado, y también la posibilidad de que Javier Milei, según cuál sea su performance una vez contados los votos, pueda acometer con éxito la puesta en marcha de las reformas estructurales que necesita como complemento imprescindible el plan económico vigente, o se vea condenada la administración libertaria a ponerle paños fríos a sus impulsos de cambio.

Lo que arriesgan unos y otros -o, si se prefiere, lo que tienen para ganar o para perder- es de un calado inédito. Es difícil imaginar un escenario de empate. Habrá triunfadores y perdedores inequívocos, a semejanza de los que pasó hace tres domingos en la capital federal. Es por eso que cualquier otra asignatura que no sea la relacionada con las urnas, quedará postergada para más adelante. La necesidad imperiosa de los dos grandes espacios que dirimirán supremacías dentro de cuatro y cinco meses de salir airosos los ha obligado, a oficialistas y a camporistas, a poner toda la carne en el asador.

Tiene sentido lo que la viuda de Kirchner repite sin cesar, en cuanto oportunidad encuentra, respecto del peso que arrastrará lo que acontezca en septiembre. Ella, quizás con una pizca de exageración, repite que “sin septiembre no habrá octubre”. No es menester apelar a un analista político para entender el significado preciso de su comentario. Una pulseada que en circunstancias distintas a éstas hubiera sido intrascendente, dará en cambio una señal indiscutible de la relación de fuerzas en la provincia. Nada más y nada menos. No piensa la ex–presidente ni tampoco los armadores de La Libertad Avanza, que quien festeje en el mes de la primavera se llevará también por añadidura y sin discusión el premio mayor treinta días después. Pero coronarse en el primer partido mejorará sensiblemente las chances para repetir el rendimiento en el encuentro final. No entenderlo representaría una necedad.

¿Qué se hallará en disputa? Por de pronto, así como en la Reina del Plata hubo una elección de todos contra todos, y una suerte de interna especial entre el Pro y los libertarios para determinar quién ordenaría el espacio de la centro derecha de ahora en adelante, así también en septiembre y octubre el peronismo estará atento a cuanto suceda entre Kicillof y Cristina Fernández. La lógica indica que deberían dejar atrás sus rencores y diferencias -que no son de carácter ideológico- y marchar juntos en pos de las urnas. De lo contrario, sus chances de ganar habrán quedado reducidas a cero. Podría resultar, si fuesen separados, que se pusiese en evidencia cuánta más fuerza consigue retener uno a expensas del otro, pero ambos se suicidarían.

Si el peronismo cayese vencido en la provincia de Buenos Aires, cuatro consecuencias se harían sentir de inmediato: 1) la viuda de Kirchner pasaría a representar una figura de segundo orden en la política criolla; 2) Axel Kicillof vería astillado para siempre su sueño de convertirse en el candidato único del PJ en los comicios presidenciales que se llevarán a cabo en octubre de 2027; 3) el oficialismo nacional recibiría un aliento impresionante, que le permitiría reordenar la carga y completar su programa de reformas en los dos últimos años de gestión, y 4) en el justicialismo. las pulsiones centrífugas prevalecerían sobre las centrípetas, desaparecería la jefatura nacional, y su unidad -o lo que queda de ella- se vería afectada por un proceso anárquico de final imprevisible.

Si, inversamente, fuesen los libertarios los que quedasen en el segundo lugar, las posibilidades de poner en práctica cuanto hasta aquí no han podido lograr -por su escasa fuerza parlamentaria- se reducirían en forma drástica, y el fantasma de un kirchnerismo en capacidad de volver por sus fueros en el año 2027 ganaría un lugar relevante en el análisis de los mercados. Sería para éstos una pésima señal, y para el gobierno el peor de los escenarios imaginables.

Si bien en los más de cien días que nos separan del acto comicial nadie está en condiciones de predecir cuál será el curso de los acontecimientos, con base en el actual estado de cosas la alianza libertaria le ha sacado una ventaja cierta al peronismo. De la misma manera que es dable descontar el entendimiento al que seguramente arribaran el Pro, una parte de la UCR y La Libertad Avanza en las próximas semanas, en las tiendas camporistas -las de los partidarios del gobernador y las de los seguidores de la Señora- todas son dudas, chicanas, discusiones y amenazas de rompimiento. A eso es imperioso agregar que existen dos problemas que le pueden estallar en las narices a Kicillof y -por carácter transitivo- a los Kirchner, que están lejos de representar un riesgo para el oficialismo nacional: la inseguridad y la meteorología. Una serie de crímenes en cadena en el conurbano bonaerense o una inundación de proporciones que tuviesen lugar antes de las elecciones, supondrían una catástrofe para el kirchnerismo.

Habrá que estar atentos, desde hoy, a la forma en que las dos fuerzas con chances de ganar determinarán -más allá de Cristina Fernández, que viene de confirmar cuanto ya había anunciado: que competirá en septiembre por la Tercera Sección Electoral- quiénes encabezarán las listas partidarias en octubre. En la alianza libertaria, José Luis Espert parece haber picado en punta, pese a los cuestionamientos que en su contra han ensayado Karina Milei y Santiago Caputo, cierto que en sordina. En el peronismo, por su parte, sobresalen dos: si acepta el desafío, es número puesto Sergio Massa, de momento indeciso por lo que arriesga. Un revés a manos de Espert o Santilli lo dejaría fuera de la discusión de cara a 2027. El otro es el actual intendente de Pilar, Federico Achával, que tiene en su contra el hecho de ser muy poco conocido. Mientras no conozcamos los nombres de los candidatos, cualquier encuesta pecará de incompleta.

Vicente Massot

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