Edgardo Moreno
El presidente Javier Milei cambió la agenda política con su discurso sobre la cuestión Malvinas. El impacto posterior tiene todavía una proyección desconocida.
La duda se ha instalado en la escena política. La reelección de Javier Milei parecía segura meses atrás, cuando 2027 era un punto lejano. Después del Mundial, el horizonte del año electoral se vino encima. La certeza cedió ante la lógica. Lo que todavía no ocurrió, no es algo seguro.
El presidente Javier Milei no espera un derrame del modelo económico, sino un diseño político para sostenerlo.
Ahora todo es blindaje para la reelección, pero nunca se sabe si alcanza.
Pronóstico reservado para la reforma política; intento de blindaje para el Banco Central, las dos apuestas de esta fase de la gestión libertaria.
Javier Milei propuso el crecimiento de la economía como objetivo y debate del nuevo año. Sus aspiraciones políticas dependen de que converjan con éxito para el electorado dos factores: precios estables y reactivación.
Milei llegó al poder fustigando el consenso político y celebró en Tucumán su primer consenso político.
Milei tiene votos y carece de estructura; la oposición es estructural, pero se quedó sin votos.
El peronismo impulsó un paro impopular; Milei tuvo que retirar el paquete fiscal para no perder.
El discurso global puede ser épico, pero es el Parlamento -donde los operadores del gobierno maniobran en minoría- el que puede racionalizar las propuestas oficiales. Los dialoguistas no saben si tienen como interlocutores a funcionarios que ignoran cómo funciona el Estado, o a dirigentes con visión estratégica que captaron el nuevo clima de época.
Tanto Kirchner como Macri vislumbraron antes el escenario de tres tercios. Pero Cristina vio dos tercios populistas y Macri dos liberales. El balotaje dirá cuál de los dos acertó. CFK y el resto del peronismo se sostuvieron en circunstancias adversas. Macri y el espacio del cambio -por disidencias- perforaron su piso.
Gobernadores, empresarios y gremialistas recuperan su antigua rutina: a rey muerto, rey puesto.
¿Cuál es el ciclo político que está terminando? ¿El de las coaliciones? ¿El del kirchnerismo? ¿El del populismo?
En 2010, Massa calificaba a Kirchner como “un monstruo y un psicópata”. Ahora que es candidato, Massa promete ser Néstor. Pagarle todo al FMI para sacarlo del país. Milei quedó en evidencia: el sistema de compra de bancas no habla de las virtudes de la oferta y la demanda, sino de un vacío de propuestas licitado al mejor postor.
Entre Massa y Cristina hay una mirada estratégica opuesta. Massa cree que puede ganar las elecciones; la vice la da por perdida y diseña una transición de salida y obstrucción. La violencia en el norte demostró que ni un consenso constituyente pudo evitar las piedras del extremismo político.
Massa deja una herencia ominosa: deuda de Nación a tasas extravagantes del 45% anual (en dólares), dolarización de rentas para los banqueros y pesificación de ahorros para los jubilados.
El repago de deuda en dólares levantó una ola de sospechas que el ministro de Economía no logró disipar. La candidatura presidencial de Massa está en veremos.
En el juicio político contra la Corte, la tríada gobernante no busca el cambio sino el perjuicio. El medio es el mensaje: no persigue un objetivo sino la persecución.
El Frente de Todos propone una disociación con la realidad como última apuesta para superar el fracaso del experimento Alberto Fernández. El mecanismo no sólo afecta a su espacio político, sino al sistema institucional.
Georgieva expresó que la sociedad argentina espera que el Gobierno “se tome en serio el control de la inflación”. Demanda que podría oírse en cualquier rincón del país.
Cristina relanzó su ofensiva contra la Justicia. Impulsó un proyecto sin acuerdo para reformar la Corte Suprema. Hizo un alegato político para defenderse. Y acusó a los jueces por el atentado en su contra.
Cristina Kirchner quedó expuesta a la crisis. La salida de Guzmán aceleró los problemas que venía incubando. Pero no sólo los mercados están devaluando el liderazgo de la vice.
La dimisión del ministro de Economía abre un escenario de mayor incertidumbre. El peronismo resignó otra vez ante Cristina el liderazgo de las ideas. Una coalición que no gobierna y profundiza la crisis.
Son dos velocidades diferentes: mientras Alberto todavía no entiende el triunfo de 2019, Cristina se prepara para la derrota de 2023.
Tratando de explicar en Europa la realidad argentina, el presidente Alberto Fernández cometió una serie de errores memorables.
Cristina está sembrando un campo minado en el núcleo restante de la legitimidad presidencial.
La dificultad para encontrar el centro ideológico, instrumental y discursivo es la que desconcierta a las fuerzas que pretenden mantener a distancia la turbulencia emergente a la derecha, y al mismo tiempo denunciar la fuga impostada de Cristina hacia la izquierda.
Esta vez la épica cristinista contra la Corte Suprema viene tornasolada con el pánico oficialista por la tobillera electrónica.

