Domingo, 27 Febrero 2022 11:01

El encierro de Cristina Kirchner, los nervios de Martín Guzmán y la última bala de Alberto Fernández - Por Santiago Fioriti

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Las últimas maniobras de la vicepresidenta y la jugada que planea el Presidente para el 1° de marzo. Por qué el ministro de Economía sospecha de su equipo mientras se discute la suba de tarifas.

"¡Qué novedad! Ya sabemos que Cristina y Máximo están en contra, pero es esto o que caiga el acuerdo. Y nadie quiere ese final, salvo que nos empujen a un suicidio colectivo”. 

El que habla es uno de los tres funcionarios más importantes del Gobierno. Tiene en su celular el borrador del entendimiento con el FMI y otro con la redacción del proyecto que el Ejecutivo enviará al Congreso. De tanto en tanto abre los archivos y los mira para afirmar o contradecir alguna aseveración de su interlocutor: cada línea abre un debate, cada párrafo puede derivar una tempestad en la interna del Gobierno, pero el funcionario dice que el tiempo de las deliberaciones se agotó. Que caminos alternativos no hay. Que es tarde para lágrimas.

La iniciativa iba a presentarse, y ya se había hecho demasiado angustiante para el nivel de ansiedad que se respira en el poder, a principios de la semana que acaba de terminar; luego se dijo que sería el miércoles; más tarde se habló del viernes y, caído el último plazo, Sergio Massa pidió que el lunes se mantenga abierta la mesa de entrada del Parlamento, a pesar del feriado de carnaval. El proyecto quedó atrapado en una telaraña cada vez más brumosa que arrastra a la Casa Rosada y al Congreso: las diferencias entre Cristina y Alberto Fernández o, acaso peor, el no diálogo en la pareja presidencial.

Si el primer mandatario cumple la promesa que en las últimas horas le hizo a su círculo íntimo, el martes podría concurrir a la inauguración de las sesiones ordinarias en el Congreso con una sorpresa: la argumentación de una serie de medidas que tienden a congraciarse con el FMI. Habrá que ver para creer. Eso equivaldría, de manera inmediata, a potenciar el enfrentamiento con su socia. Aumento de tarifas a los servicios públicos por encima de lo que tolera el cristinismo y quita de subsidios energéticos, por ejemplo.

El Fondo quiere incrementos por sobre la inflación, o sea, subas que tengan un piso del 60%. Pero también impulsa una merma considerable en los subsidios. Martín Guzmán está de acuerdo. En 2021, el Estado destinó 11 mil millones de dólares. Para que se tenga una idea: de cada 1.000 pesos que llegan en las boletas de gas, 700 los absorbe el Gobierno y solo 300 el consumidor. Sobre ese desequilibrio caen los efectos devastadores de una guerra que recién comienza. Tras la invasión rusa en Ucrania, el petróleo se disparó a valores no vistos desde 2014 y el costo del gas entrará en una curva ascendente porque Rusia es el principal proveedor de Europa.

En sus últimas charlas con el Fondo, a instancias de un diálogo previo con Fernández, Guzmán les prometió a los técnicos que las subas no estarían nunca por debajo del 40 %. Quizás ese número, incluso, requiera un nuevo toque hacia arriba por el contexto internacional. Cristina quiere que no superen el 20%, que fue lo que se anunció hasta hoy.

Darío Martínez, el secretario de Energía, contradijo a Guzmán, como si se alternaran los roles jerárquicos. Declaró dos veces en menos de 48 horas que ese 20% será el único que habrá durante 2022. Martínez siempre intentó mostrarse como un mediador entre los intereses del albertismo y el cristinismo. Parece que ahora tomó partido. Más piedras en el sendero de Guzmán.

El ministro de Economía comienza a abandonar su postura zen frente a las recurrentes crisis que lo azotan. En los pasillos del Palacio de Hacienda se preguntan hasta dónde se puede seguir soportando funcionarios que se muevan como si pertenecieran a otro ministerio. El episodio Basualdo no terminó. Guzmán cree que es indispensable quitárselo de encima para avanzar en más incrementos. Nunca se le fue el rencor. ¿Qué pensará ahora de Martínez? Guzmán propone, pero Cristina dispone. La pelea la sigue ganando ella.

El martes, una lupa gigante se posará sobre Alberto y su vice. Será la tercera vez que compartan el estrado el 1° de marzo. En la primera solo se prodigaban sonrisas; en la segunda, ella ya lo había conminado en privado y en público y había trastocado el funcionamiento del Gabinete; en la de pasado mañana llegarán definitivamente enfrentados. Él lo intentará disimular frente a las cámaras. Incluso, si es necesario, dirá que los quieren hacer pelear, como si las cartas y el portazo de Máximo hubieran sido inventos de los periodistas. Es su estilo. La gran duda es cómo se comportará ella.

