Hay otros sondeos, en cambio, que no perciben ninguna oscilación digna de tenerse en cuenta. Como quiera que sea, debe tenerse en cuenta un dato -de la mayor importancia- en el que todos los analistas coinciden: lo que parece perder el gobierno y su jefe no redunda en favor de ninguno de sus competidores, socios electorales, adversarios o enemigos. Mientras tal merma no beneficie ni a Cristina Kirchner, ni a Mauricio Macri, ni a Axel Kicillof, ni a Martín Lousteau -para mencionar los más relevantes-, en la Casa Rosada pueden dormir tranquilos.
Pero, al margen de lo que digan aquellas mediciones, siempre sujetas a un margen de error más o menos considerable, una realidad se destaca sin necesidad de sondeos: la profunda crisis que aqueja a los distintos partidos con algún peso entre nosotros. Excepción hecha de las banderías de la izquierda -cuya presencia es, de ordinario, sonora aunque insignificante por su paupérrima performance electoral- el resto de las agrupaciones transita campos minados o terrenos resbaladizos -según de quién se trate- sin que aparezca la luz al final del túnel. Al respecto, no existe la excepción a la regla. El peronismo, la UCR y el Pro no han sido capaces de poner orden al interior de sus filas y tampoco han podido aglutinar a la tropa detrás de un líder unánimemente reconocido.
La Unión Cívica Radical, que el año próximo, en las elecciones legislativas que se substanciarán en el mes de octubre para renovar la mitad de la cámara baja y un tercio de la alta, arriesga 24 de sus 33 diputados y 4 de sus 13 senadores, se halla en una encrucijada de difícil salida. Coexisten en el seno de la vieja formación de Alem e Yrigoyen facciones que poco tienen en común. Hay un verdadero abismo entre las convicciones e ideas que sustentan el gobernador de Mendoza, Alfredo Cornejo, y su par de Corrientes, Gustavo Valdés -por ejemplo- con las que enarbolan, en la vereda de enfrente, Facundo Manes y Martín Lousteau. La fisura más visible se produjo hace pocos días cuando cinco diputados cerraron filas con el oficialismo y lograron mantener a flote el veto presidencial. Pero más allá de ese episodio relevante, el mar de fondo se percibe a lo largo y ancho de la geografía radical.
Los bandos en pugna dividen aguas en una cuestión que es -al mismo tiempo- la piedra del escándalo en el peronismo y quizás en menor medida en el Pro: la relación con el gobierno. En el fondo del antagonismo entre unos y otros laten diferencias bien profundas que son ideológicas, por un lado, y tácticas, por el otro. En cuanto a la eventual privatización de Aerolíneas Argentinas -que en cualquier momento se tratará en el Congreso- nunca terminarán de ponerse de acuerdo. Tampoco coincidirán a la hora de determinar con qué aliados marchar a los comicios de 2025. Para unos, Milei es un imán mientras que, para los otros, resulta un enemigo.
Las rencillas en el justicialismo son disímiles, porque está de por medio ese cuerpo extraño que se ha adueñado del movimiento creado por Juan Domingo Perón: el kirchnerismo. Pero hay también puntos en común. Como les sucede a los radicales, los peronistas han sufrido fugas que no sería extraño que más tarde o más temprano, dependiendo del éxito o fracaso del gobierno libertario, pudiesen incrementarse. El alineamiento de tres mandatarios provinciales - el de Tucumán, el de Catamarca y el de Salta- con la Casa Rosada no requiere de mayores pruebas. Osvaldo Jaldo, Raúl Jalil y Gustavo Sáenz han hecho rancho aparte prescindiendo de considerar lo que considerasen sus pares.
La independencia de los jefes de los estados del interior tendrá efectos de dimensión impredecible a la hora de conformar las listas de diputados y de senadores. En las elecciones que tendrán lugar dentro de doce meses y sin autoridades nacionales que puedan reducir a la unidad los brotes de autonomía que están a la vista, nadie se hallará en condiciones de digitar un armado que antes se hacía, de común acuerdo, entre cada poder provincial y quien ocupara Balcarce 50. Los tiempos en que los Kirchner monopolizaban la lapicera han pasado al olvido. El frente Unión por la Patria pondrá en juego 47 de sus 99 escaños en la cámara baja. El problema básico que arrastra -a semejanza de la UCR- es el carecer de una cabeza ordenadora. Si el partido cayese en manos del gobernador de La Rioja, Ricardo Quintela, sería la mejor noticia que pueda recibir Javier Milei.
En este orden, la forma como se diriman supremacías en provincia de Buenos Aires -su bastión por excelencia- determinará el destino de los K que -de momento- mantienen el control del gobierno y desde allí planean convertirse en la oposición nacional a la administración libertaria. Sin embargo, aun cuando los contendientes repitan de manera monocorde que el liderazgo de Cristina no está en tela de juicio, cierto es que hay un estado de guerra abierta entre Axel Kicillof y Máximo Kirchner, que viene de lejos. No son tópicos ideológicos los que los separan, sino la pretensión, común a La Cámpora y la facción de Kicillof, de hacerse de la conducción del aparato bonaerense. Después de todo, el poder del kirchnerismo se circunscribe básicamente al Gran Buenos Aires. Con la particularidad, además, que tampoco tiene una locomotora electoral para el año próximo.
El Pro, por su lado, presenta un panorama disímil si se lo compara con el PJ y la UCR. Por de pronto, es un partido que se ha asumido como aliado táctico del actual gobierno y, por lo tanto, suele darse por descontado que en la mayoría de los proyectos de ley estratégicos votará junto a los representantes de La Libertad Avanza. No obstante lo cual, tiene por delante dos desafíos de cara a la puja electoral que se avecina: tratar, en la medida de los posible, de que el irremediable rompimiento de Patricia Bullrich con Mauricio Macri no obre el quiebre de los bloques en el Congreso, y decidir si forja una alianza electoral con el oficialismo en el ámbito bonaerense.
Al cabo del análisis se echa de ver que la suerte de las tres agrupaciones partidarias estará relacionada, al menos en parte, con la deriva mileísta en los meses que faltan hasta que se abran las urnas y marchemos todos en pos del cuarto oscuro. En efecto, si como marcan algunas encuestas, el oficialismo está hoy cortado en punta, seguido de lejos por el peronismo K y los demás partidos, por qué no imaginar que colectivos enteros de la UCR, del peronismo ortodoxo y del PRO, pudieran decantar sus simpatías hacia los candidatos gubernamentales.
Claro está que hacer cálculos acerca de la predisposición de la gente cuando le toque votar, dentro de un año, es un ejercicio adivinatorio más que cualquier otra cosa. Las chances de Milei son directamente proporcionales a la mejora del salario real y a la reactivación económica. Si los brotes verdes que no crecieron en la presidencia de Macri se hicieran notar con fuerza el año próximo, La Libertad Avanza -que prácticamente no arriesga diputados y senadores- podría aumentar su poder parlamentario a expensas de sus opugnadores. Falta mucho todavía.
Vicente Massot


Es posible que, como lo informan distintas casas encuestadoras, el grado de adhesión de la ciudadanía a Javier Milei en particular, y a su administración en general, haya decrecido en el curso de las últimas semanas. No sería de extrañar en atención, sobre todo, al veto con el cual el presidente fulminó la ley aprobada por ambas cámaras del Congreso, referida a los haberes de la clase pasiva. Algunos relevamientos ponen de manifiesto que, si bien el humor de la gente no ha cambiado de manera brusca, de todas maneras se nota una declinación tenue en el nivel de apoyo que el líder libertario ha recibido desde el inicio de su gestión.
