Jorge Fernández Díaz
“Cuando nuestro odio es violento, nos hunde incluso por debajo de aquellos a quienes odiamos”, sostenía François de La Rochefoucauld. Ese apunte acerca de la naturaleza humana y del ejercicio del poder pertenece al siglo XVII, pero tiene la vigencia invencible de las grandes verdades universales.
No me molesta que me hayas mentido, me molesta que a partir de ahora no pueda creerte. Nietzsche explicaba de ese modo algo que, años después, el filósofo norteamericano Eric Hoffer -estudioso de los movimientos de masas-, retomaba y proseguía: “La desilusión es una especie de quiebra. La quiebra de un alma que gasta demasiado en esperanza y expectativas”. Encadenados, estos dos aforismos pueden utilizarse para la vida amorosa, el arte narrativo y la fe política.
“Tenés infiltrados”, le anuncia el comisario al delegado municipal de un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires, y le advierte a continuación muy pomposamente que el Partido Justicialista le ha enviado un “normalizador” desde Tandil. “Normalizar qué -se sorprende el paisano-. Estás leyendo muchos diarios”. Entonces el policía lo deja frío con su revelación: “El Mateo es marxista comunista”.
“Soy peronista pero no soy estúpido -dice irónicamente Alejandro Dolina-. Privarme de Borges o de Messi porque no son ‘compañeros’ o no van a la unidad básica a cebar mate, sería una tontería. Sería eliminar de mi vida algunas de las cosas que me hacen feliz, aunque sea por un rato”.
“El león no puede protegerse de las trampas, y el zorro no puede defenderse de los lobos”, advertía famosamente Nicolás Maquiavelo: el realismo político y la buena gobernanza se basan en la flexibilidad y en la adaptación a la cambiante coyuntura y al contexto histórico; la rigidez ideológica, por el contrario, enceguece y cristaliza al gobernante, y entonces el fanatismo que erróneamente alienta se vuelve un salitre del liderazgo, una paradójica emboscada mortal: “Hay que ser un zorro para reconocer las trampas y un león para ahuyentar a los lobos”, concluía el teórico florentino aludiendo al buen arte de esa dualidad.
Mientras avanzaba aquella impresionante multitud compungida que asistía a los funerales ricoteros del Indio Solari, diferentes militantes políticos en distintos tramos de la columna incentivaban la entonación de la marcha peronista. Nunca consiguieron su objetivo.
El grito de guerra –vamos a vender hasta el último dólar– hace acordar a la trágica altanería del general George Armstrong Custer, a punto de librar y perder la legendaria batalla de Little Bighorn y dispuesto a disparar hasta la última bala antes de rendirse o perecer. La película sobre ese histórico combate que ganaron los sioux y no los soldados del Séptimo Regimiento de Caballería romantizaba un poco al general Custer –al menos lo salvaba de su arrogancia– y se llamaba significativamente “Murieron con las botas puestas”. Se lo recuerda no como un acto heroico, sino como un pecado de temeridad y como una estrategia suicida.
Durante este año y medio mantener la honestidad intelectual ha sido tan fácil como preservar la castidad en un prostíbulo. En vísperas de una elección trascendente –era municipal pero las “fuerzas del cielo” la han transformado en un plebiscito de vida o muerte- el problema se extrema: los sensatos de a pie, los republicanos de verdad están acorralados y con temor a un “día después” potencialmente dañino para la economía. E intuyen que la única esperanza para un gobierno que llega debilitado por sus propias soberbias e impericias y su agresiva estupidez, consiste en que el miedo al kirchnerismo despierte al decaído y vacune al engripado.
Pedirle consejos operativos y financieros al menemismo mientras se pretendía encarnar la mismísima purificación de la política, pudo no haber sido una buena idea. Pero admitamos, al menos, que Carlos Menem tenía abierta día y noche una sala de enfermería para los heridos que dejaba: no quería que pasara la ambulancia de los opositores a recoger a sus víctimas y las convirtiera en vengativos cruzados contra su causa. Tampoco era tan amateur como para aceptar que sus enemigos futuros le llenaran amablemente las listas y los equipos con allegados y excolaboradores de doble o triple fidelidad: el oficialismo parece hoy embarazado de topos y traidores inminentes.
