Miércoles, 19 Agosto 2026 18:53

Nunca digas nunca – Por Vicente Massot

No se requiere un alto grado de perspicacia o de inteligencia analítica para determinar en virtud de qué razón la hermanísima decidió descongelar la tirante relación que existía entre ella y su hermano respecto de los primos Mauricio y Jorge Macri.

A esta altura de la historia, parece innecesario volver sobre los desencuentros que jalonaron su derrotero desde comienzos del año 2024 a la fecha.

 

En realidad, por muchos que fueron los gestos y favores obrados por los líderes del Pro en beneficio de la administración libertaria, lo cierto es que desde la Casa Rosada sólo llovieron agravios y descortesías. En eso el presidente de la Nación no se anduvo con vueltas.

Si aquéllos esperaban algún agradecimiento por tenue que resultase, perdieron el tiempo. Si bien buena parte de los proyectos que este gobierno logró transformar en leyes se explican con base enel apoyo de los macristas —por momentos, incondicional— terminaron siendo humillados por los dos jefes libertarios.

Ahora, de buenas a primeras, casi de la noche a la mañana, Karina Milei creyó que era menester dejar las rencillas de lado y tender puentes con quienes hasta muy poco tiempo atrás habían sido objeto de sus destratos. No hay que rizar el rizo y esbozar una teoría traída de los pelos para darse cuenta que, conforme reza el adagio, la necesidad tiene cara de hereje.

Luego de las elecciones del pasado mes de octubre en Balcarce 50 a nadie se le hubiese ocurrido tenderle la mano a un partido hecho pedazos. Pero desde entonces ha corrido mucha agua bajo el puente y el oficialismo no está en condiciones de desdeñar a ninguno de sus aliados tácticos, de cara a los comicios del año próximo.

Si a La Libertad Avanza la intención de voto de la ciudadanía —reflejada en las encuestas— le estuviese sobrando, Macri seguiría siendo un paria y, al lord mayor de la capital federal, Javier Milei ni siquiera lo saludaría en los actos públicos. Sin embargo, los relevamientos de la opinión pública expresan una realidad que no permite intolerancias o insultos por parte del primer magistrado. Salvo —claro— que quisiera suicidarse políticamente.

Aun cuando el Pro sea un partido con escasa musculatura electoral en la gran mayoría de las provincias, sigue acreditando un importante peso en la ciudad de Buenos Aires, tiene un caudal de votos que no es para nada descartable en el principal distrito electoral del país —donde habrá de librarse la principal de las batallas— y actualmente gobierna Entre Ríos y Chubut.

Un análisis efectuado a mano alzada —que hay que tomar con beneficio de inventario, por supuesto—pone al descubierto que los Macri para llegar a un acuerdo de carácter electoral defenderán a brazo partido el dominio del que ha sido su baluarte excluyente por espacio de dos décadas. Imaginar que podrían hacerse a un costado en la vidriera política de la República y aceptar pasivamente que a Jorge Macri lo reemplazase Patricia Bullrich, Diego Santilli, o Pilar Ramírez es —al menos, hoy— improbable.

Los mileístas están condenados a aceptar pedidos de sus compañeros de ruta que seis meses atrás hubieran sonado disparatados. Las componendas de cúpulas —a las que el gobierno se halla obligado— no le aseguran ganar pero son la condición necesaria para mantener intactas sus posibilidades.

Dicho de manera diferente: aun si el oficialismo lograse anudar alianzas con el Pro, parte del radicalismo y algunos gobernadores provenientes de las tiendas justicialistas, la última palabra siempre la tendrán los cientos de miles o de millones de argentinos que no pertenecen a ningún partido.

No hay que comerse los amagues del Pro ni tampoco los de la Unión Cívica Radical dialoguista, transparentados en los anuncios de que las dos cantarán presente llevando candidaturas propias en las elecciones de 2027. Estos adelantos sonoros adquieren sentido si se tiene en cuenta lo que podría considerarse un verdadero oxímoron: la fortaleza de su debilidad.

En épocas pasadas hubiera resultado inconcebible que una y otra agrupación decidieran no llevar un presidenciable de fuste al tope de sus respectivas boletas. En teoría, lo que entonces era lógico sigue teniendo vigencia. En la práctica —en cambio— podría terminar en una catástrofe si una polarización —que es probable— dejase expuesto su endeblez electoral. Por lo tanto, uno de los instrumentos que están al alcance tanto del Pro como de la UCR es sentarse a negociar, precisamente a partir de una relación de fuerzas que no los favorece —es verdad— pero no los convierte en desechables.

Las conversaciones apenas han dado comienzo y sobre la mesa se barajarán no tan sólo alianzas, listas y candidaturas sino también la eventual suspensión de las PASO —que a los libertarios les interesa y al resto del arco partidocrático no le conviene. Además, ha irrumpido con singular fuerza una idea que puede modificar todo el tablero si acaso lograse hacer pie: la aparición en el escenario de una bandería equidistante por igual, del gobierno como del kirchnerismo.

No hay motivos, dignos de tenerse en cuenta, para desechar la mencionada idea por su carácter antojadizo. Los sondeos de opinión cada vez más muestran que existe una cantidad de personas descontentas con la marcha de la gestión libertaria, lo cual no hace que estén dispuestas a cerrar filas a como dé lugar con el kirchnerismo.

Esto le permite a no pocos analistas, a determinados políticos —sobre todo de fuerzas poco significativas en términos de votos— y a algunos grupos de presión, a creer que es pertinente vertebrar una corriente que sea capaz de seducir a esos independientes y terciar en la disputa en la cual hay dos contendientes anotados seguros: Milei y el peronismo, en el caso de que éste marche unido a las urnas.

No es casualidad que de pronto, sin decir agua va, hayan aparecido los nombres de Daniel Hadad, de Jorge Brito y del pastor Gebel como posibles participantes en las elecciones que se recortan en el horizonte. Una vez más, hay que diferenciar la teoría de la práctica.

Nada impide que una parcialidad por el estilo se lance al ruedo y prospere. Lo que sucede es que primero hay que ubicar a un candidato para que alcance un altísimo grado de conocimiento por parte de la población en general. Segundo, el candidato debe ser creíble y susceptible de recepcionar los sufragios de quienes dicen no querer ni a los libertarios ni a los K. Y —por fin— en doce meses debe construir una estructura partidaria a lo largo y ancho del país.

Todo puede ser pero, del dicho al hecho, hay mucho trecho, como reza el refrán popular.

Hasta la próxima semana.

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