Ese recorrido me dio una visión de cómo operan los distintos poderes del Estado y cómo el funcionamiento institucional impacta en múltiples dimensiones del desarrollo del país. Pero acá intentaré explicar, con algunas anécdotas de los distintos momentos políticos de estos años, por qué muchas veces como diputado nacional tuve la sensación de que todo es más precario de lo que parece..
Lo precario del poder fue mi primera impresión fuerte a poco de asumir como diputado, y eso que lo hacía en diciembre de 2017, con varios años previos como asesor en la cámara y en el marco del gobierno más profesional de la historia de la democracia.
El oficialismo tenía reuniones periódicas de seguimiento del Congreso, donde las autoridades de cada cámara y los referentes de los bloques parlamentarios de Cambiemos nos reuníamos en Casa Rosada con el Jefe de Gabinete, los secretarios de la Jefatura y el ministro del Interior. Era un gobierno en minoría que intentaba planificar su tarea legislativa y también anticiparse a cada embestida de la poderosa oposición kirchnerista.
Debuté con las sesiones de las toneladas de piedras. En la segunda pudimos sacar la modesta fórmula previsional, indispensable ya que reducía el rezago del ajuste inflacionario, protegiendo mejor a los jubilados, y cuidaba las finanzas públicas para acompañar un proceso de estabilización económica. En esas semanas, además, aprobamos el nuevo consenso fiscal y otras modificaciones tributarias virtuosas.
Era un gobierno en minoría que intentaba planificar su tarea legislativa y también anticiparse a cada embestida de la poderosa oposición kirchnerista.
El clima en la calle no era fácil. En la madrugada de la segunda sesión entré sin anunciarme a una de las oficinas de la presidencia de la Cámara; para mi sorpresa ahí estaban, entre otros, el jefe de Gabinete, la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, el jefe de Gobierno de la Ciudad y el vicejefe comandando el difícil operativo de seguridad. Me sorprendí, saludé y me fui. La mayoría de los diputados o la prensa no sabíamos que ahí estaban algunas de las máximas autoridades del país en una especie de comité de contingencia permanente durante toda la sesión en el lugar donde se definían las cosas.
Mis sentimientos eran encontrados: veníamos de una sesión fracasada y de días de reuniones intensas con los supuestos aliados del gobierno donde vi de primera mano cómo algunos gobernadores ponían excusas inverosímiles y cómo, con paciencia y determinación, se volvieron a conseguir los acuerdos. Por eso me tranquilizaba que hubiera una mesa de decisión a disposición en el lugar de los hechos, pero, al mismo tiempo, que eso fuera necesario no dejaba de inquietarme.
La historia es conocida: el gobierno no fue reelecto, pero en esos dos años de diputado oficialista de un gobierno a la defensiva se sucedieron decenas de reuniones donde decidíamos cosas muy relevantes y no siempre los actores políticos presentes estaban con toda su conciencia ahí.
Desde quien jugaba a algún juego en su celular, el que estaba distraído, el que estaba enojado u ofendido por una razón “política” de la que no siempre los demás estaban al tanto o algún otro preocupado por algún tema personal. Siempre el factor humano incidía, por más que tuvieras todo el método para planificar. Pero aunque no todos estuvieran con su mayor lucidez había que resolver en cada reunión cosas relevantes: cuando se gobierna no se debe procrastinar.
En diciembre de 2019 me tocó ver asumir al gobierno de la revancha fallida, probablemente a uno de los más precarios de la historia, que nunca tuvo una regla clara de decisión para las facciones que lo integraban: la precariedad era la regla. A fin de año tratamos su ley ómnibus que disponía varias emergencias, donde sobre todo se creaban y aumentaban impuestos. Hasta ese momento yo había hablado poco en el recinto.
