Opinión

 

 

El país parece resignado a profundizar la decadencia, y no se percibe alarma ante semejante debacle

 

Para dimensionar mejor el repicado escándalo de las vacunas ventilado a partir de las declaraciones de Horacio Verbitsky, que determinó el pedido de renuncia al ministro Ginés González García y una situación de turbulencia en el Gobierno, conviene evocar un hecho parecido ocurrido dos décadas atrás.

 

Es cierto que si de algo adolece la sociedad argentina es de educación cívica, pero también es cierto que no se le puede exigir a la gente que, por ejemplo, conozca en profundidad el Código Penal. Para eso estamos los abogados y específicamente para eso están los profesores de derecho penal, uno de los cuales es nada menos que Alberto Ángel Fernández, trigésimo quinto presidente constitucional de la Argentina, y el vigésimo cuarto que posee título de abogado, suponiendo que también lo tenga su Vicepresidenta.

 

El “acomodo” fue y es una forma de la vida cotidiana en el país, casi institucionalizada

 

Dos razones se entrecruzan en el escándalo que suscitara el sistema semi- clandestino de vacunación que había montado el ex–ministro de Salud, Ginés González García. Una explica porque pudo ponerse en marcha y la otra porque tuvo tamaña repercusión. Sería difícil imaginar que algo así sucediese en Suecia o en Norteamérica. Pero en estas playas, lo novedoso habría sido que no ocurriese. La impunidad que existe en nuestro país se halla tan arraigada que una oficina para los amigotes del poder es la cosa más normal del mundo. Si a ello se le suma la experiencia en la materia que acredita el kirchnerismo, el cuadro queda completo.

 

«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, solo es aceptable la comparación en grado superlativo.»

 

¿Es posible entender la política a través de los “sentidos”? Tal vez lo sea. Por lo menos en el lenguaje cotidiano se habla del “olfato” político, de la “mirada” política, del “oído” político, del “tacto” político, como recursos en más de un caso decisivos para entender la política o para tomar decisiones. Si esto fuera así, ¿por qué no mencionar también el “gusto” político? El gusto y el disgusto. Preveo las objeciones.

 

Vacuna es una deidad que los romanos adoraban, sobre todo, los habitantes del campo. Le ofrecían sacrificios, principalmente, en el tiempo en que se habían concluido las labores. Según una versión esta diosa es la misma que la diosa Victoria. En todo caso, parece tratarse de celebrar un logro, un triunfo. Curiosa asociación, pero la etimología de nuestra palabra “vacuna” es bien distinta.

 

La igualdad de los derechos, la justicia social, el considerar injusta la explotación del hombre y el repudio a la opresión de los “poderosos”, han sido las banderas obsesivas del discurso kirchnerista.

 

El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner ha caído en su propia trampa. Tiene incorporado en los pliegues más íntimos de su subconsciente la idea de que ellos -el politburó del castrochavismo argentino- tienen una desigualdad innata y admitida respecto del resto de la sociedad a la que consideran meros engranajes de su maquinaria de poder.

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