Domingo, 26 Diciembre 2021 11:57

El verano que teme Martín Guzmán y la caza de brujas de los halcones opositores - Por Santiago Fioriti

Escrito por

La negociación con el FMI altera los nervios en Olivos. Kicillof fue a ver a Cristina a su casa. Siguen los enojos con Máximo. Y hay movimientos en la oposición. 

Hace algunos días, Axel Kicillof fue a visitar a Cristina Kirchner a su departamento de Recoleta. Mantuvieron una reunión muy larga, a solas, en la que él le contó los secretos de su plan de gestión para 2022 y en la que se terminó de blanquear que, después de las vicisitudes de los últimos tiempos, su mejor aporte al Frente de Todos será trabajar para su propia reelección en 2023. Adiós, por ahora, al sueño presidencial. 

Una vez que esos asuntos quedaron atrás, ella lo introdujo en el tema que realmente la desvela y con la que le toma el pulso a Alberto Fernández: la negociación del Gobierno con el Fondo Monetario. El gobernador insistió con dos frases. Una, anclada en sus principios: "Hay que acordar". La otra, en una obviedad: "Aun el mejor acuerdo traerá consecuencias".

Estas y otras reuniones reservadas que la vicepresidenta mantiene con sus asesores en materia de deuda -e incluso con economistas que no integran su círculo áulico- derrumban la hipótesis de que la jefa del espacio está dejando actuar con autonomía a Alberto y a Martín Guzmán, como intentan instalar con frecuencia en la Casa Rosada, donde ganan adeptos los funcionarios que en off the record aseguran que desde las elecciones el Presidente ejecuta sin consultar a su socia. Siempre es lindo volver a enamorarse. Algunos creen estar viendo al Alberto que hacía campaña en 2019.

Lo que Cristina en verdad no quiere, y esto ya había quedado claro en su última epístola pública, es pagar costos personales. Cuando eso amenaza con suceder, la lapicera es de Alberto. La vice, sin embargo, monitorea punto por punto el borrador del acuerdo porque está convencida de que de esa negociación dependerá buena parte de su suerte en 2023. Se pregunta a menudo si la maniobra, por acción u omisión, no terminará favoreciendo a un Horacio Rodríguez Larreta, por ejemplo. Sería trágico.

De tanto en tanto la saltan las dudas. Cuando eso ocurre lo hace ir a Guzmán a su despacho del Senado a aclarárselas. Las charlas nunca están exentas de tensión. El ministro se jacta de ser uno de los pocos que la contradice, por no decir que le hace ver cosas que ella desconoce. Guzmán no es tan dócil como al cristinismo le gustaría, pero ha tenido que acostumbrarse a deglutir sapos. El más grande para él, quizá, sea que nunca pueda dar un paso sin que ese paso pase antes por el prisma de la política. Por eso, piensa y maldice, aún no pudo cristalizar el tan ansiado acuerdo.

En público, Cristina continúa con una estrategia de diferenciación. Solo se pone seria cuando critica a la oposición, que asocia ineludiblemente a Mauricio Macri. Si las cámaras están encendidas prefiere mostrarse sonriente o bailando con artistas militantes, como en el brindis de fin de año, donde casi no hubo políticos, salvo un eufórico Federico Achaval, intendente de Pilar, que a la vez es hijo del socio de Cristóbal López en el millonario negocio del juego. La fiesta fue otra pieza perfectamente pensada y planificada, con estética cinematográfica, para el posterior goce en las redes sociales de su feligresía. Ella es la alegría. El ajuste es el otro.

Al ministro de Economía, que sigue mirando con ojos incrédulos este tipo de escenas autocelebratorias, no le generaría ningún dolor de cabeza si no fuera porque considera que ese mismo sector demora sus iniciativas, cuando no -directamente- las boicotea. Su enojo con Máximo Kirchner por la irascibilidad con la que negoció en Diputados el Presupuesto se mantiene. No solo el de Guzmán: también el de Massa -que habría tenido dos fuertes cruces con el hijo de Cristina, antes y después de aquella votación- y el de unos cuantos diputados del bloque K, que se preguntan si no sería mejor que le dejara la presidencia del bloque a un dirigente con mayor templanza.

