
En 1905 había terminado una revolución e Hipólito Yrigoyen se había establecido definitivamente como el líder del radicalismo y un paladín de la demanda social más importante y antigua de todas: la exigencia del derecho al voto libre.
El presidente Alcorta, desesperado, se reúne con él e Yrigoyen le plantea la necesidad de que el Estado garantice la libertad electoral. Él no llevará las huestes radicales a los comicios hasta que no estén dadas todas las garantías que aseguren el sufragio popular.
Eso sí, mientras dialoga con el gobierno, Hipólito mantiene el aparato conspirativo, amenaza con otras revoluciones armadas, desata una ola de rumores para que la presión se sienta en los conservadores, intranquiliza al régimen, pone en juego toda su experiencia como comisario, conspirador, revolucionario y “catador” de hombres.
Sin la influencia ya de Roca, el camino está libre para la candidatura a la presidencia de Roque Sáenz Peña, quien gana la elección en medio de los festejos del Centenario, las bombas anarquistas y la indiferencia popular. Se encontraría con Hipólito Yrigoyen, a quien no veía desde hacía años. Le había enviado desde Europa numerosas cartas solicitándole permiso para una reunión.
Al llegar a Buenos Aires se trasladó desde su casa en el barrio Norte (Santa Fe y Coronel Díaz) hasta Callao, entre Piedad (Bartolomé Mitre) y Cangallo, adonde se domiciliaba el coronel Martín Yrigoyen, hermano de Hipólito. Hipólito no estaba, pero a ruego de Sáenz Peña, su hermano salió en su búsqueda.
El saludo entre ambos fue cordial y la charla giró en torno a un único tema, marcado por Yrigoyen desde su arribo al lugar: la reforma electoral. Probablemente avergonzado de la elección que le lleva a la presidencia, Sáenz Peña exclama con melancolía: “¡El pueblo no vota!”. A lo que Yrigoyen, siempre fiel a sus ideas, le contesta: “Ábrale las urnas, pues”. Le habló a Sáenz Peña con la autoridad de quien sabía de qué, por qué y cómo hablar. La reunión se estima que duró cerca de 2 horas y siempre manteniendo un gran respeto entre ambos hombres. Sáenz Peña salió feliz del lugar. Este había sido el primer paso hacia la definitiva organización constitucional del país.
Volvieron a juntarse por segunda vez. Ahora ambos coinciden en la idea de la representación de las minorías, reemplazando el sistema de lista completa (que sólo daba diputados a la lista ganadora en cada distrito) por el de lista incompleta, de manera tal que un tercio de la representación correspondiese a la minoría.
Luego hubo una tercera y última reunión donde se concretó el contenido y el compromiso de la reforma electoral reclamada por la Unión Cívica Radical, en aras de la cual se había derramado sangre durante casi 20 años. Yrigoyen le pide que intervenga todas las provincias, ya que de lo contrario no habría transparencia mientras hubiera en el cargo de gobernador hombres que "creyeran que las provincias son sus campitos".
Sáenz Peña planteó algo que consideraba necesario para lograr cumplir las garantías: la participación del radicalismo en el nuevo gobierno. Le ofrece al partido dos ministerios dentro del gabinete y una activa participación en la redacción de la reforma. Yrigoyen le agradece, pero seguido a esto se negó basado en los principios y banderas intransigentes: “Le agradezco, señor presidente. Pero el radicalismo no está buscando ministerios. Únicamente pide garantías para que se vote con libertad”. Sáenz Peña lamentó la negativa; su meta era formar un gobierno del más amplio sustento político para llevar adelante la reforma. Trató de convencerlo, pero la respuesta era inamovible.
“Señor presidente, llevamos 40 años de fraude en la República. El radicalismo sólo participará en los comicios si se garantiza que la ley saldrá en tiempo y forma y si se garantiza la pureza y libertad del sufragio”. Eso fue lo último que dijo antes de finalizar la reunión con un apretón de manos, pero además le prometió que presentaría aun así su propuesta a las autoridades partidarias.
La escena es análoga a la ocurrida durante el gobierno de Luis Sáenz Peña, cuando este le ofrece a Yrigoyen un lugar en el gobierno. Lo que ocurrió cuando gobernaba el padre va a ocurrir en las vísperas del gobierno del hijo. Escena sencilla, en apariencia, pero grandiosa moralmente. He aquí un hombre que ofrece el poder a otro, y este otro, igual que 17 años atrás, hace lo que nadie hizo en este país: rechaza el poder. Yrigoyen no ha cambiado. Es el mismo que ha rechazado los ministerios que le ofrecía Sáenz Peña, la gobernación que le ofrecía Pellegrini, la senaduría nacional que le ofrecía su partido. Él y la UCR no quieren posiciones.
El 5 de octubre de 1910 Yrigoyen reveló sus encuentros en un informe detallado al plenario de la Convención Nacional. Delante de todas las delegaciones provinciales, leyó la declaración que Sáenz Peña le envió: “Que, deseando demostrar la decisión que le animaba para dar garantías públicas, ofrecía al radicalismo participación en el gobierno nacional”.
