Fernando Iglesias

Lo contrario de una estupidez suele ser otra. Una verdad de perogrullo que casi el 30% de los votantes argentinos no han tomado en consideración. Así, las catástrofes causadas por veinte años de gobierno hegemónico de unos dementes que creen que todo es política y que es posible ignorar las leyes de la economía sin pagar costos han llevado muchos a pensar que es razonable votar a otros dementes que creen que todo es economía y que es posible ignorar gratuitamente los mecanismos de la política.

 

Insensibles a los hechos de la historia, hostiles a toda verificación con la experiencia, alumbrados por una aureola de evidencia indemostrable muy parecida a la de la cuarentena eterna, tres viejos mitos resurgen con fuerza en el horizonte republicano: no se puede ganar sin una pata peronista, no se puede cambiar el país sin el apoyo del peronismo y es mejor no hablar mal del peronismo para que los peronistas voten por quienes no lo son.

 

En un país normal, un ex director de contrainteligencia de la SIDE (AFI) estaría explicándole a la Justicia las más de 4.000 llamadas telefónicas efectuadas por servicios de esa agencia la mañana del asesinato de Nisman. En un país decente, un sujeto gangsteril como Rodolfo Tailhade debería estar fundamentando ante un juez su declaración de que “los cuadernos los escribieron Bonadío y Marcos Peña”. Pero en la Argentina que dejaron doce años de uso de los servicios de inteligencia para hostigar y criminalizar a periodistas y opositores, la gente como Tailhade no solo sigue libre, sino que se dedica a denunciar a los demás.

 

Por dos meses, la mayoría de los argentinos vivieron fascinados por el éxito de la gran cuarentena nacional. Se desató un clima de euforia unanimista que muchos asimilaron al de Malvinas. Le presentaremos batalla. Vamos ganando. Que traigan al coronavirus.

 

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