Lunes, 18 Octubre 2021 12:59

Desconcierto en la campaña K y una decisión crucial persigue a Horacio Rodríguez Larreta - Por Santiago Fioriti

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Gutiérrez-Rubí se topa con problemas a diario. Las idas y vueltas de Alberto, la presión de La Cámpora y los temas que se debaten. La relación de Massa y el alcalde porteño, bajo la lupa.

—Che, qué traidora esa Vidal, ¿no? ¿Así que ahora quiere venir por tu lugar? —le preguntaron a Sergio Massa en la intimidad de su despacho.

El diputado suele responder ese tipo de inquietudes con frases fuertes o irónicas. Esta vez sorprendió a sus interlocutores, como si quisiera ponerlos al tanto de cómo son verdaderamente las cosas.

—Yo no creo que sea una traidora y me parece válido lo que quiere hacer —dijo.

Vidal venía de hacer público que la oposición intentará quedarse con la presidencia de la Cámara de Diputados si gana las elecciones del 14 de noviembre. Esas declaraciones continuaron con algunos movimientos que no salieron a la luz, mientras varias de las principales voces del Frente de Todos hacían fila para criticarla. La acusaban casi de golpista por querer apropiarse del tercer lugar en la línea de sucesión presidencial. Horacio Rodríguez Larreta tomó distancia de su candidata en la Ciudad. Elisa Carrió la apoyó con firmeza, lo mismo que Patricia Bullrich.

Massa insistió en privado que la oposición está en su derecho de pelear por su sillón, pero aclaró -y ordenó transmitir- que la movida de Vidal tiene riesgos para sus rivales porque el nuevo jefe de la Cámara baja se votaría al mismo tiempo que las autoridades y las presidencias de las comisiones. Eso podría implicar una jugada a todo o nada.

Massa y Vidal nunca han interrumpido el diálogo. Fueron aliados más que cordiales para que la Legislatura bonaerense pudiera convertir en leyes los proyectos controversiales durante la gestión en la Provincia de Cambiemos, entre 2015 y 2019. Otros dicen que Massa podría aspirar a no estar en un lugar de tanta negociación si la crisis se profundiza, en especial si el Frente de Todos queda muy lejos del quórum en el futuro Parlamento. Hay quienes opinan lo contrario. Que a Massa no le causó ninguna gracia, pero que evitó confrontar porque no quiere hacer olas frente a la tarea que tiene por delante para después de que se terminen de contar los votos, que es convocar a un diálogo entre el oficialismo y la oposición. En ese diálogo podrían negociarse no solo leyes. Es una maniobra que ya fue consensuada con Cristina y con Alberto Fernández. Lo que está en discusión es cuándo y cómo se anuncia y quién lo plantea formalmente.

En Juntos por el Cambio optan por no hablar en público sobre la cuestión. Podría generarse un terremoto interno. A menudo, incluso, niegan que el kirchnerismo esté pensando seriamente en esa estrategia y dicen que a ellos nadie los ha citado. Pero es lo que viene.

Rodríguez Larreta dijo esta semana, frente a los empresarios que asistieron al Coloquio de IDEA, que el próximo gobierno tiene que abarcar al 70% del sistema político. ¿Incluirá a Massa es ese porcentaje? ¿Será el diálogo que está por nacer una prueba de ensayo? El jefe de Gobierno se encuentra frente a una decisión crucial.

Los halcones de su fuerza, con Bullrich en primer plano y Mauricio Macri a una prudente distancia, están en guardia. En ese mundo todavía habitan dejos de remordimiento. “Pudimos matar al kirchnerismo cuando fuimos gobierno y lo dejamos vivo. Ahora, después de las elecciones, si ganamos, tenemos una nueva chance. No los vamos a ayudar a resucitar”, se proponen.

Pero Larreta no es Macri ni Bullrich. Si alguna vez es presidente hará lo que en su momento le pedía a la administración macrista que alumbró en 2015: convocar a un sector del peronismo para que gobierne con él. De nuevo: a qué peronistas alcanzaría esa invitación y a quiénes no es materia de debate. Acaso sea prematuro, pero las deliberaciones alteran con frecuencia los nervios de Bullrich, de Macri y de algunos radicales.

Larreta asegura que él no tomará ninguna postura solo. Que antes someterá la cuestión a la Mesa Nacional de la coalición. Lo dice, en parte, luego de una intimación de Carrió. Para la líder de la Coalición Cívica nada bueno puede salir de una conversación con Massa. En eso la une la misma convicción que a Macri. Para Larreta es una situación incómoda. Massa es su amigo desde hace varias décadas. Hablan, chatean, comen juntos, se cuentan secretos. Aunque hoy convenga decir lo contrario.

