Juan J. Llach

La gran mayoría de los países de América del Sur padeció tradicionalmente el karma de la alta inflación, hasta el punto de ser llamado el “continente de la inflación”. Ya no es así, pero con dos excepciones obvias y dolientes: la Argentina y Venezuela. Es curioso que dos países cuyos gobiernos se ven a sí mismos defensores de los más pobres lo desmientan practicando la política de alta inflación, la que más castiga a ellos.

 

La economía argentina no creció en la pasada década y, en el último medio siglo, cayó del puesto 25 al 60 en el ranking mundial de ingresos por habitante.

 

Lo más importante es lograr acuerdos básicos entre los dos agrupamientos partidarios, hoy enfrentados por “la grieta”.

El nivel de vida de los argentinos se estancó en la última década y lleva casi medio siglo de crecimiento lento, con caídas en casi todos los rankings globales

 

Entre tantos otros males, “la grieta”, que nos divide y agobia, dificulta la toma de conciencia de la gravedad de la situación de la economía argentina, de sus consecuencias sociales, y también de las eventuales soluciones. Predomina largamente el intento de identificar a los culpables de la situación actual.

La situación de la economía argentina es compleja y preocupante, desde hace bastante tiempo. En lo que va del siglo creció 0,8% anual, ocupando así el puesto 153 entre 179 países. Muy pocos argentinos conocen y aceptan este crudo diagnóstico, lo que impide diseñar y practicar políticas eficaces y lograr acuerdos para su continuidad.

Hoy en Argentina se discute la “macroeconomía de corto plazo”, cuyo adecuado funcionamiento es condición necesaria, pero no suficiente, para un desarrollo inclusivo

Aunque siempre en un entorno inestable, los mercados financieros globales -también los locales- muestran mayor optimismo, principalmente por mejores expectativas de la evolución de la pandemia de la COVID-19

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