Carlos Mira
Hay decisiones que, por su gravedad, exceden largamente el contenido de un expediente judicial. La decisión de la jueza Marta Pascual, de la provincia de Buenos Aires, de suspender durante 60 días la aplicación de la nueva ley penal juvenil, que había endurecido las consecuencias para los delincuentes juveniles, es una de ellas.
En la Argentina se repite una demanda: reactivar el consumo “poniendo plata en el bolsillo de la gente”. El Gobierno, en cambio, rechaza esa idea por considerarla demagógica. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez: la gente necesita más poder de compra, pero no mediante emisión o transferencias artificiales. El problema no es la premisa, sino el método. Lo incorrecto es “poner plata” de forma literal.
Hay declaraciones políticas que pueden ser simplemente desafortunadas. Otras revelan, sin maquillaje, la naturaleza de un proyecto político. Lo ocurrido en los últimos días con Ricardo Quintela y Agustín Rossi pertenece, a mi juicio, a esta segunda categoría.
Hay palabras que, de tanto usarse, terminan revelando algo que siempre estuvo delante de nuestros ojos pero que nadie había logrado nombrar con precisión.
Empecemos por el final.
Cristina Fernández de Kirchner probablemente consiga exactamente lo que fue a buscar: un documento del Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas sosteniendo que, durante el proceso judicial que terminó con su condena definitiva por administración fraudulenta contra el Estado, se vulneraron sus derechos humanos.
Hay pocas operaciones de marketing político más exitosas que la llevada adelante por las distintas variantes del socialismo y del colectivismo durante el último siglo. Lograron convencer a millones de personas —incluidas muchas que jamás aceptarían vivir bajo un régimen de control estatal absoluto— de que la austeridad constituye una virtud superior y de que el consumo, el lujo, el confort y hasta el disfrute cotidiano son expresiones de una frivolidad moralmente cuestionable.
Hay debates que nacen de manera espontánea y otros que son fabricados. En las últimas horas, con motivo de la semifinal entre Argentina e Inglaterra, ha resurgido uno de esos debates artificiales que cada tanto alguien intenta instalar: que ese partido constituye “el clásico” del fútbol argentino. No lo es.
Era casi inevitable que esta columna estuviera dedicada a la extraordinaria resurrección de la Selección Argentina en los octavos de final de ayer frente a Egipto. Pero precisamente porque era inevitable, también corría el riesgo de repetir lugares comunes que ya han sido dichos hasta el cansancio.
En marzo de 2003 el proyecto California Coastal Records subió a Internet imágenes de la costa californiana para probar su punto de que la línea costera del estado se estaba erosionando de manera preocupante.
Francamente me resulta difícil recordar en los últimos años una metralleta de hipocresías -disparadas con la repetición de un alienado- como las que el kirchnerismo disparó desde el jueves hasta ayer respecto de lo ocurrido con los audios del director de la Agencia Nacional de Discapacidad.
El gobierno de los EEUU parece dispuesto a terminar con una de las herramientas que sostiene a la organización criminal que desde hace décadas ha tomado el control de Venezuela.
Hay una cantinela -que, incluso, quizás haya sido la primera que apareció cuando a alguna lumbrera del mal se le ocurrió encontrar nombres simpáticos y con fuerte apelativo y atracción social para embaucar incautos- que vuelve a colocarse en la vanguardia de los principales versos con los que los corruptos de siempre intentan correr el “modelo Milei” por el lado de la importancia que tiene el Estado cuando se trata de ciertas cuestiones que ellos definen como estratégicas o de importancia significativa para los argentinos.
La primera sensación es de aburrimiento. La segunda de hartazgo. La tercera de estupefacción.
Para quien escribe una columna diaria, como es mi caso, el primer deseo que uno se propone es no cansar al lector, no aburrirlo con columnas repetidas en donde siempre se diga lo mismo.
Mientras uno de los pilares del plan de miseria del kirchnerismo (la conversión del país a un páramo de ignorancia, con el 60% de los chicos de entre 7 y 16 años que no entienden lo que leen y solo el 14% de los chicos del secundario con un nivel de matemáticas mínimamente aceptable) sigue viento en popa, la heredera del creador de la banda que puso ese plan en ejecución y que continuó y profundizó su aplicación -Cristina Fernández de Kirchner- está abstraída de su tenebroso legado y encara una sorda pelea de chicanas con la Corte, jugándose a todo o nada su libertad.
La bandera brasileña contiene dos palabras en la banda blanca que atraviesa una constelación de estrellas del hemisferio sur, que son paradigmáticas y sugestivas.
La conformación de la Corte Suprema de Justicia es siempre un tema espinoso y en, alguna medida, sirve para confirmar el estado de endeblez institucional que tiene la Argentina.