Inmediatamente el NO fue rotundo. No se aceptó ningún tipo de coparticipación ofrecida por el presidente, “por ser contraria a sus reglas de conducta”, pero manifestó que el radicalismo estaba dispuesto “a caracterizar con su intervención la reorganización de los elementos constitutivos del derecho electoral” en cuanto fuese plena y efectivamente realizada “en su concepto legal” y “en su aplicación verdaderamente garantizada”; es decir, que exigía para levantar la abstención.
El documento radical, aprobado por unanimidad, declaraba:
1°) Que la UCR rechaza nuevamente la invitación para participar de las funciones del gobierno, desde que con ello no se resuelve el problema del restablecimiento de las instituciones y de las libertades comunes; ni siquiera sería un medio, por sí solo, para alcanzar tan sagrados y vitales propósitos.
2°) Que está dispuesta siempre a caracterizar con su intervención y a sancionar con su voto, en definitiva, la reorganización de los elementos constitutivos del derecho electoral, en cuanto ella sea plena y realmente hecha en su concepto legal y en su aplicación verdaderamente garantizada.
Sáenz Peña cumplió lo que dijo que haría a Yrigoyen. Al jurar como Presidente de la Nación ante el Congreso dice: “Me obligo ante vosotros, ante mis conciudadanos y ante los partidos todos, a promover el ejercicio del voto por los medios que me faculta nuestra Constitución Nacional. Quiera mi país escuchar la palabra y el consejo de su primer mandatario. ¡Quiera el pueblo, VOTAR!”.
Discusión de la ley. Clama por ella todo el país. Los diputados lo apoyan, salvo algunos conservadores que presienten su desalojo. Saben que el pueblo no votará por ellos. Escépticos, sibaritas, nada tienen de común con el pueblo. Saben también que está naciendo un nuevo argentino, el hijo del inmigrante, fruto de los que llegaron al país en la ola migratoria que hubo de 1885 a 1895. Este argentino, que no es el criollo sometido de otro tiempo, carne de cañón o carne de comicio, quiere su puesto al sol. La ley resulta aprobada.
Por esos años, el correligionario Ricardo Rojas celebró el suceso escribiendo en Jujuy una vidalita que decía:
“En el cuarto oscuro
Vidalitá
No manda el patrón,
Cada ciudadano,
Vidalitá
Tiene su opinión”.
La prueba de fuego de la nueva ley sería en los comicios para elegir al nuevo gobernador de la provincia de Santa Fe. A mediados de 1911 comenzó una larga campaña electoral, destinada a enfrentar a la 'Liga del Sur', frente electoral encabezado por Lisandro de la Torre, especialmente poderoso en Rosario y en el sur de la provincia.
A pocos días del comicio, Yrigoyen viajó personalmente a la provincia a realizar una gira proselitista en la que fue recibido con entusiasmo en cada uno de los pueblos por los que pasaba el ferrocarril.
El 31 de marzo de 1912 se votó sin complicaciones y el radicalismo se impuso ampliamente con la fórmula integrada por Manuel Menchaca y Ricardo Caballero. Naturalmente, esta victoria alentó a los grupos radicales ansiosos por participar, por ejemplo, en la Capital Federal, donde los comités organizaron marchas reclamando el fin de la abstención y participar de los comicios.
Finalmente se cedió y se autorizó a presentar listas. Con tan sólo 3 días para hacer campaña, el radicalismo ya supo acoplarse rápidamente a las nuevas reglas de juego. El resultado político fue impactante. En la Capital Federal, la oficialista Unión Nacional fue derrotada por la UCR, que obtuvo la mayoría. Además, también se ganó en Santa Fe, donde se obtuvo, como mencioné, la gobernación y 4 de las 6 bancas de diputados en juego, además de lograrse la minoría en La Rioja, Córdoba y Entre Ríos.
La ley Sáenz Peña o, como yo la llamo, "Ley Yrigoyen", ha sido exigida por el Partido Radical. Cada revolución, cada manifiesto, cada abstención ha sido un llamado por esa ley.
Sin la tenacidad de Yrigoyen no hubiera habido democracia. Hubieran seguido gobernando unas cuantas familias de abolengo con sus clientelas. Hay quien afirma que Yrigoyen, además de haberla pensado, también redactó los artículos esenciales de la ley. Nunca sabremos si es verdad. No lo necesita para tener derecho a que se le considere su inspirador. ¿No ha exigido el padrón militar y el voto secreto? Pues esto es lo único importante.
El resto, pormenores secundarios. Todo lo mencionado fue el precio pagado para lograr en la Argentina el derecho al voto "SECRETO", con la utilización de boletas, "OBLIGATORIO" para los inscriptos en el padrón y "UNIVERSAL", aunque esa universalidad contemplaba únicamente a varones argentinos nativos o naturalizados mayores de 18 años, con la excepción de los religiosos, los miembros de las fuerzas de seguridad, los convictos y los habitantes de los territorios nacionales.
Otra lucha continuará para lograr la universalidad: “el derecho al voto femenino”, que paradójicamente en la misma fecha en San Juan, pero 15 años más tarde, será aprobado por primera vez en nuestro país y también será de la mano del radicalismo durante el gobierno de Alvear.
Fuente: Historia UCR (Facebook
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