Viernes, 20 Septiembre 2024 12:07

No hay vuelta atrás - Por Vicente Massot

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El Presupuesto no es otra cosa que la síntesis y compendio de lo que el Estado piensa recaudar y, al propio tiempo, de lo que estima menester gastar. Resulta una suerte de radiografía anticipada de ingresos y egresos. En países como el nuestro, donde las instituciones tienen escasa fuerza y son poco respetadas, desde tiempo inmemorial las distintas administraciones -salvo raras excepciones- han trampeado a la hora de presentarle a la ciudadanía la estimación de cuánto evaluaban recaudar y cuánto dispondrían para eso que llamamos gasto público.

Por lo tanto, al final del día, el Presupuesto era una formalidad necesaria como punto de arranque y nada más. Javier Milei, para variar, quiso ser disruptivo y lo logró. Por de pronto, montó un acto partidario en el Congreso y fue él quien -en su calidad de especialista en la materia, como se encargó de recordar- asumió la tarea que, de ordinario, le correspondía al secretario de Hacienda o al ministro del ramo. Sus críticos -que suman legión- le enrostraron el hecho de que su presentación fue más un discurso de campaña que la presentación oficial de ese instrumento de política económica y planificación gubernamental que se estila hacer público a mediados de septiembre. Y en eso, algo de razón tienen. Pero el presidente no actuó a tontas y a locas en ocasión de tanta importancia. Aprovechó la oportunidad que se le presentaba para subirse a la tribuna y dejar en claro que el equilibrio fiscal llegó para quedarse. No quiso cansar a la gente con información y números que sólo una minoría entiende en su totalidad. 

Lo trascendental de su corta exposición no estuvo dado por los datos que nunca aportó acerca de cómo va a lograr que la inflación de 2024 sea de 104 %, la de 2025 de 18,3 %, la de 2026 de 11,6 % y la de su último año de gestión, de apenas 7,4 %. Tampoco importa mucho el que haya obviado informar los fundamentos de sus proyecciones acerca del crecimiento del comercio exterior y de la duplicación de los ingresos por derecho de exportación.

A propósito quiso ser didáctico y no técnico porque su objetivo no era discutir con sus pares profesionales sino explicarle al país que lo que él estaba haciendo era inaugurar un nuevo estilo de gestión en punto a cómo y cuánto gastar. Que la cita de Cicerón, extraída del libro gordo de Petete, represente una burrada del escriba presidencial, quien quiera que este haya sido, y que haya trastabillado al medir el déficit cuasifiscal, son puntos que bien podrían ser esgrimidos en su contra. Sin embargo esas pifias, los cruces con el jefe del bloque kirchnerista, el carajeo al final de la alocución, las barras futboleras que poblaron los palcos y la falta de fundamentación de los pronósticos, resultan accidentales en comparación con lo que dejó establecido: que el superávit es innegociable y que no se desviará un centímetro de su principal objetivo, el equilibrio fiscal. Si los mercados le creen y la sociedad hace otro tanto, habrá logrado su cometido.

En términos formales, el presidente pasó por encima de una larga tradición al presentar personalmente el proyecto de ley de Presupuesto. Y en cuanto a la cuestión de fondo, no se preocupó por establecer con precisión de detalle el origen y la aplicación de los fondos proyectados. ¿Cometió un pecado? ¿Acaso se equivocó al actuar así? -Depende de la lente que se utilice a los efectos de juzgar sus acciones. Con arreglo a las categorías de un hombre de estado -prescindiendo de considerar lo que prescriben la costumbre y los manuales de derecho constitucional- hizo lo que correspondía. Dicho de otra forma: Milei es consciente de que no puede perder el dominio del centro del ring que mantiene desde antes de su elección. Hasta ahora lo ha logrado a partir de una relación directa con la gente y con base en la promesa de que viene a regenerar la Argentina. Es la esperanza que ha suscitado en este sentido la que explica algo en principio inexplicable: la adhesión a él y a la administración que preside de -al menos- la mitad de las personas que sufren los rigores de un ajuste monumental. La convicción de Milei -compartida con las millones de personas que pueblan el país y los mercados- es que mientras esté aposentado en la Casa Rosada no habrá cambios en punto a la política económica que se halla en ejecución. La posibilidad de retroceder, está fuera de discusión, y esto es absolutamente inédito entre nosotros. Milei no mintió aunque no haya dicho toda la verdad. Está lanzado a ritmo de vértigo en pos de un objetivo concreto y supone que los planetas están alineándose en su favor. Es posible que peque por un exceso de osadía y exagere sus logros, pero de momento sus desmesuras forman parte del éxito.

El jefe de los libertarios, bien asesorado o por propia convicción -poco importa si lo uno o lo otro- se dio cuenta semanas atrás de que el veto a la ley de jubilaciones requería para mantenerse a flote una cantidad de votos que, en principio, el gobierno no tenía contando con el sólo apoyo del Pro. Tomó entonces una decisión de sano realismo y bajó al llano para convencer a parte de la bancada radical, del peronismo ortodoxo y de los federales acerca de la necesidad de respaldar su posición, evitando que sus opugnadores consiguiesen sumar los dos tercios necesarios para rechazar el veto. Fue la primera vez en los ocho meses que lleva en Balcarce 50 que cambió de libreto, y le fue bien. Ganó una pulseada estratégica de singular relieve, poniendo en evidencia hasta qué punto, en el arco de partidos opositores, los vientos centrífugos priman sobre los centrípetos. Es dable suponer, en atención a la cuota de pragmatismo demostrada por el presidente, que se mantendrá en esta línea y, de ahora en más, pensará dos veces antes de cargar en contra de la casta sin distinguir, en el seno de las agrupaciones dialoguistas, esa cantidad respetable de diputados y senadores dispuestos a secundar sus esfuerzos, de aquellos que sólo desean entorpecer su gestión.

En los próximos días, ni bien vete la ley de financiamientos universitario, el oficialismo deberá tender puentes con los mismos representantes que lo acompañaron hace pocos días para lograr tan resonante triunfo en la cámara baja. Asimismo tendrá que ponerse de acuerdo con unos cuantos jefes de estado provinciales a fin de que sea aprobada la así denominada ley de leyes. En una palabra, el oficialismo tendrá la obligación de pescar en las aguas revueltas de las banderías opositoras y dialoguistas. No posee -al menos, de momento- otra alternativa, si bien, a diferencia de oportunidades anteriores, las posibilidades de conseguir el número que es menester a los efectos de salir airoso de los dos trances que enfrentará -el universitario y el Presupuesto- están al alcance de la mano. A pesar de su poco volumen en sede parlamentaria, el gobierno se las ha ingeniado para compensar esa debilidad con la forja de alianzas que pocos, cuando Milei asumió en el mes de diciembre, consideraban factibles. No parecen faltarle votos en el Congreso a la administración libertaria. Le faltan -eso, sí- dólares. Pero ése es un problema diferente.

Vicente Massot

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