Lunes, 19 Abril 2021 11:19

Un fracaso: hay 70.000 precios máximos y la inflación vuela - Por Alcadio Oña

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Conviven con 660 precios cuidados, la gran mayoría son alimentos, donde las remarcaciones no se frenan.

 

Está a la vista que las intervenciones del Banco Central en el mercado cambiario lograron desacelerar, desactivar en algún caso, la velocidad a la que corrían los dólares paralelos y, de seguido, sacaron del escenario al menos transitoriamente a las siempre temibles turbulencias financieras. Verdadera referencia del mercado que se usa para girar divisas fuera del país legalmente, el contado con liquidación pasó de subir 104% en 2020 a un módico 8,3% en lo que va de 2021. Más impactante aún es la voltereta que pegó la cotización del blue: después de escalar 116%, ahora cae 13%.

 

Detrás del mismo, notorio objetivo de aflojar la presión inflacionaria, el BCRA también empezó a pisar el tipo de cambio oficial, que acumula 9,4% desde enero tras el 43% de 2020. Traducido: la estrategia que el año pasado siguió de cerca al índice de precios y hasta superó su registro anual del 36%, mudó hacia el gastado recurso del atraso cambiario, que nunca resuelve el problema o lo devuelve aumentado pero que lleva la ventaja de patearlo un tiempito para adelante. Ahora, si fuese posible, hasta las elecciones.

El punto es que ni los malabares cambiarios ni la batería de medidas de los más diversos colores que se han ensayado consiguen batir al enemigo. Basta ver el notable 4,8% del índice de marzo o el 13% del primer trimestre, que se aproxima a la mitad del 29% anual que el Gobierno calculó en el Presupuesto y que lo superaría pronto, si abril anda por el 3-3,5% que estiman en varias consultoras. Los consultores dicen 46% anual.

Otra muestra del fracaso es que la inflación vuele a esas alturas pese a que existen 70.000 productos con precios máximos y 660 bajo el régimen de precios cuidados; la gran mayoría alimentos. Obviamente, ni los aprietes, ni los militantes en supermercados ni tampoco el salario por el piso o la recesión interminable parecen razones suficientes para frenar las remarcaciones. Chocan contra un cuadro de quebrantos e incertidumbres que, encima, tiene la pimienta de las señales que emiten las disputas de poder y cierta sensación de desgobierno.

Y como todo es posible en el disloque general, podría ser que la cuestionada pauta oficial del 29% fuese parte del viejo truco de subestimar la inflación real para subestimar los ingresos fiscales y liberar, así, una masa de recursos que el Gobierno utilizará por fuera de la ley presupuestaria según convenga. Eso que se llama transferencias discrecionales y pasó todo el tiempo durante los años K, está pasando en grande ahora con la provincia de Buenos Aires; mejor dicho, con Axel Kicillof y el territorio electoral de Cristina Kirchner.

Por esa vía, la Provincia recibió en 2020 arriba de $ 140.000 millones contantes y sonantes, el 46% de las transferencias totales. A Córdoba le tocó un 6%, el 5% a Santa Fe y un 4% a la Ciudad de Buenos Aires. Aún sin datos firmes sobre 2021, viene cantado que este año Kicillof sigue sumando recursos de la Casa Rosada como nadie y sin competencia.

De vuelta a las intervenciones en el mercado del dólar, un dato del mismo cuadro general cuenta que además de poco efectivas para frenar el proceso inflacionario están haciéndole perder plata al Banco Central.

Según cifras de la consultora Abeceb, entre comienzos de enero y el 7 de abril el BCRA compró más de US$ 2.500 millones y de ese monto le quedaron reservas netas, disponibles, por apenas US$ 365 millones. El resto se fue en pagos a organismos internacionales, incluido el FMI, en la cobertura de importaciones que se autorizan en cuentagotas y finalmente en las operaciones cambiarias que algunos analistas encomian. Ahí se gastaron US$ 750 millones o el 30% de las divisas que ingresaron.

