Eduardo Fidanza
Mientras Milei insulta y desarma instrumentos financieros, Vaca Muerta aparece como posible bisagra. Sobran recursos; falta confianza institucional.
Por fin, la interna de la derecha quedó resuelta con el triunfo de Milei en territorio de los Macri.
Decae la leyenda libertaria del Presidente. Crece la sensación de que salvo la relativa estabilidad macroeconómica, todo se parece a lo de siempre.
Sin asunción de responsabilidades y creatividad, la política no se recuperará.
En la semana que pasó ocurrieron dos hechos significativos: el discurso del Presidente por cadena nacional y la marcha federal para reivindicar la educación universitaria pública. Sobre estos acontecimientos nos interesa destacar dos cuestiones. La primera es que la impronta y el contenido de lo que comunicó Milei en su alocución y el reclamo expresado en la manifestación popular multitudinaria, muestran el choque de dos lógicas contradictorias que en la historia argentina han sido muy difíciles, si no imposibles, de conciliar. La segunda cuestión es que ante la protesta social masiva la forma de responder del oficialismo ahora y del kirchnerismo en el pasado es similar, si se dejan de lado las diferencias narrativas.
La muchedumbre confía en el líder. El odio a la política puede más. Pero todo puede cambiar cuando se vea que muchas cosas no han cambiado.
El odio y la guerra del Presidente contra la política, no discrimina y puede volverse una guerra contra todos los argentinos.

Si se confirman los pronósticos electorales, la crisis que se desatará el día después tal vez nos reconduzca al realismo.

Hoy el sistema se muerde la cola: excluyó a los pobres y depredó la naturaleza, y ahora impide consumir a sus clientes.

Uno de los problemas de la política argentina de este momento es que el Gobierno no cuenta con un plan claro de acción para superar este momento de crisis e incertidumbre.

El cristinismo es una resignificación beligerante del peronismo hasta ahora inamovible, aun cuando ya no represente a todo el movimiento.