Tantas sandeces, hipocresías, manipulaciones y camelos; tantos malentendidos y sainetes mediáticos se han sucedido durante los últimos diez días que si Cohn y Duprat lograran sublimarlos a través de la ficción ya tendrían asegurada la secuela de Homo Argentum. La conversación pública, en redes y medios, fue una patética tormenta de agravios cruzados desde que el Presidente de la Nación decidió en un arrebato acomodar la película dentro de su propia y arbitraria subjetividad; se apropió indebidamente de ella y la impuso sin escuchar objeciones dentro del taller de adoctrinamiento de sus ministros y candidatos, y en el centro mismo de la batalla electoral.
El ensayista argentino alude puntualmente a Lenin y a su clásico panfleto político: “Allí no nos dice qué hay que hacer cuando tomemos el poder, sino lo que debemos hacer con nosotros mismos para que nos resulte posible hacerlo”, advierte Alejandro Horowicz, autor a su vez del legendario libro Los cuatro peronismos y un erudito de la historia y la politología que ha simpatizado siempre con la izquierda y con el autodenominado “movimiento nacional y popular”.
La historiadora Camila Perochena, que viene de ser vapuleada por el Topo en el Estado y por sus encantadoras milicias digitales, evocó esta semana en su flamante programa de streaming una frase de Alberdi que pertenece a sus escritos póstumos, que por lo tanto es una reflexión secreta elaborada en los tramos finales de su vida y que este articulista había leído años atrás, siempre “industrializada” por nacionalistas del revisionismo.
“La belicosidad verbal, el uso de un lenguaje insolente o malsonante, y el arraigo fundamentalista a credos ideológicos extremos no es más que una forma de cobardía melancólica”. El mandoble lo lanza el filósofo y lúcido periodista español Diego S. Garrocho en su último ensayo, que para escándalo de casi todos y a contracorriente del sentido común de la época, se basa en la idea de que la mayor prueba de valentía política consiste paradójicamente en practicar una cierta moderación.
“El príncipe cuyo gobierno descanse en mercenarios no estará nunca seguro ni tranquilo, porque están desunidos, son ambiciosos y desleales, valientes entre amigos pero cobardes frente a los enemigos, y porque no tienen disciplina”, advertía famosamente Nicolás Maquiavelo. Este consejo no debería resultarle indiferente al presidente de la Nación ni a los armadores libertarios de la provincia de Buenos Aires, que han resuelto hacer pejotismo puro para derrotar al pejotismo.
De las muchas iluminaciones que nos prodiga Giuliano da Empoli, quizás las que más refulgen en la Argentina sean las que refieren al fenómeno Orban, y no solo porque el caudillo de Hungría es socio ideológico de los libertarios sino porque su “dictadura perfecta” representa el ya no tan inconfesable sueño húmedo de las “fuerzas del cielo”.
Una cuenta atribuida al brillante estratega del Presidente, que no hace mucho modificó su perfil en X para evitar entre otras cosas proclamar a Javier Milei como un “emperador” –ahora simplemente lo homologa con el gran “libertador” sanmartiniano– recomendó por fin un texto de este diario, el primero que “vale la pena” leer de toda “la basura de LA NACION en décadas” (sic). Complacer el exigente gusto del avatar de Santiago Caputo no debería dejarnos indiferentes. El ensayo en cuestión está escrito con talento y prosa persuasiva por Alberto Ades, un abogado y economista que vive en Estados Unidos, que dice ser amigo del León y que recibió felicitaciones por parte de importantes funcionarios nacionales.
“La mentira más común es aquella con la que una persona se engaña a sí misma”, denunciaba Nietzsche. En una tecnocultura de tribu –cultivada con relatos políticos, burbujas identitarias y sesgos de confirmación–, ese fenómeno individual se multiplica y se vuelve perenne y colectivo: elijo creer, vivamos la ficción, finjamos demencia.
