Sábado, 29 Agosto 2020 21:00

Cristina Kirchner y Alberto Fernández: chicanas, pases de factura y los trapos sucios cada vez más al sol - Por Santiago Fioriti

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Los pedidos de la vice, los ministros cuestionados y el enojo con Lavagna. La estrategia presidencial. El rol de Massa.

 

Cristina Kirchner cenó el domingo 23 con Alberto Fernández en la Residencia de Olivos. Dos días más tarde hizo un largo descargo en contra de la reforma judicial, que para ella ni siquiera debería definirse como tal. Si hay diferencias, que se noten, parece ser el nuevo modo de obrar de Cristina. Ya lo había insinuado después de la cumbre de Alberto con los empresarios del G-6. Ahora lo marcó con un proyecto que su socio presentó como una piedra angular en su Gobierno. La vicepresidenta está cada vez más inquieta. No es la economía o la pandemia, es el frente judicial. Los arrebatos contra su socio no son indisolubles de su situación procesal: el tiempo pasa, la imagen presidencial se deteriora y en un año habrá de nuevo elecciones, que nunca resultan ajenas a la sensibilidad de los jueces.

Hay, sin embargo, asuntos independientes de los avatares en los tribunales que mantienen en vilo a Cristina. Sus colaboradores cuentan que para ella la gestión es demasiado lenta, que carece de impronta y que si no se acierta con el plan de salida para cuando el pico de contagios por coronavirus quede atrás, el futuro electoral podría volverse sombrío. El funcionamiento de media docena de ministerios también está bajo su lupa. Cristina pretende cambios. Ya le bajó el pulgar, entre otros, a Matías Kulfas, el ministro de Producción; al massista Mario Meoni, de Transporte; y, por supuesto, a Marcela Losardo, de Justicia. A Santiago Cafiero, el jefe de Gabinete, le ha concedido un respiro.

Los enojos con Losardo, íntima de Alberto, son recurrentes. "Se impulsó una reforma judicial sin ministra", dicen en el entorno de la vice. Losardo tampoco buscaría hacer méritos para que la quieran. No es ni quiere ser Vilma Ibarra, la secretaria Legal y Técnica. Cierra filas con otro golpeado por la realidad, Gustavo Béliz. Para ellos sí existirían los límites. Como pequeña venganza, Losardo dejó trascender días atrás que nadie le había avisado de la cláusula Parrilli contra los medios. "Háganse cargo", habría sido el mensaje.

Aquella cláusula fue parte de las conversaciones de la dupla presidencial. "Hay que sacarla", insistió Alberto después de haberla defendido en público. En el Instituto Patria decidieron ceder ante el pedido, aunque tuvieron con la soga al cuello al oficialismo parlamentario hasta el último minuto. Los incondicionales de Cristina le negaron todo el jueves al periodismo que fueran a quitar ese artículo. Parrilli se expresó recién a las 22.15 con un argumento -según se prefiera- inverosímil o disparatado: dijo que el artículo había sido puesto para que los medios y la oposición mordieran "el anzuelo, la caña, la línea, todo".    

Esa quita no será suficiente para allanar el camino con la oposición. No cambia nada, dijeron en Juntos por el Cambio esa misma noche. Tampoco ayudará que Cristina haya tomado distancia. Al contrario. Su escrito causó malestar en varios sectores del Frente de Todos y en sus eventuales aliados en el Congreso. Más de un gobernador del PJ, que estaba siendo presionado para que al menos algunos de sus legisladores votaran a favor en Diputados, como Juan Schiaretti, quedó descolocado.

También resultó incómodo el momento para Sergio Massa, que aun antes de esta declaración le había advertido a Alberto sobre las dificultades que iba a tener para conseguir quórum si no había un encolumnamiento y una defensa absoluta del Frente de Todos. Es más difícil saber qué piensa Máximo Kirchner. Se supone que él es el otro responsable de recolectar los votos. ¿Opina igual que Cristina sobre la reforma? Hay quienes dicen que posee matices con su madre, que es menos vehemente y mejor negociador. Otros se burlan de ese análisis: "Son lo mismo, pero uno juega al policía bueno y el otro al policía malo".