Mi rol había sido más el de un delegado de la líder del partido que presidía mi bloque. Además, para hablar había que superar el “pánico escénico” que muchas veces produce ese lugar. Pero en esa sesión quise hablar; los gritos en mi contra de una diputada oficialista me hicieron subir la voz y terminar más arriba mi discurso. Esa situación marcó mi rol los siguientes cuatro años. En el Congreso te podés ganar un lugar de distintas maneras, no son tantas. En mi caso, al conocimiento de la Constitución y el reglamento y, en muchos casos, el estudio de los temas, de tanto en tanto le sumé un lugar con los discursos en el recinto. Sin darme cuenta construí un personaje serio y enojado como escudo para la arena pública más hostil de la política argentina. Eso me alivianó la tarea.
Sin darme cuenta construí un personaje serio y enojado como escudo para la arena pública más hostil de la política argentina.
El escudo, si bien dificultó, no me impidió vincularme con los adversarios y comprobar que todo era mucho más frágil de lo que había creído y conocido. El nuevo presidente de la Cámara nos convocaba a los presidentes de bloque de Juntos por el Cambio bastante seguido a conversar sobre el funcionamiento del Congreso. Estábamos atravesando la pandemia; por otro lado, la relación de fuerzas en Diputados, afortunadamente, era muy pareja.
Otra vez comprobé que emociones y comportamientos poco registrados estaban presentes en las grandes discusiones de Estado que, en definitiva, era lo que teníamos en esas reuniones. Seguramente el microclima del Congreso y de la política nos invadían, pero fueron un ámbito útil para entender a la mayoría de los actores sin hacer solo suposiciones basadas en un análisis más distante; el riesgo era ser engañados, tomé mis precauciones.
No tengo dudas de que, más allá de la relación de fuerzas, ahí encontramos elementos subjetivos para cumplir el objetivo de que el cuarto gobierno kirchnerista no subvirtiera de hecho el orden constitucional y amortiguar el daño a la economía que estaban haciendo.
Logramos poco en la segunda tarea, apenas evitando un “impuesto extraordinario a la renta inesperada” que pretendía ser permanente después de que en 2020 se había aprobado por única vez un “Impuesto a las Grandes Fortunas” (llamado Aporte Solidario y Extraordinario). Por otro lado, aprobando el acuerdo con el FMI nos mantuvimos dentro del sistema y, desde mi punto de vista, logramos que no nos llevaran a las garras de los que se aprovechan de las naciones fallidas.
Frenar al Senado
En la primera tarea, en cambio, creo que estuvimos a la altura: esquivamos todas las medias sanciones de leyes que nos mandaban desde la conducción del Senado: la reforma judicial, la del Ministerio Público, la ampliación de la Corte y finalmente el juicio político a toda la Corte Suprema, entre muchos otros ataques al Poder Judicial, por ejemplo. En eso ganó el país porque no destruimos la seguridad jurídica que nos puede dar este Poder Judicial, hay que mejorarla. Pero los riesgos estaban siempre presentes de un lado y del otro de la vieja grieta política.
En ese mundo de la precariedad lo diligente fue avanzar con determinación y eventualmente algo de temeridad en el sentido que se cree correcto; así se logran los objetivos aunque con mucho desgaste. Porque lo frágil siempre es riesgoso, pero aprovechar la precariedad de los demás puede ser una oportunidad y creo que se aprovechó bien, pero ese sistema no es sustentable.
Contar lo que se evitó, y más desde un punto de vista subjetivo, puede parecer poco. Además no es atractivo recordar este contexto de cuatros años perdidos en los que se hizo tanto daño, pero quienes registramos la fragilidad de nuestro sistema creemos haber podido lograr gran parte de la tarea porque, más allá de nuestra realidad particular, las democracias en el mundo son frágiles, y teníamos que cuidar la nuestra. No la pudieron romper.
La Ley Bases fue la experiencia legislativa más intensa, precaria y fascinante que me tocó vivir en el trámite de la sanción de una ley.
