Carlos Mira
La llamada marcha universitaria dejó varios elementos para sacar conclusiones.
El periodismo, o mejor dicho los periodistas, constituyen una raza especial. O muchos de ellos, al menos. En su mayoría es gente formada e informada, con una alta autoestima, con la creencia de que su trabajo contribuye al bienestar general e, incluso, a la esencia del funcionamiento democrático y con la idea de que, invariablemente, hay un vuelo intelectual en sus elaboraciones.
Una de las principales argumentaciones a las que se echa mano para bloquear o deslegitimar las reformas que el presidente Milei pretende llevar adelante es la que se basa en la teoría de los llamados “derechos adquiridos”.
El sistema que originó la instalación de lo que el presidente Milei llama “casta”, no tuvo, como en las castas del pasado, un embrión grosero basado en diferencias de sangre y nobleza.
En los matrimonios desavenidos las peleas son frecuentes. Muchas veces uno de los cónyuges tiene ineludiblemente razón: lo asiste el sentido común o, incluso, la verdad empírica de los hechos.
El artículo 99 inciso 8 de la Constitución dice que el presidente debe dar un mensaje anual al Congreso en donde dará cuenta del Estado de la Nación. En ese mismo artículo la Constitución dice que, con ese mensaje, se inauguran las sesiones ordinarias del Congreso.
Confieso que una de las frases de los economistas en el debate de ayer (aunque el sentido con el que él la dijo tenía el componente positivo de creer que la dolarización era una gran herramienta para la solución de los problemas económicos) a mí me dejó no solo preocupado sino con la profundización de la convicción de que ni siquiera el éxito económico de un determinado programa salvará a la Argentina si, al mismo tiempo, no se logra sepultar una determinada mentalidad que, por los hechos históricos, ya ni siquiera podemos llamar “peronista”, sino que habría que llamar, directamente, “mentalidad argentina”.
La condenada por robarle al pueblo argentino 1000 millones de dólares (técnicamente la condena fue por “administración fraudulenta” pero esa “administración” fue el medio usado para robar dinero público que los argentinos le aportan -con muchísimo sacrificio y, en muchos casos a costa de hambre y muerte- al fisco) emitió, como si fuera un dios del Olimpo un “documento” de 33 páginas en donde se da el lujo de criticar al gobierno de Javier Milei sin hacerse cargo de un solo miligramo del oceánico desastre que dejaron 20 años de kirchnerismo explícito.
El presidente está en Israel. Rezó y lloró frente al Muro de los Lamentos y fue arropado en ese lugar que reúne los principales simbolismos del judaísmo.
Una de las primeras palabras que cualquier estudiante de Derecho escucha cuando entra a una facultad en la Argentina es la palabra “litis”. Parecería que uno no puede caminar por los pasillos de la facultad si no sabe lo que es la “litis”.
La lástima produce sentimientos encontrados. Mientras algunos la consideran un valor, si no plausible, al menos “tierno” y empático, otros lo entienden poco menos que como un insulto: tenerle lástima a alguien es, para esta segunda acepción, algo casi degradante.
La primera ley de Newton nos dice que un objeto no cambiará su movimiento a menos que actúe sobre él una fuerza. La segunda ley de Newton nos dice que los objetos más pesados necesitan una fuerza mayor para moverlos. La tercera ley de Newton nos dice que por cada acción hay una reacción igual y opuesta.
Los ejemplos médicos aburren. Lo sé. Pero son tan gráficos; transmiten, muchas veces, tan bien la necesidad de la acción urgente (porque lo que está en riesgo es la vida) que son insustituibles.
Según escribe Joaquín Morales Solá -un periodista al que todo el mundo le reconoce tener buena información- hoy en La Nación, el horizonte que tiene en mente el presidente Milei con la amplia reforma encerrada en el DNU y la mega ley de Bases y Puntos de Partida es el que llevó adelante Australia en la década de los ’80, cuando el propio Partido Laborista se dio cuenta de que los delirios socializantes a los que él había sometido al país lo estaban dirigiendo a un espeluznante fracaso.
