Viernes, 09 Octubre 2026 01:51

La rebelión cambió de manos - Por Osvaldo J. Capasso

Hace más de cuarenta años llegó a mis manos La alternativa, de Roger Garaudy. Era otro mundo y también era otra juventud. Las palabras revolución, socialismo y liberación conservaban una fuerza que hoy resulta difícil imaginar.

La rebeldía parecía pertenecer a la izquierda y quien pretendiera cuestionar el orden establecido debía hacerlo, casi necesariamente, desde ese lugar.

 

Garaudy conocía el marxismo desde adentro. Precisamente por eso pudo advertir que una doctrina nacida con la promesa de liberar al hombre podía terminar sometiéndolo a una burocracia que decía representarlo.

La cuestión no consistía solamente en determinar quién era el propietario de los medios de producción. El problema era mucho más profundo: ¿Qué lugar ocupaba el hombre dentro de aquel sistema construido, supuestamente, para servirlo?

Si el empresario era reemplazado por un funcionario, pero el individuo continuaba obedeciendo decisiones tomadas desde lugares cada vez más lejanos, la revolución solamente habría cambiado de administradores.

Han transcurrido muchas décadas y la rebeldía cambió de manos.

Una parte importante de los jóvenes que antes hubiera dirigido su protesta contra el capitalismo hoy se rebela contra el Estado. Ya no se siente representada por los sindicatos, los partidos tradicionales ni las organizaciones sociales que aseguran defender derechos colectivos.

Ha visto demasiadas veces cómo la igualdad prometida terminaba distribuyendo privilegios, cómo se hablaba en nombre de los pobres mientras aumentaba la pobreza y cómo quienes condenaban al mercado utilizaban al Estado para enriquecerse o permanecer en el poder.

Javier Milei no inventó ese malestar. Lo interpretó y le dio un lenguaje.

Durante décadas se presentó al Estado como la única protección posible frente a la injusticia. Milei se atrevió a invertir la pregunta: ¿qué ocurre cuando es ese mismo Estado el que fabrica la decadencia, destruye la moneda, castiga a quien produce y convierte la necesidad en una herramienta de sometimiento?

La pregunta resultó demoledora porque millones de argentinos conocían la respuesta.

Ahora bien, el fenómeno no se agota en nuestro país ni puede explicarse únicamente desde la economía. Las ideas vinculadas con las nuevas derechas crecen en América Latina, Europa y los Estados Unidos, aunque no todas ellas sean idénticas ni respondan al pensamiento libertario.

Algunas sostienen la libertad de mercado; otras son proteccionistas. Unas buscan reducir el Estado y otras fortalecerlo en materia de seguridad, inmigración o defensa de determinados valores tradicionales. Pero, a pesar de sus diferencias, confluyen en un punto: la desconfianza hacia las élites políticas y culturales que durante años pretendieron establecer qué debía pensar, decir y hasta sentir el ciudadano.

Cuando cayó la Unión Soviética, Fukuyama creyó advertir el final de la historia. El comunismo había sido derrotado y la democracia liberal aparecía como el destino definitivo de la humanidad.

Pero la historia no terminó. Como hubiese señalado Hegel, aquella aparente victoria produjo su propia contradicción y el conflicto se trasladó hacia otro territorio.

La izquierda lo había comprendido mucho antes. Gramsci sabía que para conquistar el poder no era suficiente ganar una elección. Previamente había que ocupar los lugares donde una sociedad construye su sentido común: la educación, la cultura, el lenguaje, los medios de comunicación y las instituciones.

La vieja derecha, mientras tanto, se conformó con discutir impuestos, administrar balances y prometer una gestión más eficiente. Creyó que podía gobernar la economía mientras otros educaban a sus hijos, alteraban el significado de las palabras y decidían qué ideas podían expresarse sin recibir una condena pública.

En ese contexto debe analizarse el planteo de Agustín Laje. Tanto en Globalismo como en la nueva versión de La batalla cultural, advierte que una fuerza política puede ganar una elección y, sin embargo, continuar viviendo dentro de una cultura construida por sus adversarios.

De allí surge una diferencia que no es menor. Milei llevó la rebelión contra el estatismo al terreno electoral. Laje señala que esa transformación difícilmente pueda sostenerse si permanece intacta la estructura cultural que justificó y alimentó aquel estatismo.

Es decir, no alcanzará con ordenar las cuentas públicas si se continúa enseñando que la libertad es egoísmo, la propiedad un despojo, la familia una estructura de dominación y la fe apenas un residuo de épocas oscuras.

La Escuela Austríaca también ha sido analizada casi exclusivamente desde su perspectiva económica. Sin embargo, detrás de su crítica a la planificación existe una concepción filosófica mucho más amplia.

El conocimiento se encuentra disperso entre millones de personas. Cada una conoce sus necesidades, capacidades y circunstancias mejor que cualquier funcionario. Ninguna autoridad puede reunir la totalidad de esa información y organizar desde arriba la vida de los demás.