Quizá a esta altura de nuestra historia política resulte innecesario recurrir al diccionario de Cambrigde para definir el concepto de doble rasero, pero si alguien se toma ese simple trabajo descubrirá que lo define como “una regla o estándar de buen comportamiento que, injustamente, se espera que algunas personas sigan o alcancen, pero otras no”. Una versión más española y menos flemática alude a no aplicar el mismo criterio de valoración frente a sujetos o grupos distintos, deporte que consciente o inconscientemente los argentinos tenemos internalizado y que utilizamos a diario bajo la idea inconfesable de que poseemos la única verdad, que los contrarios nunca tienen razón y que el fin justifica los medios.
“Milei tiene la determinación y la estética peronistas; entiende la política como nosotros: es binario, no hay ancha avenida del medio –se admira un peronista orgánico, no demasiado estudioso, pero ciertamente muy intuitivo–. A nosotros nos han domesticado: salíamos a la calle y la gente bajaba las persianas, que es lo que pasa ahora con ellos. Al Gordo Dan lo quisiera en mi equipo. A mí me gusta lo que critican de Milei: las formas. Porque eran las nuestras. Milei es un Lorenzo Miguel pelirrojo. A veces hay que hacer las cosas de prepo. Si Alberto Fernández hubiera hecho lo que hace Milei, hoy seríamos el imperio romano”.
Tiene un nombre mítico, voluptuoso y feliz –Gioconda– y una mirada eternamente joven, y en una primera impresión puede uno llegar a pensar que en cualquier sobremesa sus temas dominantes serán la poesía y la novela. Pero sin dejar de interesarse por la literatura –acaba de publicar Un silencio lleno de murmullos, donde aborda como thriller fantasmagórico la “eterna culpa de las mujeres” frente a sus hijos– suele fácilmente deslizarse hacia asuntos más candentes y aún más espinosos, y no solo porque en el fondo de esa trama novelesca late la desilusión política de su generación, sino porque ella comprende “el arte de lo posible” como pocos.
El único objeto que heredé de mi madre es una radio Noblex, pequeña y plateada, a transistores y a pilas, que dormía bajo su almohada cada noche y que la acompañaba por todos los rincones de la casa durante el día. Se quedó aquí en los estantes de mi biblioteca, donde los libros son custodiados por gatos diseñados en diversos países –auténticas deidades literarias– y por dos esferas de nieve, que contienen la miniaturización de un temible témpano de hielo y de un Titanic definitivamente hundido: regalos comprados en Madrid, en diferentes momentos de nuestra larga amistad, por el capitán Alatriste.
Esa cronista que está montando guardia desde hace tres horas frente a una puerta cerrada para conversar medio minuto en un pasillo con un alto funcionario de Balcarce 50; ese redactor laburante e infatigable que hace magia para utilizar las internas gubernamentales y conseguir que un burócrata político de tercer orden confiese la verdad sobre una negociación o un estado de ánimo; esa reportera a la que nadie le pide autógrafos por la calle y que intenta reconstruir los secretos de una semana crucial en un palacio donde todos están muertos de miedo y seguros de que los servicios tienen pinchados sus teléfonos; ese noble “enviado especial” o destacado al uso que lucha contra la “carne podrida” y los “globos de ensayo” en un reino de mutismos obligados, operaciones y camelos; ese investigador al que le bloquean todos los accesos y ante quien no se sienten en la obligación institucional de rendir cuentas, y aun así sigue adelante y logra rasgar un poco el velo de la impunidad. Esa es la fiel infantería del periodismo argentino, la que nos salva cada día de la negación o la ignorancia, nos cuenta por entregas la trastienda del relato oficial y nos provee de datos valiosos que nos permiten a los meros comentaristas de la actualidad conectar asuntos y sacar conclusiones siempre provisorias.