El corte al gasto y al aparato del Estado no es neutro en términos de lo que el Presidente llama “sector privado”.
Normalmente se utiliza el atajo metafórico de “batalla cultural” para resumir en una frase corta y directa una lucha entre dos formas de ver, entender y vivir la vida. Esas formas son, en general, tan diferentes y contradictorias que no pueden conciliarse, no pueden convivir: o es una o es la otra. Una visión centra su atención en el individuo. La otra en el Estado. Una, como dijo Tocqueville al cierre del tomo 1 de su Democracia en América, busca sus metas apoyándose en la reja del labrador; la otra en la espada del soldado.
Mucho se ha hablado de la independencia de la prensa, dando por descontado que la prensa debe ser independiente. Resulta obvio que la prensa debe ser independiente: debe ser independiente del poder, pero no necesariamente de las ideas.
Recuerdo que cuando íbamos al colegio escuchábamos historias de grandeza y renunciamientos cuando de contar el nacimiento de la Argentina se trataba. Al lado de ellas también había historias de pequeñeces, de falta de visión, de caprichos y de obcecaciones. No en vano desde el grito de Mayo de 1810, el país estuvo 43 años detenido en el tiempo, preso de pasiones bajas y personalismos idiotas.
Ayer, seguramente sin darse cuenta, Estela de Carlotto resumió -en un sincericidio pocas veces expresado con tanta claridad antes- la verdad de la milanesa respecto de aquello por lo que se discute y por lo que algunos están dispuestos a quebrar la paz social y, si es necesario, derrocar a Javier Milei.
“Quien por su seguridad sacrifica su libertad, no merece ni la libertad ni la seguridad.”
- Benjamin Franklin
“Nadie hay tan osado que lo despierte… De su grandeza tienen temor los fuertes… No hay sobre la Tierra quien se le parezca, animal hecho exento de temor. Menosprecia toda cosa alta; es rey sobre todos los soberbios”
-Definición de Leviatán
Desde hace 15 años, una organización criminal -para usar las palabras del fiscal Pollicita- a la que Cristina Fernández de Kirchner le otorgó una franquicia de espionaje, vigila los movimientos de argentinos de todas las clases. Hay allí funcionarios, empresarios, jueces, periodistas, políticos, en fin, de todo.
-Voy a entregar el poder cuando termine mi mandato…
-No voy a nacionalizar los medios de comunicación…
-Cuba es una dictadura…
-Voy a convocar al capital privado para que invierta en Venezuela…
-Yo no soy el diablo…
- Hugo Chávez, antes de las elecciones de 1998
Gran parte de los seres humanos (no todos, lamentablemente) no pueden simplemente aceptar que las cosas sucedan sin entender por qué suceden. Necesitan una explicación racional que les haga comprender lo que ocurrió. Incluso si lo que ocurrió es para ellos “irracional” esperan encontrar una explicación “racional” que explique lo “irracional”.
La lógica kirchnerista frente al caso Insaurralde no podía tardar en aparecer. Y no fueron otros más que los mismísimos candidatos a presidente y vice, Sergio Massa y Agustín Rossi, los que abrieron el manual del teflón peronista.
La lógica del peronismo es francamente sorprendente. Puede valerse de las mismas variables para impulsar o rechazar lo que le conviene o lo que no le conviene. Lo hace delante de todos, a cara descubierta. Es más, pone enjundia en la defensa de sus argumentos sin que le importe en lo más mínimo las groserías que desnuda.
Cuando el otro día, en la entrevista con Tucker Carlson, Javier Milei -repitiendo la frase de Milton Friedman sobre que el gran aporte de los empresarios a la sociedad era ganar dinero- dijo que con eso no alcanzaba y que esa franja privilegiada de la sociedad debía respaldar a aquellos que defendían los principios por los cuales sus emprendimientos y empresas eran posibles porque de lo contrario la prédica socialista prevalecería y sus empresas estarían en peligro, me parecía estar escuchándome a mí mismo cuando, a principios de los 2000 -ya con Kirchner en el gobierno- repetía hasta el cansancio esa misma idea en mis reuniones con empresarios para entusiasmarlos a que sus empresas respaldaran la prédica por la libertad que trataba de difundir en mis programas.