Juntos por el Cambio consiguió todos sus objetivos: sostener la gobernabilidad que el oficialismo puso en duda, votar en unidad y consolidar su imagen de conducción alternativa para 2023.

La crisis de Gobierno puede ser más grave para la vicepresidenta que su complicación judicial.

Para Alberto Fernández la política exterior se restringe al ejercicio del guiño. Adulación de ultramar. Mezcla de mendicidad y canchereo.
“Creo que por ahí nos estaba enseñando algo”, decía pensativo. Máximo Kirchner le habló por primera vez al público nacional en una película filmada en homenaje a su padre. Aparecía recordando tímidamente que, cuando era niño, Néstor Kirchner pasaba rompiendo todo cada vez que lo veía jugar con sus soldaditos.
El Gobierno celebró su triunfo en el Congreso con una sensación agónica de alivio. Torpeza o conspiración.
Cristina parece desbordada por la aceleración de la crisis; sabe de la necesidad de acordar con el FMI, pero está sin votos para hacerlo sin costos.

En el mismo año en que condujo al PJ unido a la derrota electoral más contundente de su historia, Cristina obtuvo la mayor cantidad de beneficios en términos de impunidad personal.
El Gobierno orienta su campaña a legitimar una nueva cesación de pagos de la deuda con el Fondo Monetario Internacional.
El punto de quiebre la realidad que demanda acuerdos y el gobierno que ensueña hegemonía, se debe fundamentalmente a las urgencias judiciales de la principal dirigente oficialista.

La sociedad argentina que cambió con la pandemia habló por primera vez en las elecciones primarias y el Gobierno nacional respondió desde las vísceras. Cristina Kirchner le impuso a Alberto Fernández tres cosas: un destino de presidencia asintomática; un gabinete que oficie como surtidor de déficit; una campaña descentralizada en los jefes territoriales.
Cristina Kirchner se ha replegado para ver si el nuevo experimento funciona para recuperar terreno en las elecciones.
El Gobierno tropezó con sus mentiras y se impuso la realidad.
El electorado eligió transformar la indignación en voto. Una mayoría contundente decidió darle a la política una dosis de legitimidad renovada, para ver si así puede enfrentar la crisis.

La apuesta central de Cristina es pasar rápido el trance de las primarias y que luego el clima social mejore.

Para el mediano plazo, el oficialismo prepara el terreno para el día después de la elección. Cuando deberá hacerse cargo -en la victoria o en la derrota- del ajuste por el sinceramiento de las variables económicas y vencimientos con el FMI.
Las elecciones, sin inmunidad colectiva y con la inflación de la vieja normalidad.
Al resucitar las Paso, Juntos por el Cambio sinceró su crisis interna: no logra procesar sus diferencias sin fiscalización estatal.
Ni siquiera aquella cifra de 100.000 muertes, que conmueve por su gravísimo impacto humanitario, provocó un esbozo de autocrítica oficial por el fracaso de la estrategia sanitaria.
La sensatez le aconsejaría a Cristina cesar con los delirios persecutorios, acordar con sus adversarios, diseñar un paraguas de contención sistémica, amortiguar los crujidos de una crisis cuyo agravamiento puede ser irreversible.
La convicción republicana se equivocaría si pretende bascular, indecisa y mezquina, equidistando en el centro imaginario y desertor.
La escasa popularidad del Presidente instala el 2023 en el oficialismo.
Si fuese por el clima social que registran las encuestas, los resultados de noviembre ya estarían definidos. El sondeo de la Universidad de San Andrés reveló que sólo un 11% de los encuestados está conforme con la marcha del país.

