Opinión

 

En este año predomina la política electoral con dos condimentos. El primero, novedoso, es la pandemia; el segundo es semejante al mito del eterno retorno: votaremos, como es habitual, padeciendo los efectos de una economía en crisis.

 

 

El kirchnerismo está destruyendo, literalmente, al país. Lo está empobreciendo, haciéndolo desaparecer, transformándolo en insignificante en términos relativos. La coincidencia temporal entre la llegada del kirchnerismo al escenario político nacional y la caída estrepitosa de todas las variables comparativas de la Argentina sencillamente alarman.

 

Pisos electorales significativos pero insuficientes para ganar la elección. Un núcleo duro que exige posturas definidas, a menudo ideológicamente sesgadas, que podrían alejar (¿espantar?) a los electores más moderados.

 

Debemos admitir que la palabra “Derechos humanos” se ha transformado desde hace tiempo en un concepto conflictivo, por lo que no está de más una breve pero precisa mención histórica a las instituciones que se propusieron sostener estos valores: la Liga Argentina de los Derechos del Hombre fundada en 1937 y la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos creada en 1975.

 

 

El hambre ha dejado de ser una metáfora de uso y abuso político convirtiéndose en una dolorosa realidad. El cierre de las escuelas produjo en los hogares humildes un golpe fatídico. Porque en las de doble turno los chicos obtenían tres comidas; y en la de medio, al menos el desayuno y el almuerzo, o este último y la merienda.

 

 

Ocurrió en el verano de 1951, hace exactamente setenta años. Por aquel entonces era uno de los diarios más leídos del país. 

Es probable que, aun si no se hubiese cruzado en el camino del kirchnerismo la peste del siglo XXI, igual Alberto Fernández habría implementado una receta de corte intervencionista para hacer frente a los múltiples problemas heredados del gobierno encabezado por Mauricio Macri. 

“Se lo llevó el carnaval” es un tema de Horacio Guarany perfectamente aplicable al fallecimiento de Carlos Menem: se fue en pleno carnaval pandémico. El, entusiasta difusor de la Chaya riojana, siempre fue un polémico que jamás pasó desapercibido. Desde su carisma indiscutible hasta sus frases desopilantes, se convirtió en un parámetro para la sociedad y para la política. 

En 1993, pocos días después de la victoria de Carlos Menem en las elecciones legislativas de octubre publicamos un artículo con el querido y recordado Carlos Floria en donde tratábamos de dar cuenta de un fenómeno que, como en otras ocasiones, ya era sindicado de enterrar definitivamente al peronismo. 

 

 

Desde hace un tiempo el oficialismo viene meneando la suspensión de las PASO. La pandemia, que le sirve al gobierno nacional para justificar cualquier cosa, es la excusa ideal. Se argumenta el riesgo sanitario de aglomerar personas y también el costo económico. Este último motivo fue expuesto recientemente por Sergio Massa, quien planteó una supuesta dicotomía entre boletas y vacunas. A mayor impresión de boletas, habría menos recursos para adquirir vacunas.

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