Viernes, 18 Octubre 2024 09:25

Un triunfo tras otro - Por Vicente Massot

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Dos semanas atrás nadie -ni en los espacios opositores ni tampoco en los despachos gubernamentales- alguien hubiese siquiera imaginado la serie ininterrumpida de éxitos que cosecharía Javier Milei en tan corto espacio y en tan distintos frentes de batalla. El presidente tiene -pues- sobrados motivos para considerar a la segunda semana del mes en curso como la más exitosa de su gestión.

Allí donde presentó pelea se alzó con un triunfo tras otro, sin solución de continuidad. Por de pronto, el índice inflacionario quedó clavado en 3,5 %, un número que le permite al equipo económico liderado por Luis Caputo imaginar que a finales de año podría producirse la tan anhelada convergencia entre el índice de precios minoristas y la tasa de devaluación (crawling peg) de 2 %, establecida por las autoridades del Palacio de Hacienda. El logro es de la mayor importancia porque la estrategia gubernamental se asienta -en materia económica- sobre dos sillares excluyentes: el equilibrio fiscal y la reducción de la inflación. Cualquiera de los dos que pisase en falso le generaría al oficialismo una crisis de envergadura. En cambio, mientras se mantengan así, serán los soportes principales de la actual administración. 

Como si lo anterior fuera de poca monta, desde el Fondo Monetario Internacional y, en simultáneo, desde el Banco Interamericano de Desarrollo llegaron a estas playas noticias inmejorables. El organismo de crédito a cuya cabeza revista la búlgara Kristalina Giorgieva hizo saber que era una decisión tomada la baja de las sobretasas a los países deudores. Ello supone que el nuestro se ahorrará algo así como U$ 3.200 MM. El reclamo lo había iniciado Martín Guzmán, pero el rédito lo cosechará el mileísmo. Suerte, que le dicen. Por su parte, IIan Goldfajn, quien preside el BID, precisó que la entidad proveerá este año U$ 2400MM al sector público y, a la vez, habrá otros mil cuatrocientos millones de la misma moneda para nuestro sector privado en los próximos dos años. Todo suma.

Sin embargo, el logro mayor lo obtuvo el gobierno -a semejanza de lo ocurrido treinta días atrás, cuando blindó el veto a la ley de Movilidad Jubilatoria- en la cámara baja del Congreso de la Nación. Contra la mayoría de los pronósticos que lo daban como perdedor, fue  capaz de sumar idéntica cantidad de diputados -propios, del Pro, del peronismo, del radicalismo y de los -así llamados- independientes- y dejar a sus opugnadores en el lugar de los vencidos. La estrategia fue un calco perfecto de la anterior, motorizada en septiembre. Con buen criterio, en la Casa Rosada primó la idea de que lo que funciona no se cambia.

Quedó al descubierto que las vacassagradas -vg., la Universidad estatal elevada a la calidad de Dios del Olimpo democrático- no existen más, y que las grandes movilizaciones sirven sólo para hacer acto de presencia en las calles. Cuántas veces se escuchó decir a los más diversos opinadores -de todo tipo, tamaño y color- que la sociedad argentina no toleraría impasible tamaño atentado contra la educación pública y que la reacción que ello generaría resultaría imparable. Pues bien, nada de eso ocurrió. Las miles de personas que se apoderaron de los espacios públicos carecían de poder de fuego. Por sobre todo, porque se toparon con un gobierno que -si bien explica tarde y mal sus posiciones- no está dispuesto a retroceder ni un centímetro al momento de defender cuanto considera esencial.

Con esta particularidad, que no es nueva pero que ha quedado al descubierto como nunca antes: la falta de disciplina que aqueja a los partidos opositores o -si se prefiere- la facilidad con la que el Poder Ejecutivo logra pescar voluntades en ellos. Son un secreto a voces las desinteligencias y disputas internas que en estos momentos cruzan en diagonal a las agrupaciones políticas de más renombre. Ninguna de las tres principales -el Pro, el radicalismo y el PJ- han logrado hacer pie después de los reveses que cosecharon -cierto es que en diferente medida- en los comicios de agosto, octubre y noviembre del año pasado.

