Domingo, 19 Diciembre 2021 12:31

La rabia de Máximo Kirchner en las charlas privadas y un final que alteró a la Casa Rosada - Por Santiago Fioriti

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El diputado discutió fuerte con los opositores. Qué pasó cuando no estaban las cámaras de TV. Alberto, Guzmán y Massa se enojaron. Los halcones ganan terreno en el PRO.

—Yo lo que quiero saber es si de verdad el oficialismo quiere tener un Presupuesto aprobado por el Congreso —preguntó Alejandro Rodríguez. 

A Rodríguez en el Congreso lo llaman el “Topo”. Es peronista, hombre de confianza de Roberto Lavagna y uno de los diputados de Interbloque Federal, una bancada de ocho miembros que el kirchnerismo siempre mira con deseo porque nunca coqueteó con el macrismo, lo que lo hace atractivo para sumar los votos que le faltan para no tener que negociar con Juntos por el Cambio en la Cámara de Diputados. Con solo esos votos, por ejemplo, podría haber evitado la doble derrota del viernes: la de 128 a 122 para devolver el texto a Comisión -que fue la última propuesta del oficialismo antes del fracaso- y la de 132 a 121 por el proyecto de Presupuesto en sí.

La pregunta de Rodríguez estaba dirigida a Sergio Massa, que el jueves a la tarde había convocado en su despacho a los referentes de la oposición parlamentaria para explorar una salida conjunta. La inquietud era para Massa, pero el que interrumpió fue Máximo Kirchner.

—No, no queremos tener un Presupuesto. Estamos pelotudeando. ¡Vinimos a pelotudear! —se exaltó.

—Ah, ¿no dejás hablar vos? —preguntó el “Topo”. Sus pares tuvieron que intervenir.

—Calmémonos. Si no esto no va a avanzar —pidió Mario Negri.

En el Salón de Honor del despacho de Massa el clima estaba espeso, no solo porque el kirchnerismo presionaba a fondo, sino porque en la oposición no había una posición unánime sobre cómo había que actuar. A pedido de Margarita Stolbizer, los mozos habían servido sándwiches de miga y fosforitos. Además de Massa, Kirchner, Negri, Rodríguez y Stolbizer estaban Rodrigo De Loredo, Cristian Ritondo, Ricardo López Murphy, José Luis Espert, Enrique Estévez, Luciano Laspina y Hugo Romero.

“Díganme: de los que estamos acá, ¿quiénes realmente vienen con espíritu constructivo para acordar y quiénes trabajan para que no haya Presupuesto?”, indagó Massa. El jefe de la Cámara de Diputados tenía a cargo la recolección de votos. Siempre fue optimista. “Andá pensando cómo vas a salir de esto”, le había sugerido Negri. “Vamos a suerte o verdad, pero va a salir”, confiaba el tigrense. Se supone que Máximo debía ayudarlo, pero se lo veía demasiado ensimismado. Massa procuraba mantener el semblante.

“Viste como es Sergio, se ríe siempre. No sabés cuándo le hacen los goles”, dijo uno de los diputados allí reunidos, casi con envidia. Massa ofreció negociar o agregar artículos al proyecto del Frente de Todos. La oposición, según él, pedía lo imposible. “No nos pueden cortar las piernas”, afirmaba. Entre otras concesiones, propuso incluir un ítem para que toda la recaudación impositiva que estuviera por encima del 33 % -la inflación proyectada por Martín Guzmán- solo pudiera ser usada por el Ejecutivo con previa aprobación del Congreso. No hubo muchos avances. Los legisladores volvieron al recinto para tantear a sus pares.

Catorce horas más tarde, el viernes a las 7.45, después de pasar toda la noche debatiendo, el panorama era todavía más sombrío para el oficialismo. Massa volvió a convocar a los jefes de bloques. Esta vez les mandó un mensaje a sus celulares. Les dijo que tenía un pedido de Alberto Fernández. Los reunió de urgencia. Tan de urgencia que se encontraron quince minutos más tarde en una pequeña sala que hay detrás del recinto, donde hay unos sillones de paso. Colocaron unas sillas de apuro porque eran muchos. Massa dijo: “Me llamó el Presidente y me pidió que les dijera que necesita tener el Presupuesto, que es indispensable para el acuerdo con el FMI”.

Máximo fumaba. Sus pares de la oposición no lucían más tranquilos. Juan López y De Loredo también encendieron un cigarrillo. Analizaron pasar a un cuarto intermedio hasta el martes para tener el fin de semana y poder seguir conversando. Los líderes parlamentarios de Juntos por el Cambio dijeron que tenían que consultar con el resto de los diputados.