En una reciente memoria literaria y crepuscular, pero de una implacable lucidez melancólica, un escritor español que ha sido emblema de la socialdemocracia europea retrata a su generación y asevera que a medida que uno se hace mayor, va abandonando “los ideales de juventud y, sin darse cuenta, se encuentra un día convertido en un reaccionario”. El libro, que no se publicó en la Argentina, se llama Una historia particular y su autor es nada menos que el gran Manuel Vicent.
Todos los días se aprende algo nuevo: el británico Tim Field es citado por los académicos como uno de los más agudos teóricos del mobbing. Este fenómeno de acoso laboral podría adaptarse a la política, aunque siempre de una manera imperfecta: un país no es una empresa, pese a que Trump crea lo contrario.
“Un león no se da vuelta cuando un perro ladra”, dice un proverbio africano. No pierde el tiempo ni la paciencia el rey de la selva por las advertencias guturales de los mamíferos menores. Si lo hiciera, claro está, sospecharía la jungla entera de que la autosuficiencia natural de su monarca es fingida y que, por lo tanto, no es tan fuerte ni está tan seguro como parece. En vez de ignorar en público las objeciones y sugerencias que le enviaban –con respeto y buena fe– los principales economistas profesionales de este país, Javier Milei no guardaba silencio reflexivo ni prodigaba indiferencia, sino que se revolvía contra ellos y les tiraba tarascones, o les lanzaba feroces rugidos injuriantes. Todos eran “econochantas” e iban a convertirse fatalmente en “mandriles”; es decir, monos sodomizados por el León y por “el mejor ministro de Economía de la historia”.
Cuando se difundió por todos lados que el autor de “El Aleph” había muerto, Borges no se sorprendió por el sensacionalismo de la prensa y respondió con timidez: “No es una noticia falsa, sino algo prematura”. El sistema de comunicación de todo populismo se basa en una praxis sensacionalista.
La mujer tiene ojos claros y se le llenan rápidamente de lágrimas. Me cuenta que debe fragmentar con extremo cuidado, y día a día, su deteriorada jubilación para llegar a fin de mes, y que todavía no se repone de esa amarga sorpresa. Sabe que nada de lo que yo pueda escribir cambiará ese destino fraguado por anteriores administraciones y flamantes motosierras, pero me ruega al menos que no imite a “otros colegas” que tapan las trastadas del libertario, y que de algún modo la acompañe en el sentimiento.
Los malos no te hacen bueno. Pero te dan fueros para ser provisoriamente inmune a las secuelas de tus propias trastadas y vilezas. El miedo cívico y social a los malos te conecta a un pulmotor de tiempo y te inocula una poción considerable de tolerancia oxigenada; te arropa cuando cometés errores gruesos y pecados vergonzosos, e incluso te sostiene cuando bailás sobre el abismo. Es la hormona política del mal menor, que circula por el sistema sanguíneo del votante un buen rato, y que parcialmente lo ciega o anestesia.
Cualquier grupo de poder debe ser analizado no solo por sus ideas y propósitos, sino por su diagnóstico fundacional. Los libertarios no solo creen que el fracaso argento se debió al estatismo insustentable operado calamitosamente por la familia Kirchner, sino también a la debilidad ideológica y la cobardía política de Cambiemos. Se da así la paradoja de que los kirchneristas intentaron construir la falacia de que aquella coalición republicana y multicolor, que fue derrotada por su propia impericia económica, no era una expresión centrista sino la oscura encarnación de la dictadura militar y de la represión más siniestra.
“El establishment no entiende lo que está pasando –dice el fantasma–. Esto no es un gobierno, es una revolución”. El ubicuo fantasma del hombre más poderoso de la Argentina aparece y reaparece bajo distintos nombres en la red social más politizada, y confiesa que a veces actúa como el doctor Jekyll y en ocasiones, como míster Hyde. Los mensajes cifrados que Santiago Caputo envía a su tropa son inquietantes, tal vez clarividentes; en todo caso, muy reveladores de lo que se siente, cocina y barrunta en el Triángulo de Hierro.
