Domingo, 12 Diciembre 2021 12:33

Los 10 minutos de furia en la UCR y el plan de Horacio Rodríguez Larreta para huir del fuego – Por Santiago Fioriti

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La pelea de Gerardo Morales y Martín Lousteau fue peor de lo que trascendió. El alcalde traza una nueva estrategia.

“No te escucho, Gerardo. ¿Podés hablar un poco más fuerte por favor?”, le pidió Ángel Rozas a Gerardo Morales. Iban cinco minutos de reunión en el Comité Nacional de la UCR. Estaban sentados a una mesa rectangular de madera, algo anticuada, como la misma sala de ese primer piso de la calle Alsina: el lugar está decorado con dos mástiles, uno con la bandera radical y otro con la argentina, en las paredes hay fotos de Alfonsín, Illia, Yrigoyen y De la Rúa y a un costado asoma un archivo de papeles y actas de convenciones que nunca fue digitalizado. En la mesa había una jarra de agua y ocho vasos de vidrio. 

Estaban Morales, Rozas, Alfredo Cornejo, Gustavo Valdés, Alejandra Lordén, Rodolfo Suárez, Luis Naidenoff y Martín Lousteau. Todavía no era el mediodía del lunes.

Tres horas antes, los tres gobernadores se habían reunido en la Casa de Jujuy en Buenos Aires para discutir cómo se podía evitar la ruptura del bloque en la Cámara de Diputados. Cornejo llamó a Lousteau y le pidió que fuera al Comité. El economista llegó a las 11, puntual, como le habían pedido: se sorprendió porque lo hicieron esperar un rato largo y porque, cuando vio llegar a los convocados, había dirigentes que no esperaba.

Cornejo, el presidente del partido, dio el primer mensaje: “Les pido por favor que no miremos la lógica interna. No poroteen. Nosotros necesitamos a todos. Hay que administrar el éxito que tuvimos en las elecciones. Miremos el afuera en lugar del adentro. La conflictividad de la interna nos debilita. Alguien tiene que ceder”. Fue el último intento por rever la fractura que acababa de concretarse.

Morales tomó la palabra. Arrancó con un tono llamativamente bajo y Rozas se lo advirtió porque no entendía lo que decía. En pocos segundos el gobernador se enfureció. “Me está estallando el teléfono”, dijo, y leyó en voz alta un mensaje de Rodrigo de Loredo, en el que el diputado cordobés le daba explicaciones por lo que había tenido que hacer.

A esa altura los medios ya habían publicado el comunicado que anunciaba a De Loredo como nuevo jefe de un bloque de 12 diputados, apadrinados por Lousteau y Emiliano Yacobitti y celebrado en las sombras por Enrique Nosiglia. Del lado contrario, otro cordobés, Mario Negri -que viene de perder en su provincia, la segunda con más electores del país, contra De Loredo- se quedaba con un grupo de 33. Lindo número, bromeó un viejo radical. “Somos los mineros. Estamos bien los treinta y tres”, se divirtió.

En el Comité nadie estaba para ese tipo de bromas. Hacía días que se venía agitando la posibilidad de una eclosión. Los bandos estaban claros. Yacobitti y Lousteau exigían que los dirigentes de la UCR más votados en las últimas elecciones tuvieran la posibilidad de conducir el bloque; exigían, también, un recambio generacional. Los que perdieron en su distrito, como Negri, sostenían que las autoridades parlamentarias se eligen entre pares, que la votación interna les daba un margen holgado y que sus opositores no respetaban la democracia partidaria.

Eso planteó Morales en el Comité. Y se preguntó en voz alta para qué estaban ahí reunidos si no había nada para hacer. Sus ojos se clavaban en los de Lousteau.

—A vos te mandaron a hacer esto. Sos siempre el mismo soberbio. Ya rompiste el bloque una vez, cuando eras diputado —dijo Morales.

Lousteau, que hoy es senador, le contestó que cuando asumió el cargo de diputado aún no se había afiliado al radicalismo. A Morales no le gustó cómo lo miraba.

—¿De qué te reís? ¿Por qué te burlás? —desafió.

—No me faltes el respeto. No me estoy riendo —dijo Lousteau.

—Sí, te estás riendo. ¿De qué te reís en una reunión tan seria?

—No me faltes el respeto. 

—Te estás riendo.

Tres de los participantes del cónclave aseguran que ese diálogo se repitió varias veces. Que parecía un ping-pong.

—Sos empleado de Larreta, por eso hiciste esto —insistió Morales.

