Miércoles, 16 Marzo 2022 11:41

Los cambios profundos y los falsos supuestos de la política argentina - Por Sergio Berensztein

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A pesar de lo que comúnmente cree la clase política, una encuesta revela que la mayor porción de la población espera modificaciones clave y rápidas. Incluso, está dispuesta a hacer algunos sacrificios si fueran necesarios. 

En la política, a menudo predominan ciertos consensos o lugares comunes que no siempre se convalidan en el mundo real. Se trata de supuestos que parecen irrefutables, pero que no se someten a ningún tipo de análisis empírico. Parten de las creencias, prejuicios y miedos que anidan en la dirigencia política, o de lecturas sesgadas y parciales que se han hecho sobre experiencias pasadas (de la Argentina o del mundo), y en función de ello se terminan generando errores de percepción respecto a lo que la sociedad opina sobre un determinado tema. 

Uno de esos supuestos es que la sociedad argentina no estaría dispuesta a aceptar cambios profundos, incluyendo un reacomodamiento de las cuentas públicas o reformas estructurales (en materia jubilatoria, laboral, etc).

Todos recuerdan (más aún luego de las piedras de la semana pasada) que en 2017 cuando el Congreso trató el cambio de la fórmula para el cálculo de la movilidad jubilatoria, en la plaza se vivieron escenas dantescas, con enfrentamientos muy violentos entre los manifestantes y la policía. “Nos tiraron 14 toneladas de piedras”, dijo por entonces Patricia Bullrich.


Encuesta Irol Berensztein

Sin embargo, pocos atienden al hecho de que este tipo de rechazos violentos corresponde a minorías muy marginales que, además, son rechazados en su comportamiento por la gran mayoría de la ciudadanía. Se suma el hecho de que ambos episodios de violencia (los de 2017 y la apedreada contra el despacho de Cristina Kirchner del jueves pasado) se produjeron por la falta de previsión al preparar los operativos de seguridad. Si se hubiesen proyectado de otra manera, probablemente los disturbios no hubiesen alcanzado tal escala. Lo que termina sucediendo es que la política obtiene a partir de estos y otros episodios conclusiones demasiado apresuradas e instala la idea de que “no se puede”.

Qué dicen las encuestas sobre la percepción de la gente sobre los cambios

Un sondeo de D’Alessio IROL – Berensztein pone de manifiesto que estos supuestos son, al menos, cuestionables. El estudio se realizó en febrero de forma online con 1022 personas, mayores de 18 años, de todo el país. Se les pidió a los participantes que indicaran si estaban de acuerdo o en desacuerdo con una serie de afirmaciones. Los resultados sugieren que, contrario a lo que podría pensar buena parte de la clase dirigente (incluyendo no solo dirigentes políticos, sino también sindicalistas, empresarios o periodistas), la mayor porción de la población espera cambios profundos y rápidos, no les teme a estos, se manifiesta en contra del “gradualismo” e incluso está dispuesta a hacer algunos sacrificios si fueran necesarios.

Por supuesto que, dado el momento tan particular que atraviesa nuestro país, estos resultados deben ser leídos con prudencia. Por el estancamiento de una década, la falta de perspectivas, el pesimismo y el malestar general, los argentinos quizás afirman que están dispuestos a enfrentar cambios profundos, pero cuando llegan las consecuencias reales del ordenamiento, puede haber fuertes quejas (como está comenzando a suceder con el aumento en las tarifas de servicios públicos). No obstante, hay que tener en cuenta que parece haber una masa crítica de la opinión pública que cuestiona la actual realidad. Y este es un punto de partida fundamental para afrontar las reformas que la Argentina necesita.


Encuesta Irol Berensztein

De hecho, estos niveles de aceptación para nada despreciables se logran sin que la política tenga la visión y la capacidad de explicarle a la sociedad qué se puede ganar en el mediano y largo plazo. Si existiese una narrativa distinta, con perspectivas más o menos claras, sin negar los costos, pero explicando los posibles beneficios frente al actual horizonte de absoluta mediocridad, el apoyo para encarar las eventuales reformas sería presumiblemente mayor.

En el mismo sondeo, se consultó a los participantes por la preferencia de la orientación política del próximo presidente. Los resultados muestran que la ciudadanía preferiría un candidato de centroderecha, con un fuerte repudio hacia los candidatos de extrema izquierda y extrema derecha. Con el kirchnerismo al frente, el autodenominado “progresismo” tuvo dos décadas de predominio en la Argentina, pero parece ahora estar cediendo terreno frente a otras alternativas: perdió competitividad electoral y no encuentra referentes que puedan ordenar la tropa (como indudablemente lo podía hacer Cristina en el pasado).

Ni siquiera tiene figuras internacionales con las cuales referenciarse, como sucedía con Lula da Silva, Evo Morales, Rafael Correa o Hugo Chávez. Aunque algunos quieran señalar hacia Chile, queda claro que, por muchas razones, Boric no es un líder con atributos kirchneristas. Ese tipo de paradigma nacional-populistas con tintes izquierdosos parece que ha dejado de ser hegemónico en la Argentina. Incluso dentro del Frente de Todos estos segmentos parecen quedar aislados, y pisan con mayor fuerza dirigentes más moderados como Sergio Massa, Juan Manzur y gobernadores como Sergio Uñac.

Y hasta el propio Alberto Fernández pretende instalar la idea de su eventual reelección luego del decisivo quiebre con los sectores duros del entramado K.

Estamos, entonces, frente a una situación que si es capitalizada inteligentemente por los próximos lideres políticos podría derivar en un programa más ambicioso de reformas estructurales o, por lo menos, en una visión más integral de lo que hay que hacer en la Argentina. Es preciso eliminar los miedos que generalmente predominan cuando se plantea esto en la política. El problema es cuando los errores de percepción respecto a lo que la sociedad espera se transforman en verdaderas barreras que limitan, sin ningún sentido lógico, el margen de maniobra.

Sergio Berensztein

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