Alberto promete revelar pinceladas del plan que irrita al sector más duro del Frente de Todos. En su entorno creen que es su última chance de hablar cara a cara con los argentinos. Su última bala. El antropólogo Alejandro Grimson y el filósofo Ricardo Forster, que trabajan en la cadencia del texto, recibieron varias sugerencias. Entre ellas, abrir la discusión a la sociedad, generar conciencia y tratar de hacerla cómplice de la etapa que viene. El entendimiento con el Fondo es inevitable. El ajuste, también. ¿Y si Cristina se opone? Que se sepa. Que quede claro a la vista de todos qué piensan uno y el otro.

Los antecedentes que han marcado la gestión hasta hoy obligan a sospechar sobre si lo que se dice detrás del telón terminará siendo efectivamente así. Es válido preguntarse hasta dónde se animará el primer mandatario a promover iniciativas sin el consentimiento de la jefa del espacio. Hasta dónde, para decirlo con sus propias palabras, el Presidente es él. La Casa Rosada admite que desconoce qué posición tomarán Kirchner y sus aliados cuando haya que apretar el botón de sus bancas.

Mañana se cumplirá un mes del anuncio del entendimiento con el FMI. Es el tiempo que lleva Cristina en silencio. Hasta ha dejado de usar las redes sociales. Por primera vez, ni siquiera agradeció los saludos por su cumpleaños, el número 69, el 19 de febrero. Tampoco se refirió a la invasión rusa en Ucrania. Mucho menos a la renuncia de Máximo a la presidencia del bloque de Diputados. Ese mutismo al principio era celebrado por los albertistas, que lo consideraban su mejor aporte en medio de las negociaciones. Hoy es una amenaza permanente, una soga en el cuello siempre a punto de ajustarse.

“¿Sabés lo que es para Alberto convivir con ese silencio sabiendo que en cualquier momento aparece una carta?”, se pregunta uno de los dirigentes más trascendentes de La Cámpora, que -después de varios mensajes a su Telegram- responde que solo puede contestar sin que se lo identifique. Gabriela Cerruti, la portavoz de Alberto, podría darle alguna clase. Aunque en el Gobierno -dicen que con su guiño-, hay ministros que esta semana hablaron varias veces en off. Como todo el mundo sabe, hay off the récords buenos y hay off the récords malos.

Cristina no para de cuestionar el preacuerdo por la deuda. Es, ciertamente, un tema que la obnubila. Desde siempre. Así como existen cuestiones de las que se desentiende -la inseguridad, por ejemplo- en otros nunca saca los ojos de encima. La Cámpora y Axel Kicillof, con el que la vicepresidenta se reunió el miércoles en su despacho del Senado, la respaldan en su enojo. Hacen fila para criticar a Guzmán y al mismo Alberto. “No hay nada bueno que se pueda mostrar y encima nos dicen que es un buen acuerdo”, se quejan.

Insisten con que el Fondo violó todos los estatutos a la hora de otorgar el préstamo más grande de su historia a un país en la era Macri y que ahora el organismo se salió con la suya para exigir la devolución de los 42.500 millones de dólares, como si aquello no hubiera ocurrido. Para colmo, Alberto y su equipo de comunicación han ayudado a disuadir la herencia macrista. Eso piensa Máximo. Lo comentó, hace muy poco, en una reunión. El diputado leyó los números de una encuesta: el 40 % de la gente considera que el problema de la deuda es de Macri; un 20 % no sabe o no contesta; pero el otro 40 % considera que es culpa del kirchnerismo.

Bajo esa lluvia de críticas, el proyecto ingresará a Diputados en las próximas horas. Máximo logró que no se filtre qué tiene pensado hacer. Tampoco es fácil adivinar qué hará el ala sindical no camporista, que cuestiona el acuerdo. La discusión no pasa solo por saber si sale la ley. Se supone que saldrá. La discusión es cómo y por cuánto. Alberto le reza a la oposición. Está por verse si criticará al macrismo en su discurso. ¿Sería conveniente?

Tampoco hay mayores certezas en la Cámara de Senadores. Desde hacía varias semanas, los senadores le pedían a su jefe de bloque, José Mayans, una reunión para discutir la posición oficial. Mayans se sinceró por chat con uno de ellos: “No la convoco porque no sé qué decirles. Hay tantas diferencias...”. La reunión, al final, se hizo el jueves. Tenía razón Mayans. No valía la pena.

Cristina. A ella miran. A ella escuchan y a ella le harán caso. La vice no quiere el default, pero tampoco desea quedar pegada a un proyecto de ajuste. En la intimidad reitera que no quiere ser ni Chacho Alvarez ni Julio Cobos. Que no renunciará ni traicionará a nadie.

Santiago Fioriti

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