Viernes, 16 Abril 2021 10:16

Un país llamado Maradonia - Por Sergio Suppo

Maradonia es una nación atravesada por una equivocación: el país que creemos ser y el país que somos. Diego Maradona representó y representa muchas cosas al mismo tiempo; su gloria y su drama es además una metáfora intensa de los argentinos. Cada uno de nosotros tiene un Maradona diferente, construido a imagen y semejanza de nuestros propios prejuicios, ideas, sentimientos y deseos.

Su muerte, casi cinco meses atrás, detuvo la extendida idea de que siempre podría superar esa fatalidad con una última gambeta. Hablamos de Maradona, pero también del destino decadente de un país que todavía cree que un golpe mágico puede salvarlo. En lo que sigue de estas líneas lo que se cifra en su nombre podrá ser entendido también como la propia Argentina.

La construcción del Maradona deseado incluye una épica revolucionaria que en su contracara expone los negocios que hicieron posibles vínculos bien remunerados por debajo de la mesa. Cuba y Venezuela, por ejemplo. Los herederos del jugador intentan encontrar rastros de los millones que recibieron a cambio de prestar el nombre. Los argentinos no terminan de saber la dimensión de la deriva oculta de tanta amistad de Néstor y Cristina Kirchner con los regímenes de La Habana y Caracas.

Esa manía de mirar solo lo que se quiere ver es lo que también hizo posible convertir en rebeldía lo que en verdad eran caprichos de un hombre famoso. El país, como su mayor ídolo, parece empecinado en reivindicar como un valor y un mérito los arrebatos pasionales y los desbordes de ansiedad de sus gobernantes.

Las confusiones abundan. Una porción grande del país futbolero creyó haber sido vengado por la derrota en la Guerra de Malvinas por aquellos dos goles en el Mundial de México convertidos cuatro años después del conflicto que alejó por décadas la posibilidad de recuperar la soberanía de las islas. En el segundo gritamos por la consumación de una obra de arte; en el primero reivindicamos la trampa como derecho.

Maradona y la Argentina también se superponen frente a un conjunto enorme de ciudadanos que endiosaron y veneran como grandes avivadas lo que en verdad son caminos equivocados que llevan tanto a la muerte de un hombre como al desbarranque de una nación. Un día el exjugador dejó de hablar con claridad y pocos se atrevieron a preguntar por qué. Con esa misma naturalidad de acostumbrarnos a la desgracia, al país se le hizo costumbre sumar pobres gobierno tras gobierno.

Debilidades presentadas como fortalezas, bravuconadas expuestas como ocurrencias geniales, alguna frase que reivindica una violación incorporada al lenguaje corriente. La lista continúa en el plano nacional como la reivindicación del empobrecimiento como tradición y forma de vivir; insultos y descalificaciones dichos desde lo más alto del poder celebrados por aplaudidores rentados.

Y en el fondo, también, una idea de felicidad que anida en recuerdos desdibujados por el tiempo. La nostalgia por una alegría que es más intensa ahora que entonces. Es por ese camino que la incondicionalidad se convierte en un abismo.

Nada podía observarse del Maradona impotente ante sus propios excesos, enfermo al fin, sin quedar acusado de ser un desagradecido de su magia de futbolista, como si esas genialidades en una cancha obligaran a justificar el resto de su vida de celebridad en continuo declive. Es la misma coartada que pretender usarse como protección de un supuesto peronismo que habla desde una superioridad moral y en nombre de logros que nunca fueron tantos ni verdaderos.

Un hombre que tenía hijos y tardaba en reconocerlos. Un país que fabrica marginados y los mantiene atados a los dirigentes que fabricaron esa catástrofe social.

Un exjugador que dilapida fortunas y las vuelve a generar. Un país que se acostumbró a creer que con un par de buenas cosechas todo se arregla. Un ídolo al que le cuesta cada vez más cumplir los contratos que firma. La Argentina casi nunca cumple lo que promete, en especial cuando se trata de pedir prestado y luego desconocer la deuda.

Después de brillar en la elite del deporte mundial, Maradona se fue cada vez más lejos. Corrido hacia la periferia terminó como atracción para sus visitas de patrones árabes o como técnico de un equipo del ascenso mexicano en una ciudad que alberga a uno de los grandes carteles de la droga. Los homenajes en vida en las canchas argentinas de los últimos dos años fueron repetidas ceremonias de un adiós que se temía próximo. De nuevo un paralelismo irremediable. El camino de una Argentina que se pensaba integrada al primer mundo se desvió durante un siglo hacia el rincón de los países que pudieron ser y no fueron, arruinados por sus propias decisiones.

Muerto Maradona, después del dolor colectivo que reflejó el recuerdo de aquella felicidad colectiva, empezó una disputa por su herencia que promete escándalos mediáticos y años de expedientes judiciales. Esa pelea a gritos de hijos y abogados en las pantallas y en las redes sociales semeja la guerra de palabras que deja al país paralizado y a la vez expone a sus protagonistas a la defensa de sus propios intereses. Maradona y la Argentina parecen, en ambos casos, convidados de piedra.

Sergio Suppo
Ilustración: Alfredo Sabat

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