Robert De Niro recibe por televisión las filípicas que le lanza una poderosa empresaria tecnológica y escucha con atención un aforismo que ella desliza al paso: “El gran Benjamin Franklin decía que quienes renuncian a la libertad esencial para comprar seguridad temporal no merecerían ni la libertad ni la seguridad”. Luego De Niro, que encarna a un expresidente a cargo de una emergencia nacional y que para algunos es una especie de “viejo meado”, recuerda que la Justicia estaba investigando a esa empresaria tecno por 19 violaciones a la ley Sherman de antimonopolio. Ella, ya en persona y lo más fresca, acusa el comentario y a su vez le advierte: “Cada potencial autocracia comienza intentando someter al sector privado”. De Niro asiente, pensativo: “Las tecnológicas no quieren la intervención del gobierno”, y de inmediato se rehace: “Por cierto, señora, equivocó el otro día la cita. En realidad, Franklin dijo que no debíamos sacrificar la libertad civil. No se refería a la libertad personal”. ¿Y cuál es la diferencia?, le pregunta la empresaria tecno, confusa y desafiante. La respuesta del veterano resulta simple pero antológica: “La libertad personal le permite a gente como usted hacer lo que quiera. La libertad civil es la que nos protege al resto de los ciudadanos de las personas como usted”.
Ya que la dolorosa y prematura muerte de Jorge Lanata volvió a poner en la palestra de los odios cruzados al periodismo independiente y que a la vez navegamos en las borrascosas aguas de un revival noventista, quizá no resulte del todo vano evocar la gran contienda de aquella década imborrable.
Tenía doce años, excelentes notas y una conducta intachable, y era sobre todo un chico muy educado y querido en aquel colegio mixto de Valencia. “Formado en el respeto a las niñas y la igualdad, Pedro era de los que no pasan por alto un comentario supuestamente machista, una frase hecha, un lugar común –narra Arturo Pérez-Reverte, que es un espíritu ecuánime e independiente, y es además amigo de su padre–. Valoraba al otro sexo porque había sido educado para ello por sus padres y profesores. En esa materia era puntilloso, implacable como un gendarme prusiano. Sin embargo, llegó el día fatal”.
En su intensa temporada de caza de las grandes figuras progresistas, que para ellos todavía brindaban cierta respetabilidad y protección, los señores feudales de Santa Cruz invitaban habitualmente a Balcarce 50 a cuanto intelectual pasara por los diarios. Que siempre fueron su principal fuente de conocimiento y lectura. A Beatriz Sarlo le tocó compartir un almuerzo en el primer piso de la Casa Rosada con el gran historiador Tulio Halperín Donghi; la experiencia no resultó positiva, ninguno de los dos cedió a la seducción del poder, y en la mismísima vereda ella le dijo: “Yo no vengo más, Tulio”. Néstor Kirchner comprendió que aquella dama diminuta y aguerrida, que era un emblema de la cultura de izquierda, no mordía el anzuelo, y entonces le bajó el pulgar.
Recuerdo que durante una cena desdichada con un escritor kirchnerista le reproché los injustos ataques que le propinaba en público a Joaquín Morales Solá. “Te equivocás con la información, y además de todo, Joaquín es un caballero”, añadí. El intelectual se quedó unos segundos en silencio, y luego masculló con la vista perdida: “La caballerosidad. ¿Entonces eso es todo lo que nos queda en un mundo sin revolución ni ideales fuertes? ¿Ser caballeros?”. Le recordé que en las guerras napoleónicas e incluso en la gesta de la independencia latinoamericana, los oficiales de ambos bandos mantenían esos códigos de respeto y honor, pero también que la cortesía era un valor básico de cualquier democracia moderna.
“El pueblo no es una población, sino una construcción política –sostiene Chantal Mouffe–. El pueblo no está dado, hay que construirlo”. La viuda de Laclau aconseja crear un líder redentor, trazar una frontera entre buenos y malos, y encarnar un pueblo que necesariamente es un recorte ficcional y mítico, y por cierto siempre funcional a la estrategia de poder. Los libros de Mouffe y Laclau han sido cuidadosamente estudiados por algunos intelectuales del oficialismo, que todo este año han confeccionado un eficaz juego en espejo con el populismo de izquierda: el pueblo no es un colectivo empírico u objetivo sino una subjetividad provechosa y antojadiza; una invención, una retórica.