El alcalde tampoco deja de ajustar lazos con el círculo de empresarios afines al tigrense. Algunos son dueños de empresas muy poderosas, que van desde medios de comunicación hasta compañías de energía. Esos vínculos están demasiado aceitados y sus accionistas saben de las elucubraciones. Diez puntos básicos, pide Massa. Larreta ha deslizado que él estaría dispuesto a colaborar en dos. En la aprobación del Presupuesto y en uno que tienda a acordar con el Fondo Monetario.

Los larretistas más cautos piensan que el diálogo con el que amaga el Gobierno todavía está por verse porque estará atado al nivel de radicalización que podría liderar Cristina si vuelve a experimentar una derrota. Les queda la duda -o prefieren que quede instalada esa duda- de si aquella convocatoria se concretará realmente.

Es cierto. Más allá del liderazgo de la vicepresidenta, cuesta saber hacia dónde irá el Gobierno. Lo dicen los propios actores del espacio. ¿Irá, de verdad, hacia un acuerdo con el FMI? ¿Apuntará a un programa serio para bajar la inflación? ¿Habrá un nuevo cambio de Gabinete post elecciones? ¿Seguirá Martín Guzmán como ministro de Economía? ¿Le seguirán copando despachos a Guzmán, como acaba de suceder con Roberto Feletti en Comercio? ¿Habrá más espacios para los Aníbal Fernández?

Son preguntas que los principales candidatos del Frente de Todos procurarían tener resueltas. Salir a hacer campaña se ha convertido para la mayoría de ellos en una auténtica odisea. Lo inesperado siempre sucede y altera el ritmo. Un ejemplo: mientras se preparaba para el debate, Leandro Santoro se enteró de que Aníbal Fernández había amenazado al dibujante Nik. El episodio impregnó el show televisivo apenas los conductores dieron las buenas noches. Vidal clavó su primera estocada al pedirle al resto de los participantes que exigiera la renuncia del ministro de Seguridad.

Victoria Tolosa Paz, la representante del principal distrito del país y donde el oficialismo quiere revertir la historia en busca del milagro de dar vuelta la elección a nivel nacional redujo significativamente sus apariciones. Antoni Gutiérrez-Rubí le aconsejó -a ella y a su esposo, Pepe Albistur- que hablara menos. Ella aceptó gustosa porque no siempre tiene respuestas frente a preguntas muy sencillas. En el programa Verdad Consecuencia, en TN, le dieron a elegir entre bailar frente a cámara o contestar si Cristina le había dicho que ella no era su candidata. Prefirió bailar.

El asesor catalán de Alberto, Cristina y de los candidatos no gana para disgustos. El miércoles a la noche se fue a dormir en paz porque Fernández había aceptado, al fin, su consejo de no convocar a actos partidarios. Pero menos de 24 horas más tarde, Alberto estampó su firma en un comunicado del PJ en el que convocaba a llenar las plazas de todo el país por el 17 de octubre. ¿Qué había pasado en el medio? La Cámpora, a través de Andrés Larroque, había dicho que la agrupación de Máximo Kirchner sí iba a realizar festejos. La lengua mordaz de Hebe de Bonafini se plegó: “Es una vergüenza que hayan querido suspender el 17 de octubre. Alberto está haciendo todo mal”.

Gutiérrez-Rubi es afecto a trabajar con estudios demoscópicos. Eso lo lleva a razonar que hay viejas prácticas de la política que, lejos de sumar, restan. No sería una celebración peronista, justo el día de la madre, un acontecimiento esperado por millones de argentinos que creen que la Casa Rosada no se está ocupando de sus penurias cotidianas. Eso intentó explicarles el asesor. Que los actos endogámicos no acercan: expulsan.

Ordenar la campaña ha pasado a ser una tarea titánica para el consultor. La mayoría de los candidatos reconoce que tiene buenas intenciones y que ha renovado cierto espíritu de que las cosas podrían estar mejor cuando se vuelva a votar, aunque hasta ahora los estudios siguen arrojando malos resultados.

Para ordenar el relato futuro, más que el de la campaña, Alberto acaba de designar a Gabriela Cerruti. La elegida fue a visitar a los periodistas acreditados en la Casa Rosada para contarles cómo pensaba trabajar. Pareció pasar por alto que a varios de ellos les habían negado con énfasis que ella fuera a ser la nueva portavoz. Los periodistas confiaron en las fuentes cercanas al Presidente y lo difundieron, mientras Cerruti solo contestaba los WhatsApp de los cronistas que considera amigos.

No fue, el engaño, un buen arranque para el vínculo que se busca construir. La otra cuestión llamativa fue que Cerruti, una ex periodista, haya dicho que los periodistas no deben correr detrás de la primicia. Que es parecido a pedirles que abandonen el oficio.

O a que abandonen, como diría García Márquez, el placer del orgasmo.

Santiago Fioriti

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