La Argentina tiene con el nacionalismo idiota una cuestión con la que tropieza casi a diario. Muchas veces parecería que no hay tema que se salve de ser pasado por ese tamiz. A tal punto que no son pocos los que, antes de emitir una opinión públicamente, verifican si la misma supera la prueba ácida del nacionalismo, porque si no la superan muchos podrían considerar que es mejor callar.
El delincuente terrorista Fernando Vaca Narvaja, asesino montonero de los años ’70, condenado por la Justicia e indultado por Menem en aras de un supuesto proceso de “reconciliación nacional”, dijo, el día en que Victoria Villarruel rindió homenaje a muchos de los que él asesinó, “nuestro pueblo está construyendo la línea de trinchera por la cual no van a pasar. Nosotros venimos a repudiar a la casta económica, a los verdaderos responsables de lo que nos está pasando al país (sic), los grupos económicos concentrados, diversificados (sic) aliados de la oligarquía aliadas al imperio. Eso que se llama ‘círculo rojo’, que se llama el ‘mercado’, son los verdaderos responsables del genocidio del terrorismo (sic) en la Argentina”.
Durante el fin de semana largo se registraron violentos saqueos en comercios y supermercados de Neuquén, Mendoza, Córdoba y Jujuy. Todas esas provincias tienen un ostensible denominador común: no están gobernadas por el kirchnerismo.
Aníbal Fernández -un impresentable cuyas guasadas se superan a sí mismas intervención tras intervención y que uno no sabe bien si cuando habla lo hace movido por una impunidad que le impide ver los disparates que dice o si realmente los cree- acaba de decir en relación a los triunfos de Javier Milei y de Patricia Bullrich que si lo que lo que ambos dicen que van a hacer es lo que van a hacer, “eso solo cierra con represión y que van a tener sangre en las calles”.
El salvaje asesinato de Morena cometido en Lanús cuando la chiquita de 11 años llegaba al colegio, inmediatamente desenpolvó varios hechos, que si bien habían tenido trascendencia en su momento, ayer recobraron una indignación generalizada.
Ya son suficientemente conocidas las diferencias entre Patricia Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta respecto de la cuestión de la “fuerza”, la “decisión” o la “velocidad” que deben tener los cambios. Incluso son conocidas también las diferencias entre ellos respecto del mismísimo concepto de “cambio”.
Ayer nomás comentábamos aquí mismo esta idea del país bi-ideológico, con un enfrentamiento irresuelto entre dos concepciones sobre la vida y el mundo que vienen empatando sus disputas casi desde que el país nació y con una incompatibilidad tal entre ellas que se hace imposible encontrar una diagonal conciliadora.
Jugar a hacerse el bolche revolucionario cuando sabes que no te jugas nada, es fácil. Cuando tenés tu vida resuelta y sos millonario, andar haciendo disparates por la vida te puede sonar divertido.
La Argentina “inauguró” un gasoducto (parece mentira que un conjunto de payasos sea exitoso en la tarea de hacerle creer a un número importante de argentinos que, por el hecho de darle unas vueltas a una manivela, el gas empezó a correr por un tubo que, 40 metros más hacia la derecha terminaba en la nada misma) que lleva el nombre del principal responsable de aplicar una política que dejó sin gas al país. Son las paradojas que se da el gusto de tener un país paradójico.