Masticando bronca, resignación o miedo, y apuntando dudas razonables de mediano y largo plazo, las usinas mediáticas e intelectuales del llamado “progresismo” –colectivo de gradaciones cada vez más copiosas y difusas– se anticiparon esta semana al balance del año de gestión y dictaminaron, a grandes rasgos y casi por unanimidad, que el gobierno de Javier Milei había triunfado.
La superstición de la novedad domina y atonta a la opinión pública. Se nos asegura con énfasis que estamos en presencia de un fenómeno nuevo y original, pero como en “Jurasic Park” solo el desarrollo tecnológico y la intervención personal e interesada de los tecno-ricos representan de verdad algo moderno e innovador; el resultado, por el contrario, no es precisamente un viaje al futuro, sino un inquietante regreso a la prehistoria y un resurgir no de criaturas de gran originalidad, sino de los rancios y trillados dinosaurios.
En la jerga de los bomberos profesionales al fuego desatado le dicen la bestia. La Argentina era, sin exageraciones, un edificio en llamas y nosotros nos estábamos quemando vivos. El bombero ingresó con su brigada, apagó en un año el incendio –quedan igual algunos focos ígneos– y nos salvó de morir calcinados. Se le agradecen los servicios prestados en esta emergencia: fueron eficientes, y los números inflacionarios están a la vista; también la baja del riesgo país y la provisoria estabilidad del dólar, y los tibios pero certeros frenos a la abismal caída económica con la que se pagó toda esta impresionante operación de enfriamiento.
Un cientista político de gran prestigio y larga experiencia explicó pulcra y objetivamente en televisión los resultados de su última encuesta nacional y unos minutos después nos confió a sus amigos por WhatsApp esta sentencia: “Si Milei fracasa estamos jodidos, y si triunfa también”. Lo primero no requiere explicación; lo segundo es menos evidente, porque alude a los planes que el León tiene para cuando el éxito económico le suelte completamente las manos y le permita rediseñar a su capricho la democracia argentina.
Sebreli nos ha enseñado principalmente a desconfiar de las súbitas y cambiantes euforias argentinas. Acerca de su muerte, el biógrafo oficial e íntimo amigo de Javier Milei ha elogiado su prosa y su ironía, pero no se ha privado de repudiar al legendario autor de Los deseos imaginarios del peronismo por ser “enemigo declarado de la Cristiandad, promotor acérrimo del genocidio prenatal del aborto”, fundador del Frente de Liberación Homosexual, acólito del “satanismo marxista” en su juventud y luego “macrista”, lo que implicaría que a la postre Sebreli “suavizó sus perversiones doctrinarias un poco” (sic). El escritor Nicolás Márquez remata su responso diciendo: “Dios sabrá qué hacer con él”.
Los historiadores militares nos muestran cómo algunos de los mejores estrategas de todos los tiempos fueron quienes aprendieron con esmero y luego imitaron con eficacia las metodologías de sus enemigos. Se podría pensar que acaso por primera vez hay en el “campo del no-peronismo” un petit comité que ha resuelto estudiar las argucias del Movimiento, adaptarlas a sus objetivos ideológicos y practicarlas de un modo más o menos embozado. La osada táctica parece consistir en cosechar, en esta primera etapa, los votos republicanos de diferente pelaje, y con ellos destruir al “enemigo” con sus propias armas, para en una tercera fase directamente reemplazarlo en el territorio y en el imaginario.