Hasta en la oposición se sorprendieron del nuevo paisaje. Uno de los legisladores más dialoguistas del radicalismo hizo saber: "Dejen de pedirnos apoyo si ni entre ustedes se pueden poner de acuerdo". Alguien se acordó de Mauricio Macri. Él también impulsaba cada tanto proyectos que eran resistidos por sus espadas legislativas. En aquel momento, aunque quería colaborar, Miguel Pichetto les reclamaba convencer a los propios antes de seducir a los ajenos. No es un buen presagio.

El oficialismo no pudo convencer ni a Roberto Lavagna, un asesor presidencial en las sombras. Sobre él también embate Cristina. Para ser justos: no solo ella. Diferentes actores se preguntan por qué Fernández le concedió la titularidad del Indec a su hijo, Marco Lavagna, una de las embajadas más codiciadas (la de Portugal) a su amigo Rodolfo Gil y dos directorios en el Banco Central a su fuerza política sin asegurarse antes de que no iba a comportarse como un opositor más. Son pecados que se cobran caro en el universo cristinista.

Para este universo, desde luego, el problema nunca es su conductora. Ella es, sencillamente, intocable. "¿Sabés qué pasa? Hay una cosa que ustedes no entienden. El poder está en las urnas y no en la presidencia", dice una de las mujeres más influyentes y activas de La Cámpora. Dice y propone algunos interrogantes: "Decime, ¿de quiénes son los votos? ¿De Cristina o de Alberto? ¿Quién hizo todo para que él ganara? ¿Cuántos votos sacaba Alberto si ella no lo apoyaba? Incluso hoy los votos se correrían automáticamente al candidato que ella eligiera, por lo menos una buena parte. Entonces: ¿vos creés que ella no tiene autoridad para pedir o decir lo que quiera?"

En algunos círculos del oficialismo, esta semana se volvió a hablar de Cristina como la dueña del poder en la Argentina. No solo en La Cámpora. También en sectores que buscan proteger la figura presidencial y que pretendían hasta no hace tanto fomentar un espacio propio para recortar el rol de la vicepresidenta. "Si no damos la pelea quedará siempre ella en el centro de la escena", sostienen.

Un intendente del Conurbano le ha atribuido las peores intenciones a Cristina delante del primer mandatario. La respuesta que halló en más de una ocasión fue el silencio. Lo mismo le sucedió a más de un gobernador. "No es momento de peleas ni de divisiones", asegura Alberto, cuando ensaya alguna respuesta, ante esos interlocutores. El pedido para que armara una escudería política propia y fiel nunca tuvo su guiño. Acaso nunca lo tenga. Ahora algunos gobernadores han vuelto a pedirle que sea el próximo presidente del PJ. Alberto no dice ni sí ni no. Tiene, y está bien que las tenga, causas más urgentes.

La que no puede esperar para él es la reforma judicial. No se permite un fracaso. Así se lo planteó hace diez días a Martín Lousteau y Enrique "Coti" Nosiglia, en un almuerzo en Olivos que reveló La Nación. Fernández los convocó para pedirles apoyo en el Congreso. "¿Por qué son tan duros con el proyecto?", quiso saber. Lousteau exhibió sus reparos y le contestó que le parecía una barbaridad la cláusula Parrilli. "Es innecesaria, pero no modifica nada", respondió el Presidente, antes de que fuera eliminada. El anfitrión también les solicitó colaboración para remover al Procurador, Eduardo Casal.

El almuerzo generó ruidos en Juntos por el Cambio. Desde Mauricio Macri hasta Elisa Carrió pidieron saber sus alcances. Ni hablar los radicales que responden al jefe partidario, Alfredo Cornejo. Nosiglia y Lousteau procuraron ser discretos. No se ventilan las charlas reservadas con un jefe de Estado, argumentaron ante la avalancha de preguntas. Solo contaron, entre sus íntimos, que se fueron de Olivos comentando el nivel de dependencia del Presidente con la agenda de Cristina. Alarmados, lo contaron.

Santiago Fioriti

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