Máximo volvió a enojarse, como si desconociera que los que estaban allí reunidos son mucho más dialoguistas que los que aguardaban en el recinto, un pecado que Ritondo no estaba dispuesto a perdonarle. “Ustedes son unos irresponsables, quieren dejar sin Presupuesto al Gobierno”, decía Máximo. Ritondo le reprochó que no era cierto que cuando gobernaban Vidal y Macri el kirchnerismo hubiera apoyado los Presupuestos. “Lo que pasa es que nosotros negociábamos”, le recriminaba.

Máximo puso los ojos en Massa y lanzó frases al aire: “Llamalo a Frigerio, llamalo a Monzó, llamala a Vidal... queremos que Vidal esté sentada acá. Que digan por qué le quieren voltear el presupuesto al Gobierno si ellos provocaron este desastre”. Kirchner vinculaba el Presupuesto con la negociación con el FMI por los 44 mil millones de dólares de deuda que contrajo Mauricio Macri. “Cuando venga el acuerdo al Congreso lo van a tener que votar con las dos manos”, desafiaba.

Máximo aceleró: “Ustedes ya tienen los votos para voltearnos la ley, con la complicidad de Graciela Camaño y del Topo Rodríguez”. Rodríguez estaba delante suyo. “Chau, buenos días”, se enojó el diputado. “Vení, vení, no te vayas”, le rogaron. No pudieron convencerlo. “Ayer no me dejaste hablar. Y hoy me retás. ¿Vos me retás a mí? “, le dijo a Máximo antes de abandonar el cónclave.

La posibilidad de ir a un cuarto intermedio sucumbía. Pero quienes estaban en esa pequeña sala prometían hacer el esfuerzo de convencer a sus bloques. Cuando regresaron al recinto, la mayoría de los opositores estaba de pie. Les contaron que el kirchnerismo había propuesto hacer un impasse. Los halcones del PRO estallaron de furia. Los 116 legisladores de Juntos por el Cambio se trasladaron al salón Delia Parodi para tratar de encarrilar el diálogo interno.

No pudieron. “Hay que matarlos”, “Hay que liquidarlos”, “Nos van a querer comprar” y “Ya les ganamos”, eran algunas de las frases. Waldo Wolff y Fernando Iglesias, que suelen ser los más combativos, eran relegados por Martín Tetaz. El economista saltaba y arengaba. “Perdón, voy a ser el antipático, pero así no podemos discutir”, dijo Juan López, la voz de Elisa Carrió en el Congreso. “No podemos darles aire si no nos ofrecen alguna seguridad de que van a cambiar el proyecto”, razonaba Monzó.

Una vez sentados de nuevo en sus bancas, Máximo les liberó las manos a los que dudaban. Su tono y sus acusaciones unificaron al ala dura y a la blanda de Juntos por el Cambio y a los opositores de otras fuerzas.

En la Casa Rosada y en el propio Congreso hubo desconcierto. Se preguntaban si Máximo había hecho todo para romper las negociaciones o si, acaso, se trata de un dirigente sin templanza para los momentos difíciles. No faltó quien se preguntara si la presidencia del bloque le queda grande. Voces intencionadas deslizaron que el hijo de Cristina debería pensar en renunciar a conducir el bloque con vistas a que habrá que seguir negociando ley por ley con la oposición. Cerca de Máximo negaron de modo terminante esa posibilidad.

Para Guzmán fue un baldazo de agua fría. Se transmitía desazón y enojo en el entorno del ministro. Cerca de Alberto acusaban a Máximo de soberbia. Las fotos de ayer en la Quinta de San Vicente fueron eso: fotos. No expresan lo que está pasando por la cabeza del Presidente cuando piensa en Máximo.

“No me jodan”, les dijo Massa a sus asesores cuando la ley naufragó. Se encerró en su despacho, solo, para hablar con Cristina y Alberto.

Tras 21 horas de sesión, la mayoría de los legisladores se iba con prisa. Cuando se cristalizó la votación, extrañamente, no hubo aplausos ni celebraciones irónicas. Ni siquiera de los halcones macristas, que se habían salido con la suya, pero entendían que no podían exacerbar los ánimos. Ya había habido demasiados gritos.

Cuando salieron a la calle, en la avenida Rivadavia hacía 25 grados. Buen momento para ir a apoyar la cabeza en la almohada.

Santiago Fioriti

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