“Todo lo que crece acrecienta su propia capacidad de autodestrucción”, escribe la novelista Amélie Nothomb. Y esa ley general vale muy especialmente para la política: sugiere el ensayista Giuliano Da Empoli que los outsiders de La Nueva Derecha llegan en un relámpago y al comienzo crecen exponencialmente en su popularidad, pero salvo excepciones que confirman la regla (Orbán se hizo autócrata, Meloni gobierna con doble discurso), estos agresivos líderes populistas caen al tiempo vencidos no por acción de rivales astutos u originales sino por culpa del mismo temperamento que los encumbró. Sus personalidades extravagantes y feroces –cruciales para el ascenso– les impiden detener luego la máquina incesante de generar y pulverizar enemigos.
“El campo de batalla es un escenario de caos constante. El ganador será quien controle ese caos, tanto el propio como el de los enemigos”. Hay muchos ingenieros del caos y teóricos de la fragmentación, pero conviene siempre volver a un verdadero baquiano: Napoleón Bonaparte.
El reduccionismo es una simplificación exagerada de algo complejo. Y el populismo, más como praxis que como ideología, consiste precisamente en el uso y abuso de ese exceso. Sus consignas maximalistas de izquierda o de derecha precisan de fanáticos sin matices ni reflexión, sedientos de castigar a sus enemigos, recibir la papilla digerida y corroborar una y otra vez su dogma. Ideas simples para problemas complejos. El reduccionismo es un síntoma del brochazo gordo y la pereza mental.
“El residente cipayo del movimiento vendepatria libertario rechaza la agenda extranjera y globalista que el gobierno nacional y popular hubiera aceptado de rodillas y con la cola”, ironizó esta semana el Gordo Dan, comandante supremo de las milicias digitales de las fuerzas del cielo y una suerte de Boogie El Aceitoso de los anarcocapitalistas argentos. Javier Milei no tardó en respaldar con énfasis esa ocurrencia, tal vez porque define a la perfección la paradoja del momento: el insólito giro “emancipatorio” que esgrime nuestra nueva derecha para rechazar el debate abierto por la mayoría de los países en el seno de la Naciones Unidas.
En su empeño por demostrar que Dios ha muerto, Nietzsche comete una cierta injusticia y sentencia que “tener fe significa no querer saber la verdad”. La actual política outsider y polarizadora –proclive a nuevos mesianismos, refractaria a toda construcción dialógica y encapsulada en el culto a la personalidad y en fanatismos de salón y redes– ha asumido fuertes rasgos religiosos, y por lo tanto la fe popular en un redentor providencial se ha transformado en un factor de vida o muerte. No otra cosa auscultan, mes a mes, los encuestadores: el grado de fe que mantiene la ciudadanía en el líder místico. Y parece que la fe ha comenzado a flaquear.
El profesor que hizo llorar a Javier Milei tiene un puñado de convicciones inflexibles: los libertarios y los anarcocapitalistas encarnan el “bien” y el resto de la política representa directamente el “mal”; hay por lo tanto una sola verdad en Occidente, el mundo ha vivido equivocado y “la democracia se ha convertido en un sistema perverso”. Jesús Huerta de Soto es el Jesús ibérico de la Nueva Derecha y el pensador vivo a quien más admira el León: el catedrático lo arropó intelectualmente durante su última gira por España, y después de un vibrante encomio leído a voz en cuello, le obsequió un retrato ciclópeo y dedicado “al titán de la libertad”.
El día siguiente de las elecciones europeas, Fernando Savater tenía una cita con un grupo de alumnos de una escuela secundaria en la periferia de Madrid. En su fuero interno, al filósofo lo intrigaba saber qué sería de aquellos muchachos en la madurez y también si se tragarían las psicopatías y zonceras mediáticas y políticas de la época; luego se preguntaba: “¿Preferirán la moderación, que a menudo se equivoca o no se atreve a acertar, a los extremismos, siempre equivocados?”
“No desprecio a los hombres; si así fuera no tendría ningún derecho, ninguna razón para tratar de gobernarlos”, decía el Adriano de Yourcenar, que era un sabio de la vida y del poder. El desdén, la desconsideración, la subestimación e incluso el rencor de Javier Milei por absolutamente todo el arco político, por los economistas e intelectuales más notables, y por la administración general del Estado, son los rasgos dominantes de su rabioso liderazgo.

