Miércoles, 22 Diciembre 2021 13:33

Las extrañas urgencias de Alberto Fernández: trasladar la Capital y su reelección - Por Fernando González

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En medio de un país en bancarrota y tras una semana con golpes para el oficialismo, el Presidente retomó la idea de Alfonsín con Viedma y de ser candidato en 2023. 

Como les sucede a una buena cantidad de dirigentes peronistas, a Alberto Fernández lo inspira la figura de Raúl Alfonsín. De tanto en tanto expresa su admiración por el líder radical y no dudó en convocar a su hijo, Ricardo Alfonsín, para que se haga cargo de la embajada argentina en Madrid. 

En estos días, el Presidente ha sorprendido al país en crisis al admitir que le gustaría replicar uno de los proyectos más atractivos, pero más utópicos que intentó el protagonista de la primavera democrática de 1983: trasladar la capital bien lejos de Buenos Aires.

Hace una semana, Fernández ejercitó otra de sus digresiones políticas mientras la Argentina tambalea entre el 52% de inflación y el 44% de pobreza. “Todos los días pienso si la Capital de la Argentina no tendría que estar en un lugar distinto al de Buenos Aires”, dijo en voz alta y como si soñara Alberto, durante un acto en Monteros, ciudad ubicada en una zona de montañas en Tucumán.

Enseguida agregó que la capital que imaginaba debería estar en el norte para poner en valor a esa región del país. Lo miraban, sin poder disimular la estupefacción, el jefe de gabinete con licencia como gobernador Juan Manzur. Y el vicegobernador, a cargo de la gobernación tucumana, Osvaldo Jaldo. Metáfora del poder flexible en el Jardín de la República.

La iniciativa no produjo demasiado impacto. Apenas tuvo el respaldo del activista piquetero, Juan Grabois, quien sugirió hacer una consulta popular para ponerla en marcha. Y la del gobernador Jorge Capitanich, que aprovechó para proponer al Chaco (la provincia que gobierna) como el lugar ideal para la nueva capital. El resto de la dirigencia prefirió acompañar con el silencio. Todos entendieron.

La idea del traslado de la Capital vuelve a aparecer con los años. En 2014, el entonces ministro de Agricultura, Julián Domínguez, recogió un llamado al federalismo de Cristina Kirchner para plantear que podría llevarse la capital a Santiago del Estero. Y ya en tiempos de Mauricio Macri fue el ministro de Justicia, Germán Garavano, el que se permitió un minuto de nostalgia con el proyecto de Alfonsín.

Los videos de Youtube lo muestran al presidente radical el 15 de abril de 1987. Lleno de enjundia todavía y hablando desde un balcón del ministerio de economía rionegrino en Viedma para proponer a aquella ciudad como la próxima capital del país.

“Es indispensable crecer hacia el sur, hacia el mar y hacia el frío, porque fueron casi las señales de la franja que abandonamos; los segmentos del perfil inconcluso que subsiste en la Argentina”, gritó Alfonsín por los micrófonos estatales y cuando aún no había Internet.

Comparó el desafío con las posibles sensaciones de San Martín antes de cruzar la cordillera de los Andes y arriesgó que una mirada más atenta a la Patagonia podría haber mejorado la situación diplomática sobre las islas Malvinas.

La descripción rebosaba utopías y todo lo que pudo suceder es historia contra fáctica, pero cuánta diferencia a favor de Alfonsín en la contundencia del relato. Había ido a Viedma a anunciar su propósito porque, un día antes, Clarín había anticipado la noticia como primicia. Esa misma semana, un proyecto de ley aterrizó en el Congreso y arquitectos, constructores y burócratas comenzaron a viajar a la ciudad patagónica para poner en marcha un polo de desarrollo parecido al de Bonn en la Alemania de la posguerra, al de Canberra en Australia y, sobre todo, el del espejo de la Brasilia de Niemeyer en Brasil.

El nuevo Distrito Federal tendría 490.000 hectáreas, repartidas entre Viedma y Carmen de Patagones. Se construiría a lo largo de 12 años, con un presupuesto de 2.231 millones de dólares y se financiaría con la venta de la embajada argentina en Tokio. El diseño de los edificios preveía que el sol iluminara a cada uno de ellos durante cuatro horas. No parecía Argentina. No podía terminar bien.

El problema de Alfonsín fue que la economía se le empezó a desmoronar. El Plan Austral comenzaba a hacer agua y la inflación volvía a ser una amenaza. Las primeras quejas vinieron de algunos economistas, después del diputado peronista Antonio Cafiero, que crecía en las encuestas, pero el golpe de gracia se lo dio Alvaro Alsogaray. “Aunque se apruebe la ley en el Congreso, el traslado de la Capital a Viedma no se va a hacer”, atacó el creador de la Ucedé. Y así fue nomás. El proyecto cayó porque dejó de ser prioridad para el país en llamas.

Dos décadas después, Alfonsín le confesaría al periodista Mario Wainfeld que estaba arrepentido de no haber ido hasta el fondo. “Muchas veces me quiero romper la cabeza por no haberme ido a Viedma, aunque sea en carpa”, se resignó. El traslado de la Capital es otra de las asignaturas pendientes de un país que sobrevive en el día a día.

Aunque nunca se publicitó mucho, aquel proyecto de traslado de la Capital estaba embebido en una reforma de la Constitución, que incluía la reelección presidencial. Una instancia que Alfonsín, político al fin, imaginaba sin dudas para estrenarla él mismo.

Es extraño que Alberto Fernández, analista soñador del fallido traslado de la Capital al interior, no haya reparado en que la reelección también suena a utopía cuando los números de la Argentina solo describen a un país en bancarrota.

“Si las condiciones están dadas, voy a hacer lo posible por seguir gobernando”, le dijo este fin de semana el Presidente a Jorge Fontevecchia. En la semana previa se habían sucedido el fallo de la Corte Suprema sobre la Magistratura, la superioridad de la oposición en el Congreso y la indiferencia de los funcionarios del FMI en Washington.

La sola voluntad de quedarse en el poder es muy poco combustible cuando las urgencias de los argentinos quedan tan lejos.

Fernando González

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