Es raro que en dos días seguidos haga referencia a un mismo tema en estas columnas. Pero lo que dijo el señor Santoro luego de perder las elecciones del domingo tratando de hacer demagogia barata y de victimizarse (una marca registrada del kirchnerismo) pretendiendo trasmitir la idea de que “la sociedad ha endosado la crueldad” y de que, entonces, “como ellos son buenos y solidarios tienen que aceptar perder porque la gente es una mierda que acepta ser sometida a crueldades” es de un nivel de cinismo que, insisto, más allá de que lo mencioné ayer, vuelvo hoy sobre el tema para ampliarlo y acercarle a este señor algunos recordatorios.
Los resultados de la elección de legisladores para la Ciudad de Buenos Aires ha dejado varios costados para el análisis.
Algunos análisis de la situación en la provincia de Buenos Aires parecerían venir envueltos en una suerte de inocencia llamativa.
Algunas cuestiones que aparecen rodeando a la próxima elección de legisladores para la Ciudad de Buenos Aires realmente llaman mucho la atención. Tanto en lo que uno puede inferir de las conductas de los elegibles como de la de los electores.
Si algo faltaba para confirmar la cada vez mayor repugnancia que causa Cristina Fernández de Kirchner -no ya solamente entre los que siempre fueron sus adversarios- sino entre los propios peronistas, es lo que sucedió anoche luego de que Kicillof confirmara que desdoblará las elecciones en la provincia de Buenos Aires.
La Argentina está atravesando uno de esos momentos en donde no hay un hecho que concite la atención prácticamente unánime de la sociedad sino una suma de pequeños eventos que individualmente considerados no tienen el peso para mover el amperímetros de nadie pero que, sumados, generan un tufillo raro que, sin que uno pueda explicar muy bien por qué, han enturbiado el ambiente de optimismo que había nacido en diciembre de 2023 y que se profundizó notoriamente a partir del invierno de 2024 y hasta enero de 2025.
Finalmente el presidente firmó el decreto para que Ariel Lijo y Manuel García Mansilla sean designados jueces de la Corte como mínimo hasta el 1 de diciembre de este año en que termina el año de las sesiones ordinarias del Congreso si el Senado no endosa sus designaciones antes.
Este comentario se basa en Cristina Fernández de Kirchner. Ese solo dato sería suficiente para suponer la cantidad de lugares desde los que se lo podría encarar.
El colectivo “siempre-atentos-a-cualquier-cosa-que-pueda-juntarnos” diezmado como está y desorientado porque no para de recibir cachetazos, creyó encontrar en alguno de los dichos de Milei en Davos un motivo para convocar a una marcha (que utilizará como motor a las agrupaciones LGTB+ y a la que denominaron “Marcha Federal del Orgullo Antifascista y Antirracista”) para este sábado 1 de febrero con el objetivo de repudiar los dichos del presidente.
La inflación por lejos era la principal preocupación de los argentinos hasta hace muy poco. Si bien la gente se quejaba del aumento de los precios, nunca terminó de comprender bien la lógica detrás del problema que la abrumaba: por un lado que la inflación no es el aumento de los precios sino la pérdida del valor de los billetes que tenía en el bolsillo y, por el otro, que muchas de las cosas que exigía (desde que el Estado se hiciera cargo de todo hasta que el país estuviera blindado a toda competencia comercial extranjera) no hacían más que fogonear aquello de lo que luego se quejaba.
Yo entiendo que el episodio de la vicepresidente presidiendo la sesión donde se expulsó al senador Kueider y el famoso traspaso del mando ya va quedando antiguo en la vorágine de noticias argentinas. Pero me permito traerlo una vez más al ruedo porque me parece que explica, en una cuestión pequeña, dónde se encuentra el origen de los problemas argentinos o dónde hay que ir a encontrar los caminos para solucionarlos.
Los efectos de las andanzas del senador Kueider con más de 200000 dólares en un bolso tratando de pasar por la frontera hacia Paraguay, refrescan los debates por la llamada ficha limpia, que tanto revuelo causaron en la sociedad cuando su tratamiento fracasó dos veces consecutivas por falta de quórum en Diputados.
¿Por qué será que la Argentina frente a cuestiones simples, que tienen todos los visos de ser temas obvios si nos guiamos por el sentido común, en el país se “intelectualizan”, su explicación se retuerce y lo que parecía algo auto evidente al principio pasa a ser un tema complicadísimo que, por supuesto, demora años en resolverse?
Todos sabemos que los sindicatos son uno de los granos (sino el principal) que más han contribuido a hacer de la Argentina un país de facinerosos. O un país en donde las cosas se resuelven con los modos de los facinerosos, con los modos que -a través de las décadas- han impuesto los sindicatos: unas maneras caracterizadas por la prepotencia, por la fuerza, por la irracionalidad, por la imposición… En muchos casos, directamente por la violencia, muchas veces de las armas.
Un popular spot publicitario actual que, en la televisión argentina, promociona las ventajas de un banco, está protagonizado por el personaje de ficción para los chicos, el Ratón Pérez.