Eso no significa que cada individuo elija siempre correctamente. Significa que el error de una persona no convierte al planificador en omnisciente.

Como católico encuentro allí un principio que excede a la economía. Dios concedió al hombre libre albedrío, aun sabiendo que podía apartarse de Él y escoger el mal. Si el propio Creador no convirtió al ser humano en una criatura programada para obedecer, ¿con qué fundamento puede un gobernante atribuirse el derecho de decidir permanentemente en su lugar?

Kant sostuvo que el hombre debía ser considerado siempre como un fin y nunca únicamente como un medio. El cristianismo había ubicado mucho antes esa dignidad en un fundamento superior: el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios.

Por ello, su valor no proviene del Estado, del mercado, de un partido político ni de la utilidad que pueda representar para otro. Tampoco puede ser reducido a contribuyente, consumidor o cliente electoral.

Esta concepción de la libertad se encuentra muy alejada de la interpretación que convirtió el Evangelio en un programa político y la caridad en una partida presupuestaria.

Me encuentro apartado de las consecuencias doctrinarias y pastorales del Concilio Vaticano II y, con mayor razón, de los sacerdotes tercermundistas que pretendieron encontrar en la lucha de clases una prolongación del mensaje de Cristo.

Jesús nunca necesitó convertir al pobre en un sujeto revolucionario para reconocer su dignidad. Tampoco predicó el resentimiento contra quien poseía bienes. Exigió una conversión interior, responsabilidad personal y amor al prójimo.

No encomendó al César la construcción del Reino de Dios.

Mucho antes de aquellas interpretaciones, la propia doctrina católica había desarrollado el principio de subsidiariedad. Aquello que pueden realizar las personas, las familias y las asociaciones intermedias no debe ser absorbido por una organización superior.

La solidaridad existía antes que los ministerios, los planes sociales y los intermediarios. Nacía de la familia, de la parroquia, de las asociaciones y de personas que ayudaban con sus propios bienes.

Una cosa es asistir a quien lo necesita y otra muy distinta construir deliberadamente su dependencia. En el primer caso existe caridad. En el segundo, poder.

El peronismo se apropió de la expresión justicia social hasta convertirla en una especie de patente partidaria. El kirchnerismo agregó luego la lógica desarrollada por Laclau: para construir un pueblo resultaba necesario señalar permanentemente a un enemigo.

Así se dividió a la sociedad entre quienes supuestamente representaban los intereses populares y aquellos que debían ser expulsados moralmente de ella. El adversario dejó de ser alguien con quien discutir y se convirtió en una persona a quien había que silenciar.

Pero hubo algo todavía más grave. La pobreza dejó de ser solamente un problema que debía resolverse y pasó a constituir una base política que convenía administrar.

En esos términos no resulta extraño que una sociedad cansada de semejante dinámica haya girado hacia quien prometía terminar con ella.

Sin embargo, sería ingenuo creer que una fuerza queda a salvo de las tentaciones del poder por el solo hecho de presentarse como libertaria.

Maquiavelo comprendió que quien alcanza el poder comienza inmediatamente a pensar en la forma de conservarlo. La advertencia también alcanza a quienes apoyamos el cambio iniciado por Milei.

Terminar con una casta no concede el derecho a construir otra.

La libertad no puede limitarse a pagar menos impuestos, aunque dejar de ser saqueado por el Estado constituya una condición indispensable. Tampoco consiste en hacer cualquier cosa sin asumir sus consecuencias.

La libertad separada de la responsabilidad termina siendo otra forma de esclavitud.

Y aquí cobra nuevamente sentido aquella lectura de Garaudy.

Su alternativa no puede ser trasladada mecánicamente al presente, ni mucho menos utilizada para justificar el regreso a un Estado omnipresente. Pero conserva una pregunta que ninguna escuela económica ni fuerza política debería eludir: ¿qué clase de hombre estamos formando?

Milei abrió una puerta que durante años pareció clausurada. Frente al Estado que pretendía resolverlo todo y terminó destruyendo casi todo, devolvió al individuo la posibilidad de pensarse como protagonista de su propia vida.

Pero atravesar esa puerta exigirá algo más que reformas económicas. Será necesario recuperar una cultura fundada en el esfuerzo, la responsabilidad, la familia, la propiedad, la fe y el respeto por la libertad ajena.

La historia no terminó ni avanza obligatoriamente hacia algo mejor. Está construida por hombres capaces de crear, equivocarse, arrepentirse y volver a comenzar.

La rebelión cambió de manos. Falta saber si será capaz de no repetir aquello que vino a combatir.

Porque el hombre podrá modificar las instituciones, disputar la cultura y cambiar el rumbo de una nación.

Lo que nunca podrá hacer, aunque muchas veces lo haya intentado, es ocupar el lugar de Dios.

Fuente:  https://periodicotribuna.com.ar/la-rebelion-cambio-de-manos/

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