El gobierno de La Libertad Avanza fue otro desafío enorme donde la precariedad fue una de las principales protagonistas. No es un señalamiento malicioso. La Ley Bases fue la experiencia legislativa más intensa, precaria y fascinante que me tocó vivir en el trámite de la sanción de una ley. Personalmente estaba convencido de que nuestro deber era que alguna versión de esa recopilación jurídica extensa saliera, pero el trabajo era inabordable. El tamaño de la ley, la diversidad de temas, la oposición en shock y el clima que generaba el presidente de la Nación y su modelo de comunicación hacían de ese proceso una tarea imposible.
El registro de la fragilidad de la situación y rasgos de mi personalidad me impulsaban a sentir la responsabilidad de colaborar frente al problema en el que, en definitiva, nos encontrábamos todos. El Congreso era protagonista, el oficialismo no estaba ni cerca del número necesario, sus diputados no conocían el contenido del proyecto y la expectativa de que la ley pasara era cada vez más grande y ponía en tela de juicio la gobernabilidad y, en definitiva, el plan de estabilización económica que recién comenzaba.
Pocas veces los vínculos personales previos y los construidos rápidamente en esos días fueron tan determinantes para poder abordar lo inabordable. Y eso ocurrió tanto entre los diputados de distintos bloques como con los funcionarios del Poder Ejecutivo.
Por nuestra parte, después de un año electoral intenso en el que la alianza a la que pertenecíamos hacía más de ocho años había salido tercera y acababa de desaparecer, en la Coalición Cívica armamos un equipo grande de trabajo para estudiar el DNU 70 y la nueva ley. Fuimos rigurosos, hicimos aportes, pensamos alternativas, hicimos críticas y definimos qué podíamos y qué no podíamos acompañar. Conversamos con paciencia con distintos actores del gobierno y de los bloques dialoguistas en las eternas reuniones de trabajo en la presidencia de la Cámara de Diputados; también tuvimos conversaciones más puntuales.
Más de una vez un comentario previo a la reunión, una muestra de comprensión, un gesto que calmara la tensión fueron claves. Otras veces entender técnicamente lo que se discutía hacía la diferencia. Por supuesto los prejuicios ideológicos o las suposiciones o conjeturas no siempre correctas de ambos lados hacían que el proceso retrocediera más de una vez. Las anécdotas son muchas.
Después de seis meses de tratamiento legislativo la ley salió y la gobernabilidad superó el estrés, pero el desgaste del oficialismo y de todos fue enorme. Sabemos cómo siguió la historia; lo que no conocemos es la precariedad de la situación que en mayor o menor medida disimulamos todos para cuidar las reglas de la democracia.
Concluir que todo fue un problema de inexperiencia del oficialismo es una simplificación: fue un problema general de la propuesta inicial y, sobre todo, de que no había sido prevista ninguna dinámica de trabajo. La que se encontró fue paso a paso y de manera artesanal. Las dinámicas usuales y conocidas no podían abordar la situación.
Muchas veces idealizamos el poder, suponemos que es una mecánica impresionante, diseñada con previsión, que funciona siempre mejor o peor según las habilidades de quienes ocupan los lugares. Mi experiencia, después de haber recorrido una pequeña porción del poder donde participé de decisiones y vi cómo funcionan cada una de las ramas del Estado, me lleva a concluir que mi primera impresión era correcta: todo es mucho más precario, o tal vez simple, de lo que uno cree.
Sin embargo, cuando los lugares los ocupan personas con tanto habilidades blandas como conocimiento técnico, que tratan de salir de los microclimas tóxicos de la política, que analizan con distancia, pero sin hacer suposiciones sobre cuál es la verdadera intención del adversario, las cosas funcionan mejor. Mientras eso no suceda, el diseño institucional es clave para que no se rompa el sistema republicano que garantiza la libertad de todos. Pero hasta que las ciertas habilidades de los legisladores no sean más trabajadas y valoradas no habrá nada que mejore el Congreso Nacional.
Abogado (UBA). Diputado nacional (Coalición Cívica, PBA)

En mis ocho años como diputado, que se terminan la semana que viene, aprendí que el poder no es una gran máquina aceitada sino algo mucho más frágil y dependiente de las personas que lo tienen. 