Domingo, 12 Septiembre 2021 09:10

Cristina Kirchner, alarma por el dólar y la ansiedad del Gabinete por los cambios que vienen - Por Santiago Fioriti

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La vicepresidenta espera las PASO para meter mano. Qué reclama y a quiénes tiene en la mira. Especulaciones en el entorno de Alberto. Los diálogos con la oposición para esta noche.

No hace falta que se cuenten los votos. Aun cuando obtenga una victoria en la provincia de Buenos Aires que permita equilibrar los números del Frente de Todos a nivel nacional, Cristina ingresará en una fase distinta rumbo a 2023. Esa fase, de la que solo se conocen aproximaciones, inquieta por igual a empresarios, dirigentes políticos de la oposición y a otros actores del círculo de poder en la Argentina. No menos propensos a la incertidumbre deberían estar Alberto Fernández y su círculo más estrecho de colaboradores. “Se va a mover la Casa Rosada”, anticipa entre risas un hombre con acceso a la intimidad del Instituto Patria.

El Presidente cruza los dedos y se ilusiona con que el menú de encuestas que da arriba al kirchnerismo -y que esta semana miró con una obsesión que le debe haber traído recuerdos de sus tiempos como jefe de Gabinete de Néstor Kirchner- se cristalice en las próximas horas en las urnas. Ganar en tierra bonaerense, creen en su entorno, podría convertirse en una especie de freno inhibitorio para su socia. Insisten con su tesis de que salir victoriosos en una elección de medio término por primera vez desde 2005 podría barrer con buena parte de las críticas a la gestión y encarrilar su situación como líder del Estado hasta el final del mandato.

Aunque en el universo presidencial insisten que ganar por un voto es ganar, el cristinismo duro ha empezado a mirar las generales del 14 de noviembre y sabe que hoy necesita una ventaja importante para que el resultado no sea revertido dos meses más tarde. También para que los mercados no se alteren.

Solo podría haber concordia interna si la lista que encabeza Victoria Tolosa Paz se lleva una ventaja de, al menos, cinco puntos, que -de por sí- sería la mitad de la que sacaba en los sondeos hace un mes. Los antecedentes marcan que la oposición suele crecer en las generales, cuando el nivel de participación es mayor, y que al kirchnerismo le cuesta sumar cada voto en el período que va de una contienda a la otra.

Hay dos antecedentes fatales para Cristina. En 2015, Daniel Scioli obtuvo 38% de los sufragios en las PASO y Mauricio Macri el 24. Se celebró como un triunfo definitivo: Scioli estaba a un paso de la Casa Rosada. En las generales, sin embargo, Scioli sacó 37% y Macri 34%. Fue el preámbulo de la derrota del oficialismo en el balotaje. En 2017, Cristina se tropezó con la misma piedra como postulante al Senado: venció en las PASO, pero luego cayó en las generales ante Esteban Bullrich.

La vicepresidenta está decepcionada con Alberto y no se resigna a seguir transitando por un sendero de penurias que pueda poner en riesgo la continuidad de su proyecto político dentro de dos años. Lleva más de un año con discusiones permanentes con Alberto. Algunos de esos encontronazos llegaron a niveles cercanos a la no tolerancia para la convivencia democrática. Ellos, y no solo ellos, lo saben.

La voracidad de Cristina y de algunos integrantes de La Cámpora por completar los casilleros clave de la administración con nombres propios que permitan cambiar sustancialmente el manejo de la gestión, el rumbo de la comunicación y parte del modelo económico quedó reflejada a la vista de todos en actos públicos. Primero fue Máximo. Luego, en el cierre de la campaña, Cristina. Les recomendó a los ministros “ser más tercos”.

El disciplinamiento que la ex presidenta ejerce sobre algunas almas del Gabinete escapa al análisis político. Al menos media docena de esos ministros deberían irse, según Cristina. Ellos, los aludidos, aplaudieron el jueves desde sus butacas de Tecnópolis como si se hubiera referido a los funcionarios de Horacio Rodríguez Larreta. Lo mismo habían hecho el 18 de diciembre de 2020, cuando en un acto les dijo que si tenían miedo se buscaran otro trabajo.