Las metas del economista contemplaban un acuerdo con el FMI para antes de fin de año. Eso se habían jurado en la intimidad del poder. Hasta circuló una fantasía: que Alberto anunciara un cambio de era el 3 de enero, en homenaje al mismo día de 2006, cuando Néstor Kirchner canceló de un solo pago una deuda de 9.800 millones de dólares al FMI para que el organismo no condicionara el rumbo económico. No podrá ser.

Guzmán ahora teme un efecto que altere sus proyecciones en el verano. El miércoles, en la previa del feriado bancario por Navidad, tuvo la primera señal en contra, cuando el dólar blue dio un salto de $ 3,5 y llegó a $ 204. Si se profundizara la tendencia alcista y se estirara todavía más la brecha con el dólar oficial podrían verse afectadas las últimas tratativas con el Fondo.

Lo mismo si vuelve a subir la inflación, como se prevé, en enero y febrero. Será cada vez más difícil explicar la irrisoria meta del 33 % ya con el año en marcha. A ese cóctel se suma el delicado estado de las reservas del Banco Central. Se acaban de pagar vencimientos por 1.855 millones de dólares; en enero habrá uno por 716 millones; en febrero otro por 363; y en marzo viene una montaña gigante: 2.816 millones. Ese es el último plazo para cerrar.  

Es lógico que Guzmán razone, como lo hizo días atrás frente a los empresarios de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI) que en el Congreso hubo un comportamiento inmaduro. Se cuidó de dar nombres, pero dijo: "Los argentinos tenemos que trabajar como Estado y no como Gobierno".

El acuerdo que trama con el FMI, al cabo, tendrá que pasar por el Congreso. Si hay disputas con Máximo deberán quedar relegadas. Lo necesita para juntar los votos. La oposición está en plena ebullición también. Un error de cálculo podría generar una bola de nieve imparable.

Los bloques opositores en Diputados pasaron de la euforia de saberse poderosos (el día que impidieron la sanción del Presupuesto) a la decepción de perder de modo infantil una votación (la de Bienes Personales) en tan solo una semana. Hasta ayer se repartían las culpas por el traspié. Nadie puede explicar de modo certero cómo se impulsó un debate sin conocer cuántos legisladores estarían en condiciones de sentarse a sus bancas.

Hay quienes ven un correlato entre lo que pasó en los últimos siete días en el Congreso con lo que ocurrió entre las PASO y las generales. "Mientras nosotros dábamos la vuelta olímpica el Gobierno trabajaba para recuperarse. No siempre tienen éxito, pero trabajan sin descanso", dice uno de los legisladores anti-K más indignado con el rol de Juntos por el Cambio. La falta de conducción de la oposición en el Parlamento asoma evidente. Macri no se mete. Larreta no solo no se mete: huye. Y los radicales tienen una interna feroz.

En ese contexto de fragilidad, con un Congreso virtualmente empatado, y con algunos diputados que privilegian su vida personal por encima de su responsabilidad pública (en especial la radical Gabriela Brouwer de Koning, que se fue a Disney a solo diez días de haber asumido la banca), en la oposición ganan terreno los llamados halcones, anti-K furiosos que rechazan cualquier entendimiento.

"A los moderados nos miran con odio, mientras ellos se pelean por ver quién es más halcón", afirma uno de los legisladores dialoguistas que mantiene puentes con Máximo y Massa.

A ese universo de dialoguistas los halcones le han colocado una lupa astronómica. Registran sus movimientos con obsesión. Nadie se atreve a decir cómo sería la historia si se enteraran, por caso, de alguna negociación clandestina con el oficialismo, aunque más no fuera por la discusión de un proyecto. Hasta toman nota de cómo llama Massa a cada uno durante las sesiones.

"Cabezón", le dice el Presidente de la Cámara a Cristian Ritondo. De esas pequeñas diabluras también está hecha la política.  

Santiago Fioriti

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…