Luce bastante evidente, entonces, que la relación costo-beneficio de la movida no resulta demasiado favorable al menos para el Estado. Y si se vira el foco hacia la incómoda brecha cambiaria, tampoco ahí tenemos gran cosa: tenemos que un considerable 54% separa todavía al contado con liqui del dólar oficial. Esto es, un diferencial que alimenta maniobras de comercio exterior orientadas a no declarar o fraguar operaciones y que fogonea, también, especulaciones sobre futuros movimientos cambiarios. Los especialistas cuentan que cuando se ingresa en zona del 30% comienzan a encenderse las luces amarillas.

Esas eventuales turbulencias cambiarias podrían ocurrir más cerca de las elecciones, cuando haya aumentado el retraso del dólar oficial y pasado la cosecha de dólares fuertes del complejo sojero o la puja electoral pinte complicada para el kirchnerismo. Allí entrará, de algún modo, el impacto de la pandemia.

A esta altura de la película ya parece hora de aclarar que el 36,1% que la inflación anotó en 2020 no se puede considerar un triunfo, ni un gran avance y si alguien cree que algo de eso hubo fue comparándolo con el impresionante 53,8% del 2019 de Mauricio Macri. En cualquier estándar, decir 36% significa hablar de una enormidad. En los países desarrollados la inflación gira alrededor del 1,5% anual y del 4,5 en aquellos considerados en desarrollo, o sea, el lugar donde está la Argentina.

Números y más números miden la performance económica de la gestión de Alberto Fernández, aunque mejor sería decir la gestión del cristinismo encarnado en Kicillof y en los satélites de Kicillof, empezando por Paula Español, la secretaria de Comercio fanática de los controles.

Desde que el aún llamado Frente de Todos llegó al poder, el índice de precios subió 54% (en un año y tres meses); un 61% promedió el costo de los alimentos; 99% la carne picada y 113% el asado; 85% las verduras y 92% las frutas. Así andan la mesa de los argentinos y la sarasa de proteger a la mesa de los argentinos.

De paso, un dato sobre la recurrente amenaza de cerrar las exportaciones de carne para aumentar la oferta interna y, supuestamente, bajarle el precio: la cotización internacional que juega ahí es el último eslabón de una cadena de costos que empieza con el golpe de los impuestos y sigue con el transporte, la distribución, la energía y los salarios. Obviamente si se habla de subir las retenciones no se va a hablar de reducir los impuestos, aunque sean los primeros de la lista.

Puesto a ensayar sin preocuparse por el orden, el Gobierno ha sacado otro paquete de medidas que va desde un registro más riguroso para las exportaciones de carne hasta un mercado móvil con bolsones de frutas y verduras. Es una nueva andanada que suena a más parches sobre parches, sin que en ningún lugar asome algo parecido a eso que ya podríamos dar por desaparecido: un plan anti-inflacionario articulado que forme parte de un verdadero programa económico.

Ultima serie de números para este boletín, ahora unos cuantos potentes y poco difundidos que traen al presente la crisis económica del 2020, la de la cuarentena tan interminable como poco elaborada. Cuentan desde donde venimos, son todos del INDEC y, salvo uno, no hay ninguno positivo.

En un capítulo del PBI y bajo una definición bastante extraña encontramos, entre otros “servicios”, al teatro, el cine, la tevé, la radio y, en fin, los espectáculos. Dice derrumbe del 38,9%. Pasto para la protesta de los gastronómicos, “hoteles y restaurantes” canta caída del 49,2%. El transporte, rojo del 17%; la construcción del 22,6% y la industria, del 7,7%.

¿Y cuál es la actividad que zafó del vendaval? Nada menos que la financiera que tanto maltrata el kirchnerismo, al menos en las formas: creció 2,1% empujada, sobre todo, por los movimientos de mercado del Gobierno. Los que hay en 2021, ya auguran buena salud.

Alcadio Oña

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