Opinión

 

Una vez más, este año la madre de todas las batallas será la provincia de Buenos Aires, ese territorio inviable en cuyo africanizado conurbano se deciden electoralmente los destinos de la Patria.

 

 

No ha de ser sencillo presidir un país desde una coalición gobernante liderada por quien ejerce la vicepresidencia de la Nación y a menudo sacudida por iniciativas que el jefe del Estado no duda en calificar como "ideas locas" aunque insiste en probarlas hasta advertir por sí mismo su inconveniencia. El de Alberto Fernández se ha convertido en un liderazgo de la simulación, que rara vez puede predicar con su propio ejemplo. Su conducción parece condenada a administrar las penurias antes que, a buscar soluciones duraderas, y es castigada por los frecuentes embates de Cristina Kirchner.

 

 

 

“Los grandes criminales no están en prisiones sino en la cúspide de la sociedad”.  
- Alexis Carrel

 

 

 

 

Boudoulandia es un país donde la identidad nacional deja de ser expresada por San Martín, Belgrano, Sarmiento y Perón para serlo por Boudou, D’Elía, Aníbal y Parrilli.

 

 

 

La pandemia no hizo más que profundizar una tendencia perversa del sindicalismo docente, cuyos rasgos más distintivos fueron los paros salvajes y la indiferencia más absoluta al daño que se le hacía al sistema educativo.

 

 

 

El 9 de diciembre pasado, la señora de Kirchner publicó una nueva epístola, cuyo propósito principal fue vituperar a los jueces de la Corte Suprema. La repercusión que tuvo tal vez fuera exagerada, ya que no es la primera vez que la vicepresidente de la Nación se expide contra la independencia del Poder Judicial, que de eso se trata este texto, aunque no termine de decirlo de forma explícita.

 

 

En cualquier otro momento de la historia estos primeros días del año hubiesen sido un tiempo apacible, sereno, casi como un objeto suspendido en el aire, que lentamente iba acelerando su movimiento en la segunda quincena de enero, tomaba ritmo normal hacia febrero, y decididamente se aceleraba de marzo en adelante. Los primeros quince días de enero eran como el interior de una nave espacial, donde no se registra la gravedad. Era normal, luego de la intensidad de las fiestas de fin año, los seres humanos entrábamos en una etapa de recuperación de energía y el necesario sosiego.

 

 

Desde que empezaron a buscarse los antígenos para responder al ataque del Covid-19, el gobierno argentino anunció su disposición a adquirirlos para protegernos. Es más, seis mil compatriotas voluntarios fueron tratados en el Hospital Militar, con la colaboración del científico Fernando Polak, durante el desarrollo de la vacuna Pfizer.

 

 

La Argentina es un país donde proliferan los “ismos”. Tenemos una manía de que a cada fenómeno político emergente le adosamos ese sufijo. Así tenemos republicanismo y populismo. También peronismo y alfonsinismo (como antes hubo rosismo, mitrismo y roquismo). Y tuvimos “menemismo” y hasta “delaruismo” y “chachismo”. Y “kirchnerismo”, aun en su momento inicial, cuando todos sus integrantes entraban cómodos en una combi de esas que unen Ezpeleta con el Correo Central.

 

Para revertir la declinación relativa que arrastra desde hace décadas la Argentina necesita urgentes transformaciones estructurales imposibles de realizar cuando la construcción de poder demanda enemigos. Cuando la selección de enemigos es funcional al proyecto político, se resiente el diálogo, desaparece el pluralismo y no hay políticas de Estado. La lógica del amigo-enemigo es consustancial con la búsqueda del poder perpetuo.

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