El kirchnerismo se negó a derogar la ley de alquileres. La norma que hundió la oferta de propiedades y está condenando a centenas de miles de argentinos a pagar precios exorbitantes por sus departamentos, a otros tantos a no encontrar donde vivir (o lo que es peor, enfrentar el desesperante momento de un vencimiento de contrato sin poder renovarlo y no encontrar otra propiedad dónde mudarse) y a los propietarios a deshacerse de sus propiedades porque no pueden alquilarlas y les resulta demasiado oneroso mantenerlas, seguirá vigente simplemente porque un conjunto de dogmáticos, estatistas, arruinadores seriales de la vida de millones se les ocurrió que el credo socialista está por encima de la realidad cotidiana de personas que no encuentran dónde vivir.
Massa ha empezado su campaña con un sello distintivo. Es más, creo que no podría haber arrancado esta carrera hacia la presidencia con algo que sea más característico de él que aquello que justamente eligió: mentir.
La maniobra del gobierno de intentar tapar el crimen del Chaco armando un caos social en Jujuy contra la reforma pro-república y anti-feudalismo de la Constitución provincial que auspicia el gobernador Morales, resulta tan grotesca que ni siquiera debería dedicársele un comentario.
Emerenciano Senna es un piquetero comunista chaqueño que, con el aval del feudalismo provincial encabezado por Jorge Capitanich, manejó vastos recursos públicos al estilo de Milagro Sala en Jujuy, recursos que incluso le permitieron izar la bandera cubana en un colegio de la provincia, usar la imagen del Che Guevara como escudo de ese establecimiento y adoctrinar en ese caldo de rencor la mente de chicos inocentes (que usan guardapolvos rojos) que fueron formateados quizás para siempre en el resentimiento, el odio y la envidia.
La Argentina -o una parte importante de su actual gobierno, al menos- está jugando una vez más con fuego frente a una contienda internacional cada vez más visible.
El manejo de campaña de JxC desde hace un año a esta parte seguramente se anotará en la historia política cuando ésta sea contada de aquí a uno años como el más grande desquicio que un ganador seguro de unas elecciones pudo protagonizar contra sí mismo para, justamente, poner en riesgo ese triunfo.
La Argentina va a tener que tomar más temprano que tarde una decisión crucial.
Una decisión que tiene que ver con su sistema de vida.
La Argentina tiene una larguísima tradición de procrastinar. Procrastinar es el hábito de posponer para “una mejor ocasión” o, simplemente, “para mañana” lo que no quiere hacerse hoy.
Alberto Fernández se autopercibe chalchalero. Y en ese carácter ha decidido empezar una despedida en continuado de su sillón de presidente. Y digo así, “sillón de presidente”, porque en realidad, “presidente” nunca fue. Siempre estuvo a las órdenes de la verdadera dueña del gobierno, Cristina Fernández de Kirchner. Porque más allá de los evidentes y hasta groseros esfuerzos que el kirchnerismo haga para despegarse de este desastre, éste fue SU gobierno, el gobierno del kirchnerismo, el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.
Uno de los tantos ministros impresentables de éste, el peor gobierno de la historia del país, Gabriel Katopodis, acaba de decir una gran verdad: “Hace un año la oposición ganaba caminando y hoy están partidos en mil pedazos”.
El viejo mito de la política dice que el “hijo” debe matar al “padre” para así dar nacimiento a un nuevo liderazgo. Algunos recuerdan que eso es lo que hizo Alfonsín con Balbín, Duhalde con Menem, Kirchner con Duhalde y así en una infinidad de ejemplos que muestra la historia argentina.
“Que Dios y la Patria te lo demanden”, dice la consabida frase del juramento constitucional de diferentes cargos en el gobierno, desde el mismísimo presidente hasta ministros y otros funcionarios.
Lo que ocurrió con el secretario de seguridad de la provincia de Buenos Aires en uno de los tantos límites que La Matanza tiene con la Ciudad de Buenos Aires, luego de que dos asesinos mataran a un colectivero en Virrey del Pino, es una muestra en pequeño del grado de disolución al que el kirchnerismo y toda la runfla de progresismo inútil al que la Argentina ha estado expuesta en los últimos 20 años, han llevado al país.