—¿Vos me lo decís? ¿En serio? —contestó Lousteau— ¿Vos que le votaste todo a Macri y que ahora jugás con Alberto?

El tono era cada vez más alto. Morales le reprochó también a Lousteau que en una entrevista lo había tratado de delincuente. En privado, sus asesores subieron la apuesta: dijeron que los que hacen negocios son Horacio Rodríguez Larreta y sus aliados radicales en la Ciudad. Es uno de los tantos temas que los enfrenta.

El jujeño suele contar que Lousteau, después de aquella acusación por TV (“el ladrón cree que son todos de su condición”) lo llamó por teléfono para pedirle disculpas y que él le respondió que esas disculpas debían ser públicas. El porteño dice que hubo una comunicación, pero que no existió tal pedido de perdón. Ni en eso se ponen de acuerdo. Suárez, que conocía el antecedente, intentó frenarlos. La vio venir. Pero cuando la vio venir era tarde.

Morales, ya puesto de pie y a los gritos, agarró su vaso y lo estrelló contra la mesa, en una escena que pareció sacada de Historia de la eternidad, donde Borges escribe una anécdota -que atribuye a De Quincey- en la que un hombre pierde la compostura en una discusión y le tira el vaso de vino a otro. Salvo que aquí no se trataba de una cuestión teológica o literaria.

Lousteau también se paró a los gritos. Estaban enfrentados en la mesa y los dos forcejearon para dar la vuelta. El agua había salpicado a todos y los vidrios habían llegado a los pantalones de Suárez. Los tuvieron que separar para que no se tomaran a trompadas. Lo que no se podían evitar eran los insultos. “¡Paren, están locos!”, intercedían, sin éxito, Rozas, Valdés y Lordén. La pared que divide la sala de las escaleras que conducen a la salida del Comité, angosta como una placa de durlock, permitía oír cada palabra. Los testigos estaban horrorizados.

“Perdoname, Alfredo, pero me voy. Esto es un papelón”, se plantó el gobernador mendocino y dio por concluida la reunión. Un colaborador de uno de los dirigentes había tomado la hora desde el inicio del encuentro: solo habían pasado diez minutos. Lousteau bajó las escaleras escoltado por los dirigentes para que no se cruzara con Morales, que seguía en la sala. Los insultos no cesaban.

La tensión entre ellos podría escalar en los próximos días. El viernes que viene, a las 17, la UCR elegirá a su nuevo presidente. Morales es hasta ahora el único candidato. El partido tiene 102 delegados de todo el país, pero ocho no pueden votar porque Tucumán y Santiago del Estero están intervenidos. De los 94 delegados en condiciones de elegir, los colaboradores de Morales aseguran tener el apoyo de unos 60. ¿Surgirá otro postulante? Los opositores al gobernador confían en que los hechos de violencia en el Comité puedan tumbar esas aspiraciones y suponen que podría surgir otro nombre.

Morales está decidido. Quiere ser presidente en 2023 y teje alianzas con el ala dura del PRO, enemiga de Lousteau. Con Patricia Bullrich, por ejemplo. Lousteau tampoco descarta postularse a la presidencia. Es otro dato de la pelea. Pero hay más: Horacio Rodríguez Larreta tiene una sociedad con Lousteau y busca no afectarla porque se le complicaría el panorama en la Legislatura y su propio camino hacia 2023, pese a que muchos macristas se sientan más cómodos con Negri y con el propio Morales.

El jefe de Gobierno habló con Lousteau. Dicen que estaba más que molesto y temeroso de que a él también lo salpiquen las balas de la UCR. Por si acaso, charló al mismo tiempo con Morales. “Tenemos que vernos”, intentó calmarlo. El diálogo fue cordial, pero Morales habla pestes del alcalde y Larreta no contesta.

Rodríguez Larreta pule su plan de contención de daños. Quiere apartarse de la escena mediática, por lo menos, durante seis meses. Solo pretende hablar de la gestión porteña y hacer alguna aparición muy estudiada y quirúrgica. Desecha el título de principal opositor y no quiere confrontar de modo permanente con el cristinismo. No se siente cómodo y teme que eso lo desgaste antes de tiempo.

Riesgos hay. Incluso quienes lo quieren ver con la banda presidencial se lo advierten. ¿Es posible esa estrategia en una Argentina en permanente ebullición? ¿Es factible no contestar nunca los ataques? ¿No les abre el protagonismo a los halcones del PRO? Dilemas que asaltan a su equipo, como un fantasma nocturno.

Santiago Fioriti 
Editor sección País

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