Eligió el Derecho como herramienta para comprender la política y transformar la realidad.
Se formó como abogado —con una marcada especialización en derecho constitucional— en la Universidad Nacional de Córdoba, en años atravesados por la crisis del sistema político argentino, la violencia y el deterioro institucional. Allí comenzó a perfilarse como un militante distinto: estudioso, reflexivo, inclinado al análisis de fondo más que a la consigna fácil.
Con el tiempo, además, se convirtió en un economista autodidacta por vocación y necesidad: su lectura sistemática de autores de distintas escuelas del pensamiento económico le permitió discutir con solvencia temas fiscales, presupuestarios y de deuda externa, terreno en el que luego dejaría una marca indeleble.
Su incorporación a la Unión Cívica Radical fue temprana y orgánica, aunque no lineal. A contramano de muchos de sus compañeros universitarios, que gravitaban naturalmente hacia el liderazgo emergente de Raúl Alfonsín, Baglini fue en su juventud un soldado político de Ricardo Balbín, el gran referente histórico del radicalismo por esos años.
Esa filiación inicial no le impidió, sin embargo, construir con Alfonsín una relación política y personal de enorme densidad.
En Mendoza, ambos confluyeron en lo que se llamó un “alfonsinismo globalizante”, capaz de integrar tradiciones internas del partido sin renegar de su historia.
Alfonsín, con los años, solía colmarlo de elogios y confiar en su criterio, incluso cuando Baglini sostenía posiciones incómodas o poco populares.
Durante los años 70, en un país desgarrado por la violencia política y luego por el terrorismo de Estado, Baglini sostuvo una militancia firme pero prudente. No creyó nunca en las salidas mesiánicas ni en las soluciones por fuera de la ley. Esa convicción se volvió central tras el regreso de la democracia en 1983, cuando fue elegido diputado nacional por Mendoza.
En la Cámara de Diputados se destacó rápidamente como uno de los cuadros más sólidos del alfonsinismo: no era un orador efectista, sino un legislador de estudio riguroso, de argumentación precisa y de una ética política exigente. Su autoridad no provenía del grito ni de la chicana, sino de la coherencia y la preparación.
En el contexto dramático que atravesó el gobierno de Alfonsín —marcado por la herencia de la dictadura, la deuda externa, las presiones económicas y los límites estructurales del poder democrático— Baglini ocupó un rol clave en los debates presupuestarios.
El gobierno había creado una Comisión Bicameral para determinar la composición de la deuda externa generada por la dictadura y establecer pautas para su renegociación.
Las sesiones se extendían durante horas interminables, atravesadas por posturas maximalistas que proponían desde la moratoria lisa y llana hasta soluciones mágicas. En ese marco, y frente a legisladores como Oscar Alende o Luis Zamora, Baglini defendía una posición menos rupturista, consciente de los límites reales del poder argentino.
Fue allí donde formuló lo que pasaría a la historia como el “Teorema de Baglini”. En una de esas discusiones sostuvo: “La ligereza de las posturas sobre la deuda externa es inversamente proporcional a las posibilidades de acceso al gobierno de un partido político determinado.
Es decir, que a menor posibilidad electoral de ser gobierno, mayor ligereza en el planteamiento”. Más tarde él mismo explicaría el origen casi doméstico del enunciado: el debate se alargaba, los discursos se radicalizaban, y su esposa —profesora de física y matemática— lo ayudó a pensar la idea como un verdadero teorema, con hipótesis, tesis y demostración.
En su versión más conocida, el concepto se sintetizó así: “Las propuestas más extremas se transforman en racionales conforme uno se va acercando al poder; la audacia y la temeridad son inversamente proporcionales a la distancia al poder”.
La frase trascendió el radicalismo y se volvió una herramienta de análisis político permanente. Con el tiempo, muchos vieron en ese teorema una clave para leer promesas como el “salariazo” de Carlos Menem, “el que depositó dólares recibirá dólares” de Eduardo Duhalde, la “revolución ferroviaria” de Néstor Kirchner, la “calidad institucional” declamada por Cristina Kirchner, la “pobreza cero” de Mauricio Macri, el aumento del 20% a los jubilados prometido por Alberto Fernández o el “ajuste lo paga la casta” de Javier Milei. Baglini nunca usó el teorema para el cinismo, sino como advertencia ética: gobernar implica hacerse cargo de la realidad.
Tal vez su gran cuenta pendiente fue la política provincial. En 1987 se postuló para suceder al radical Santiago Llaver como gobernador de Mendoza, pero cayó derrotado frente a José Octavio Bordón, quien le sacó ventaja en el primer debate televisivo de la historia argentina en una elección a gobernador.
Aun así, Baglini siguió ocupando un lugar central en la política nacional.
Fue presidente de la Comisión de Presupuesto, vicepresidente de la Cámara de Diputados y alcanzó uno de los puntos más altos de su carrera partidaria cuando fue elegido presidente de la Honorable Convención Nacional de la UCR en 1996, ganándole por un solo voto a Juan Gauna, en una recordada trasnoche en el Centro Asturiano de Vicente López.
Como ironía del destino, dos viejos balbinistas mendocinos —Baglini en Diputados y José Genoud en el Senado— fueron los encargados de sostener desde sus bloques la defensa del Pacto de Olivos.
Ambos llegaron tarde a la firma y quedaron fuera de la foto emblemática, una picardía que muchos recuerdan como símbolo de sus reparos frente al acuerdo con Menem.
Entrado el siglo 21, Baglini acompañó el desembarco institucional de Julio Cobos como vicepresidente, incluso protagonizando fuertes cruces con Cristina Kirchner en el Senado para “explicarle dónde estaban los botones” del poder legislativo.
Su amistad con Cobos incluía incluso escenas cotidianas, como sesiones de running en el Parque San Martín mendocino para combatir los kilos de más, en un contexto de problemas de salud que lo llevarían luego a someterse a un bypass gástrico.
Hacia 2010 comenzó un retiro progresivo de la política activa tras sufrir un pico de estrés que puso en riesgo su vida.
Sin embargo, nunca abandonó del todo la militancia intelectual. Asesoró informalmente a nuevas generaciones radicales, trabajó desde su estudio jurídico mendocino como agente externo de la AFIP contra grandes evasores y participó en una consultora en Buenos Aires. Integró además el CECE junto a figuras como Juan Vital Sourrouille y Jesús Rodríguez.
Fue mencionado en varias ocasiones como posible ministro de Economía, titular del Banco Central o jefe de Gabinete, incluso durante el gobierno de Macri, aunque nunca fue convocado. No era un dato menor que se hubiera opuesto a la alianza Cambiemos y votado en contra de ella en la Convención Nacional de 2015.
El 23 de diciembre de 2020, el mismo día en que cumplía 71 años, celebró su cumpleaños junto a médicos y enfermeros de su internación domiciliaria.
Ese mismo día se descompensó y fue trasladado al Hospital Italiano por problemas respiratorios. Había perdido buena parte de su masa muscular y su cuerpo ya no resistía como antes.
Tras varios días de lucha, falleció el 3 de enero de 2021.
Su muerte no tuvo estridencias, pero dejó un vacío profundo. Raúl Baglini no fue solo el autor de un teorema célebre: fue un intelectual de la política, un radical profundamente democrático y un recordatorio incómodo de que gobernar exige responsabilidad, estudio y límites.
En tiempos de promesas fáciles y discursos inflamados, su figura persiste como una advertencia serena: la política, cuando es auténtica, no consiste en decir lo que conviene, sino en hacerse cargo de lo que es posible sin traicionar los principios.


