Jorge Raventos

 

En las últimas semanas el gobierno que preside Alberto Fernández atraviesa un momento delicado: se combinan un agravamiento de la epidemia de Covid 19 en el ámbito metropolitano, la agudización de las tensiones con los bonistas en el capítulo decisivo de la negociación por la deuda y las derivaciones de un paso en falso propio (la iniciativa de intervención y expropiación de la empresa Vicentin, precipitada en el anuncio, turbulenta en su desarrollo y postergada en su concreción final).

 

Seguramente este viernes el ministro Martín Guzmán formalizará la nueva propuesta del país para concluir un arreglo con los tenedores de deuda argentina bajo ley extranjera.

 

A una semana de completar sus primeros seis meses, la presidencia de Alberto Fernández se ha visto obligada a dedicar casi la totalidad de ese tiempo a lidiar con dos problemas mayores: la deuda y la pandemia del coronavirus.

 

 

El ministro Guzmán y los grupos de bonistas decidieron extender las negociaciones más allá de la fecha del vencimiento.

 

La política argentina sigue girando, ante todo, alrededor de la pandemia y de las políticas adoptadas para enfrentarla. La realidad del coronavirus en la­ Argentina se muestra heterogénea: la zona metropolitana, con cifras de contagio crecientes cada día, es sin lugar a dudas el epicentro del problema.

 

 

El gobierno de Alberto Fernández ha soportado en las últimas semanas las consecuencias paradójicas de su éxito sanitario: el número de muertos por coronavirus y el promedio de víctimas y de infectados por número de habitantes de Argentina es ínfimo comparado con las cifras de Brasil, de los Estados Unidos, de Francia o de Chile (por citar sólo algunos ejemplos).

 

 

Sin descuidar la atención a la guerra contra el covid-19 (que exige todavía administrar la cuarentena), Alberto Fernández libra estos días partidas simultáneas: conduce los movimientos de su ministro de Economía, Martín Guzmán, en las negociaciones destinadas a reestructurar la deuda y despliega amplias maniobras en distintos tableros para contener la ansiedad y las presiones de quienes reclaman un rápido fin de las medidas de resguardo que paralizan una economía que ya venía maltrecha antes de la pandemia.

 

La moneda está en el aire: si los acreedores de deuda argentina asentada en legislación extranjera no aceptan la oferta de reestructuración que ha elaborado el ministro de Economía Martín Guzmán, el país caerá en el default que ciertos analistas vienen profetizando y que el presidente Alberto Fernández ha dicho que prefiere evitar, pero ha bautizado como "default virtual".

 

Desde que el rasero del coronavirus empujó a un segundo plano la preocupación por la deuda externa y el riesgo país -dos marcas distintivas de Argentina, la lucha contra la pandemia pasó a monopolizar la atención pública y se transformó en el eje reorganizador de la situación política.

 

 

En público y sobre todo en privado se libra estos días una discusión sobre la decisión política del gobierno de darle prioridad plena a los criterios de sanidad que aconseja la Organización Mundial de la Salud. La mayoría de los analistas, algunos con objetividad, otros con pesar, coinciden en que la guerra contra el coronavirus ha fortalecido al Presidente.

 

 

Aunque en el marco de la catástrofe mundial las moderadas cifras que la pandemia genera en Argentina sostienen el respaldo al gobierno de Alberto Fernández que acredita la mayoría de las encuestas, hay muchas señales de que esa atmósfera de resignada satisfacción puede encontrarse con límites­ de distinto carácter.

 

 

Si hasta hace dos semanas la renegociación de la deuda (particularmente la contraída bajo ley extranjera) figuraba al tope de las prioridades del gobierno de Alberto Fernández, ahora ese puesto ha sido monopolizado por la lucha contra el coronavirus. La agitación por la pandemia es el tema central. Y el gobierno se reperfila.

 

 

El lunes 9 de marzo el gobierno de Alberto Fernández dio la primera puntada formal de la reestructuración de la deuda soberana. Ese día se publicó en el Boletín Oficial el decreto con el cual el Presidente autoriza al Ministerio de Economía a refinanciar 68.842 millones de dólares emitidos bajo ley extranjera.

 

 

La apertura formal de un nuevo período legislativo, consumada el último domingo con la presentación del Presidente ante el Congreso, coincidió con un momento de cambio de las relaciones entre el oficialismo y el complejo de fuerzas que lo resisten.

 

 

El miércoles 12, el ministro Martín Guzmán explicó ante el Congreso las líneas generales de su estrategia para renegociar y volver sustentable la deuda ("asfixiante", adjetivó) que el país mantiene con acreedores privados y con el Fondo Monetario Internacional.

 

De vuelta de una gira de resultados excelentes (pero, ojo, hay que esperar el paso de las palabras a los hechos), Alberto Fernández tiene que empezar abrir un poco más su juego.

El presidente Alberto Fernández continúa en Europa sus gestiones encaminadas a la renegociación de la sofocante deuda que soporta el país.

 

 

La performance personal de Alberto Fernández en el escenario internacional comenzó con rasgos heterodoxos. Lo habitual es que el primer viaje oficial de los presidentes tenga como destino a Brasil, gran vecino y socio comercial; Fernández empezó por Israel.

Cinco años atrás, el 18 de enero de 2015, la Argentina se enteró, anonadada, de que Alberto Nisman, el fiscal de la causa AMIA, había sido encontrado muerto en su departamento de Puerto Madero. El país ingresaba dramáticamente en un año electoral que culminaría con el ascenso a la presidencia de Mauricio Macri.

 

Un mes de gestión -hoy lo cumple el gobierno de Alberto Fernández- no es un plazo suficiente para grandes evaluaciones.

 

Los mercados se expresaron en su propio idioma: bajó significativamente el índice de riesgo del país y la opinión pública está premiando al Presidente con un 60% de imagen positiva.

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