No creo que Javier Milei tenga una obsesión por el poder en el sentido clásico en que esa idea se interpreta en la Argentina, y cuya manifestación más icónica ha sido, naturalmente, la postura de los Kirchner, para quienes el poder era todo: el medio, el fin, la razón misma de su existencia.
La perdurabilidad de la República -y hasta de la democracia- reside no en las palabras de la ley sino en las generalmente volátiles convicciones que anidan en los pliegues más íntimos de la conciencia humana.
“Por supuesto que me gustaría ser el que le pone el último clavo al ataúd del kirchnerismo con Cristina Kirchner adentro”, dijo el presidente Milei en un reportaje de Franco Mercuriali en TN.
Seguramente la corrección política indicaría que se trate de evitar llamar delincuentes e ignorantes a ex presidentes y a ex ministros que siguen estando en el escenario político que uno debe compartir.
Pirro fue un rey griego que logró vencer a los romanos en dos batallas cruciales -la de Ásculo y Heraclea- a un costo tal en materia de hombres y armas que sus victorias formatearon la famosa frase “victorias pírricas”, dando a entender que, a veces, el costo de una victoria puede ser tan alto que pone en duda el beneficio del triunfo.
El cuidado del dinero del pueblo debería ser la responsabilidad número uno de cualquier gobierno. Y el líder de un gobierno que dé muestras de cuidar ese centavo público cuyo manejo la ciudadanía le confía, debería ser, en teoría, el líder más popular y más reconocido.
No compro la idea de que los periodistas son una especie de nouvelle noblesse. Esa fantasía, alimentada por la propia corporación de la prensa que se ve a sí misma como una avanzada en cuyo seno se halla la salvación de la democracia, es solo eso: una fantasía.
Pregunta inicial: ¿Alguien puede creer que las manifestaciones “de jubilados” sean realmente de jubilados? ¡Por favor! ¿Me disculpan?: ¡Déjenme de joder!
¿Qué se propone realmente Bergoglio? Se trata de una pregunta inquietante por la mera posición que ocupa este hombre oscuro, lleno de interrogantes de los cuales aquel con el que comienza este comentario es el que más intriga causa.
“What’s done in the dark will always be brought to light” - “Lo que se hace en la oscuridad sale a la luz” es un proverbio común en inglés que sugiere que los secretos o las malas acciones eventualmente serán revelados, incluso si originalmente estuvieron ocultos a la vista. La idea es que la verdad tiene una manera de salir a la superficie con el tiempo, sin importar cuánto alguien intente ocultarla. El proverbio transmite el mensaje de que uno debe tener cuidado de no participar en comportamientos ilícitos o poco éticos, ya que es poco probable que permanezcan ocultos para siempre.
Un reciente comercial en la Argentina muestra al “Dibu” Martínez diciendo que por cada argentino que sostiene una opinión hay otro que se opone pensando exactamente lo opuesto.
¿Qué podía faltarle a Alberto Fernandez, no? Durante años fuimos testigos de su inoperancia y de su falta de palabra; de su palabrerío inútil y de su insoportable soberbia. Pero, más allá de que había dado muestras de ser violento, nadie sospechaba que detrás de ese personaje oscuro y segundón se escondía un golpeador… Un golpeador de su propia mujer.
¿Qué debería hacer alguien que está convencido de algo? El convencido, además tiene a su favor, pruebas empíricas que indican que está en lo cierto. Su postura, sin embargo, vaya a saber uno por qué diablos, se ve fuertemente enfrentada con una corriente de “corrección simpática” que, cada vez que el convencido se expresa sueltamente sobre lo que cree, lo ataca bajo el argumento de que no está en sus cabales y de que ve fantasmas que no existen por todos lados.
Roberto había vivido siempre en Junín de Los Andes y estaba acostumbrado a los ritmos del pago chico. Corrían los fulgurosos años ’90 y aquel muchacho del interior llegaba con todas las ilusiones a trabajar por primera vez en una gran empresa en Buenos Aires. En un grupo económico realmente importante.
La pusilanimidad, el miedo, la pequeñez, los intereses y la falta de visión hisórica de algunos dirigentes políticos de la Argentina, francamente apesta.
Mi colega Jorge Fernández Díaz -que quienes siguen esta columnas saben que no es la primera vez que lo cito- acuñó hace tiempo una expresión que reúne en si misma la ironía, la incredulidad, la duda y el sarcasmo que a veces uno siente frente a la postura de determinadas personas.
Quizás sea Patricia Bullrich la que más claro tenga lo que está pasando en la Argentina. O por lo menos es ella quien más gráficamente ha descripto no solo lo que está ocurriendo sino también lo que debería pasar.
La comunidad de correctos no deja de trabajar nunca. Como la corrección se ubica en el terreno del “deber ser” es como si nadie pudiera entrarle a ese círculo inmaculado de perfección. Siempre habrá un costado abierto para que el mundo ideal de la “comunidad de correctos” le entre sin piedad a la realidad que deben manejar los mortales.