La ansiedad de los funcionarios de primera línea crece. En el radar del cristinismo ya no solo aparecen Santiago Cafiero y Martín Guzmán. Las quejas se trasladan al Ministerio de Transporte, a la Secretaría General de la Presidencia, al Ministerio de la Producción, a la Cancillería y hasta al Ministerio de Seguridad que conduce Sabina Frederic, de quien se dijeron cosas tremendas por sus constantes derrapes mediáticos, que se profundizaron cuando intentó explicar lo que quiso decir.

La comparación de Argentina con Suiza está destinada a quedar en la memoria colectiva tanto o más que cuando Aníbal Fernández dijo que la inseguridad era una sensación. Quienes conviven con Sergio Berni, el ministro de Seguridad de Axel Kicillof, cuentan que tuvieron que contenerlo para que no dijera cosas peores de las que dijo contra Frederic, en especial cuando comparó la tasa de homicidios de un Rosario eclipsado por los narcos con la de la Ciudad de Buenos Aires.

La ministra de las Mujeres, Géneros y Diversidad, Elizabeth Gómez Alcorta, debe haber respirado aliviada cuando se enteró de que le habían implorado a Berni que pensara en el proceso electoral y bajara el perfil. Hace tiempo que el ala feminista del Ejecutivo y del universo K en general mastican bronca en grupos de chats y le piden alguna declaración o una intervención contundente frente a las palabras de Berni. Por ahora Gómez Alcorta calla o dice lo mínimo indispensable.

Cristina, siempre de la mano de La Cámpora, estudia de qué modo pasar a la acción directa cuando queden atrás las elecciones. Hay una preocupación palpable en la clase política sobre qué podría pasar el lunes si las boletas que suman votos de Diego Santilli y Facundo Manes arañan un empate virtual -como llaman los encuestadores a un resultado que los ubique dos puntos arriba o dos puntos abajo- en el principal distrito del país.Una vez más, hubo diálogos reservados entre los dirigentes más encumbrados del oficialismo con referentes de la oposición para tratar de bajar la espuma, sea cual sea el resultado, pensando en la apertura de los mercados del lunes y en el camino hacia noviembre. “¿Y si gano?”, quiso saber Santilli en un momento de distensión frente a su tropa. “Si ganás, agradecés y nos vamos”, le pidieron.

No es común que el que gane no quiera o no lo dejen festejar. Pero desde ambos comandos de campaña hubo tanteos para que no haya frases altisonantes, mucho menos para que se ponga en discusión el escrutinio. Trascendieron gestiones contra reloj para que los resultados se conozcan antes de las 23, como había anunciado el Ministerio del Interior. En Juntos, por primera vez en la era macrista, prometieron que no habrá globos ni gente bailando hasta altas horas en el escenario. La excusa es la pandemia, pero no se agota ahí.

Los movimientos con el dólar de los últimos días y la pérdida de reservas del Banco Central (845 millones de dólares en las últimas doce ruedas) pusieron en estado de alerta a Alberto y a Cristina. La vice quiere negociar un acuerdo con la oposición para que el Congreso avale las negociaciones con el FMI “no a cualquier precio”. Alberto declaró días atrás al periodista Santiago Dapelo de La Nación que el acuerdo “está más cerca”.

Este mes, Argentina tiene un vencimiento por cerca de 1.900 millones de dólares. Los afrontará con los derechos especiales de giro aportados por el mismo organismo como parte del desembolso de ayuda a distintos países por la pandemia. En diciembre habrá otro similar. Guzmán presiona para que ese pago pueda ser parte de la actual negociación. Pero se sigue topando con la resistencia ultraK. “Un acuerdo a 10 años es inviable”, sostienen. Diez años es el plazo máximo que otorga el Fondo.

En marzo los vencimientos serán por 2.800 millones de dólares. No hay reservas para afrontar semejante cifra. Default o acuerdo, esa es la elección. En el Gobierno dan por hecho una negociación exitosa. Cristina espera y se debate si los cambios que vienen serán posibles con bisturí. Y si requerirán anestesia completa.

Santiago Fioriti

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