Los indicios de que ése era el destino que le aguardaba a la ex–presidente resultaban tan claros que pocos en el mundillo de la política -si acaso alguno- imaginaba un escenario distinto. Conocido el fallo del máximo tribunal de la República -de suyo, inapelable- que lleva la firma de sus tres integrantes, cabe preguntarse cómo sigue la historia.
La anterior es una pregunta que en estos momentos cruza en diagonal al país de los argentinos. Más allá de quienes celebran con todas sus fuerzas que la jefa del PJ termine tras las rejas -aunque la suya sea una prisión dorada- o de quienes despotrican en contra del lawfare y consideran que se trata de una vulgar venganza, lo que arrastra el interrogante antes planteado es menos la legalidad de la medida que los efectos políticos que podría traer aparejados. La mujer en cuestión suscita a su paso semejantes pasiones y su figura ha sido tan determinante en el derrotero de nuestro país en los últimos veinte años -poco más o menos- que nadie piensa que su detención habrá de resultar un mero trámite. En general, mientras algunos temen una movilización del kirchnerismo de una punta a la otra del territorio nacional, otros ponen el acento en qué tanto el hecho, una vez consumado, pueda entorpecer los planes electorales de los libertarios y conmocionar a los peronismos de las más distintas observancias. Vayamos por partes.
Habría que dar de lado con cualquier tentación catastrofista. Es cierto que ya se han alzado voces en el variopinto espacio justicialista respecto de la necesidad de ganar las calles y de hacerse oír a como dé lugar, en respuesta a lo que consideran una injusticia de marca mayor. Con todo, los tiempos en que una pueblada, en aluvión, tomó por asalto la Plaza de Mayo y respaldó sin disidencias a su líder preso han pasado a la historia y no se repetirán. Perón era un mito. Cristina, en cambio, es una farsante que no invita al sacrificio. Es probable que se produzcan algunos incidentes menores, un paro general de actividades resuelto por la CGT, varios cortes de rutas y un sinfín de amenazas tronantes enderezadas a expensas de los ministros de la Corte y del oficialismo. Pero nada que pueda devolverle a la Señora su preciada libertad de movimiento.
¿Alguien cree seriamente que los que entonan el cantito ‘Cristina, Cristina, Cristina corazón, acá tenés a los pibes de la liberación’ son algo más que cotorras amaestradas? Si sonase, no un tiro sino una cebita de juguetería, se desbandarían aterrados. Por el lado de los muchachos de La Cámpora no pasa la cosa. Tampoco por los gordos de la CGT, que no la quieren mucho y están grandes para pelear cruzadas ajenas. Queda la estrategia, hecha pública por sus mismos impulsores, de llevar el caso a la Corte Interamericana de Derechos Humanos y -de paso- convocar a los presidentes latinoamericanos amigos -Lula, Maduro, Ortega, Petro y Diaz Canel- para cerrar filas junto a ella. Como se aprecia, poco y nada. Más ruido que nueces...
Donde el úcase de la Corte hará ruido y producirá un reordenamiento difícil de analizar hoy en términos de sus alcances, es en el seno de los diferentes peronismos que pueblan el país. Si bien en teoría existe una jefatura nacional en manos de Cristina Fernández, en la práctica su autoridad está cuestionada a diestra y siniestra. Si a ello se le suma una condena definitiva, la tan cacareada unidad del Movimiento no pasa de ser un slogan hueco de todo contenido. ¿Quién sería capaz de armar y disciplinar el rompecabezas justicialista en una circunstancia así? Repárese en el hecho de que el espíritu de cuerpo es un ilustre desconocido entre los muchachos. Nada más lejos de ellos que la muletilla, según la cual, ‘para un peronista no hay nada mejor que otro peronista’.
En las elecciones legislativas provinciales -cuando menos en las sustanciadas hasta el momento- a los seguidores de Perón no les ha ido nada bien. Con la ex–presidente incapacitada de encabezar la boleta de la Tercera Sección, sus acólitos han sufrido la baja de la mejor candidata imaginable. En la provincia de Buenos Aires -por mucho que se busque- no hay nadie que lleve mejor los colores partidarios que ella. En septiembre Cristina no figurará, y en octubre la antorcha deberían tomarla Sergio Massa o Máximo Kirchner, cuya imagen -lo ponen al descubierto cual- quiera de las muchas encuestas conocidas- es deplorable.
Salvo que algún despistado considere que aún se encuentra vigente el ‘Vote y vuelve’
-la consigna enarbolada por el peronismo de la resistencia entre 1955 y 1973- el destino político de la viuda de Kirchner está cantado. Condenada por corrupción y con tres juicios más en puerta, las posibilidades de regresar a la escena en calidad de prima donna, son nulas. Por eso, y malgrado lo que se oye decir como si fuese una verdad revelada sobre los inconvenientes que el fallo le crea a la estrategia gubernamental, lo contrario es cierto. Para la Casa Rosada no pudo haber mejor noticia. Los libertarios se sacaron de encima al principal contrincante en las urnas y el peronismo quedó desarbolado de candidatos con arrastre electoral.
Al margen de las elecciones que se hallan a la vuelta de la esquina, la mayor incógnita que plantea la resolución de la Corte Suprema tendrá lugar en el ámbito parlamentario, donde las bancadas de Unión por la Patria -la de diputados y la de senadores- aún con sus disidencias y fugas a cuestas, todavía se alzan como primeras minorías. Martínez y Mayans, los jefes respectivos de una y otra, podrían verse en figurillas a la hora de mantener la precaria cohesión de sus tropas. Presa una jefa harto discutida y desflecado el camporismo, ¿quién comandará al peronismo?
De palabra, la totalidad de las capillas del Movimiento le jurarán lealtad a la Señora. En la adversidad no cabe otra cosa. Pero cuando el tachin, tachin y el tronar de los bombos se atenúen hasta desaparecer y a la viuda le hayan perdido el miedo y el respeto, comenzará la puja por el mando salvaje. Sucederá pronto, y si -como todo hace prever- la performance kirchnerista resultase pobre en octubre, de Cristina Fernández se acordarán, cada día que pase, menos militantes.
Vicente Massot


No hubo que contener el aliento o esperar demasiado. Sucedió lo que resultaba, a esta altura, un secreto a voces. Como era de esperar, la Corte Suprema de Justicia de la Nación decidió la suerte de Cristina Fernández, dejando firme la condena en dos instancias que sobre ella pesaba. A modo de consecuencia, la condenó a pasar los próximos seis años de su vida detenida en su domicilio e inhabilitada a perpetuidad para ejercer cargos públicos.