En la UCR hay una lucha sorda entre dos sectores bien diferenciados desde el punto de vista ideológico, cuyo final anunciado -tarde o temprano- es la ruptura de la unidad. Para ponerlo con nombres y apellidos: Martín Lousteau y Facundo Manes no pueden convivir en armonía con Alfredo Cornejo y Carolina Losada, por ejemplo. Cuanto más tiempo pase y más se acerquen los cierres de listas y la forja de alianzas de cara a las elecciones de octubre próximo, más se distanciarán las banderías en pugna. Está claro que -de continuar por este camino- el viejo partido de Alem y de Yrigoyen corre el serio riesgo de jugar en la Primera B o en la C en 2025. Carece de candidatos potables a nivel nacional y su intención de voto, según todas las encuestas, no pasa de 5%. Una verdadera calamidad .

Los muchachos peronistas arrastran también sus cuitas. El hecho de que un pobre de solemnidad en lo político, como el gobernador de la provincia de La Rioja, se permita mojarle la oreja a Cristina Fernández sin que le tiemble el pulso y sin que se haya producido un escándalo de proporciones, pone de manifiesto dos cosas: de un lado el deterioro de la figura de la ex–presidente -que ha dejado de ser una intocable, a cubierto de cualquier crítica- y, del otro, la orfandad de líderes de envergadura, que corroe las entrañas justicialistas. Si los únicos candidatos que pueden ofrecer para asumir el mando partidario son los mencionados, claramente se hallan en problemas.

En lo que hace a los seguidores de Mauricio Macri el dilema que tienen por delante no es de fácil resolución, en virtud de que no controlan una variable clave: si a Milei le va bien -y no es un dato menor que el crecimiento de la economía el año que viene se estima que alcanzará 5 %- gran parte del electorado del Pro es probable que vote a La Libertad Avanza; y, si le fuese mal, una agrupación liberal de sus características difícilmente seria premiada en las urnas. Ello sin contar los cortocircuitos que ya se han producido entre las figuras de mayor calado -Macri y Bullrich-, cuyos respectivos caminos se hallan trazados y no están destinados a encontrarse. El rompimiento entre ambos ha sido claro y lo que falta saber es cuál habrá de ser la estrategia que fijen para enfrentar al kirchnerismo en la provincia de Buenos Aires: si aliados a los libertarios o con lista separada.

En semejante contexto, el oficialismo no ha perdido el tiempo y ha desenvuelto un plan de acción con los diputados y senadores afines, y con los gobernadores que han sido seducidos por las mieles del unitarismo fiscal. En esto los libertarios no se han andado con vueltas y -a la hora de sumar adhesiones- no le han preguntado a sus aliados de dónde venían. Por eso se han acercado y cerrado filas, junto a La Libertad Avanza, radicales, peronistas, macristas e independientes, con cuyo concurso le ha sido posible triunfar a Milei en dos pulseadas claves. Si se tiene en cuenta -y cómo no hacerlo- que las elecciones por venir son legislativas y en consecuencia a los mandatarios provinciales -cualquiera que sea su partido- les interesa más retener el poder en sus respectivos estados y controlar las cámaras provinciales que incidir en la confección de las listas de los diputados y senadores nacionales, la posibilidades que se le abren al gobierno de labrar acuerdos de carácter táctico en las provincias de Tucumán, Catamarca, Salta, Santa Fe, Corrientes, Chubut, Entre Ríos y Mendoza, son amplísimas.

Se podrá decir -con algo de verdad y algo de mala fe- que Milei gana un casillero e inmediatamente se crea un nuevo foco de conflicto; que su núcleo duro no supera 30 % de los votantes; que la alianzas que teje por ahora son líquidas y no permanentes; que el veranito cambiario no durará para siempre y que -mientras el cepo no se levante- las inversiones que tanto requiere la Argentina serán escasas. Esto supone poner el énfasis en lo que falta hacer o en lo que falla la administración libertaria, dejando de lado los notables logros obtenidos en apenas diez meses de gestión. Por ahora, éstos superan claramente a aquéllos.

Vicente Massot

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