Claudio Jacquelin

No son buenas semanas para el Presidente y no logra disimularlo. En sus reacciones y apariciones públicas empiezan a emerger expresiones de enojo o de frustración, no carentes de cierta disociación entre su acción y su palabra. Se explica.

 

Nadie sabe aún si finalmente será sancionada por el Congreso, pero la reforma judicial ya le dejó a Alberto Fernández una gran lección. Además de las innumerables polémicas y conflictos que cosechó con esa iniciativa, el Presidente terminó por confirmar el riesgo que entraña dejar por escrito sus proyectos.

 

Nadie hace tanto por mantener unida a la principal fuerza de la oposición como el oficialismo. A sus cuestionados proyectos de reformas judiciales, el Frente de Todos acaba de sumar otro polémico trámite en el Senado que terminó por servir de poderoso pegamento para las crecientes fisuras que atraviesan a Juntos por el Cambio (JxC). Ante los trazos gruesos oficialistas, los matices opositores pierden relevancia.

 

La ecuación luce sencilla. La acumulación de demandas crece y con ellas crecen las manifestaciones opositoras. El número y la extensión geográfica de la protesta de este lunes lo exponen. No hay un solo reclamo, sino múltiples. A los que convocan y participan de los actos los une el descontento con el Gobierno.

La ecuación luce sencilla. La acumulación de demandas crece y con ellas crecen las manifestaciones opositoras. El número y la extensión geográfica de la protesta de este lunes lo exponen. No hay un solo reclamo, sino múltiples. A los que convocan y participan de los actos los une el descontento con el Gobierno.

 

Hace cinco días fue el presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa. Ayer, le tocó el turno al nuevo comité de expertos que asesora al Presidente por la pandemia del Covid-19.


En medio de esos dos hitos, pero también antes, la comunicación del Gobierno se ha vuelto motivo de discusión, de críticas y de rectificación puertas adentro del oficialismo. Apenas un síntoma de que algunas políticas no están funcionando bien y de que los resultados no son los esperados o prometidos. No solo en materia de información y difusión.

Ciertos aspectos del proyecto de reforma judicial en sí, algunos nombres polémicos de los asesores para analizar cambios en la Corte Suprema y la más que difundida desnaturalización de la iniciativa original tras el paso por la aduana del Instituto Patria constituyeron una reafirmación de sospechas sobre los supuestos objetivos subalternos de la iniciativa. El problema no estuvo solo en cómo se la presentó ni en cómo se la difundió.

Muchas de las presunciones sobre los reales objetivos que animan al oficialismo respecto del Poder Judicial cobraron más fuerza ayer, después de que el cristinismo provocó desde el Senado un auténtico conflicto de poderes.

Impuso su mayoría para desoír una decisión judicial y avanzar con la revisión de las designaciones de dos camaristas que deben fallar en causas en las que está acusada Cristina Kirchner. Dos alfiles de la vicepresidenta y titular de la Cámara alta, como Anabel Fernández Sagasti y Mario Pais, fueron los senadores encargados de ponerle palabras y acción a una decisión que lleva la impronta de la defensa cristinista. Otra nube sobre la narrativa de la despolitización de la Justicia. Hechos por sobre las palabras

Las evidencias obligan así a revisar la máxima de que el problema del Gobierno es que "no vende bien lo que hace". Dado el carácter transaccional que Massa le impone al problema, tal vez convenga revisar por qué los receptores "no lo compran".

El manejo de la pandemia del Covid-19 parece ser otro buen ejemplo. Nada puede explicar mejor el enojo presidencial con la enunciación de la palabra cuarentena que la admisión de los intendentes del Gran Buenos Aires de que en esa área el distanciamiento social lo incumplen el 60% de los habitantes. Tienen razón Fernández y sus asesores: no se puede hablar ya de cuarentena.

La hipótesis contrafáctica de que hoy, después de cinco meses de aislamiento obligatorio, estaríamos peor si se hubieran adoptado otras medidas, como las aperturas parciales y temporales más tempranas, es una discusión que se ha vuelto abstracta para más de la mitad de los habitantes del área metropolitana (AMBA).

Aun muchos de los expertos que han asesorado al Presiente desde el primer día, como la epidemióloga Florencia Cahn, admiten que la "cuarentena" se ha vuelto demasiado larga.

Era lo que preveían y advertían varios especialistas (silenciados) cuando se lanzó el temprano confinamiento, al que ellos adherían, pero con la prevención de que se llegaría a septiembre en ese estado, salvo que se adoptaran períodos de aperturas y cierres. No se hizo y en el área metropolitana hay casi 15 millones de personas que desde hace 148 días ven restringida o radicalmente alterada su cotidianidad, con consecuencias concretas en sus vidas, muchos de ellas negativas y palpables. Hechos.

Las evidencias demuestran que no se trata de discutir la eficacia de las medidas de aislamiento ante una pandemia de un virus de altísima contagiosidad, aunque algunos sectores extremos lo hagan. Igual que niegan que la Tierra sea esférica o la eficacia de las vacunas. Lo que está en cuestión es la forma en la que se aplicó el distanciamiento a lo largo del tiempo, así como la infalibilidad de la que se lo revistió.

También, es obvio, se pone en discusión cómo se lo comunicó o se "lo vendió", diría Massa. El tiempo necesario para la puesta en condiciones del sistema de salud fue confundido, deliberadamente, con el período del riesgo de contagios comunitarios. Eso podría responder a la pregunta que se hacen muchos: "¿Por qué estábamos totalmente encerrados hace cuatro meses, cuando había 100 casos por día, y ahora, que hay más de 6000, están las calles repletas”? Un problema para el sentido común. O para la lógica.

La vista puesta en el minuto a minuto por la imprevisibilidad de los acontecimientos y el carácter inédito de los sucesos, sumado a la existencia de problemas estructurales y demoras para atender la contingencia, explican tanto la postergación de decisiones como la aplicación de disposiciones cuyo cumplimiento se agrieta día tras día.

Es el resultado, en muchos casos, de la aplicación de la política de gestión de riesgo, que no es lo mismo que la de crisis, explican expertos en comunicación a los que el Gobierno ha consultado. La táctica manda, desde lo comunicacional, a exponer el peligro, a destacar la amenaza presente. No hay perspectivas ciertas ni concretas. El problema es que su eficacia es temporalmente finita. La evolución a la baja en las encuestas sobre la imagen presidencial y la gestión de la pandemia, así como las conductas ciudadanas lo confirman.

Por eso, el nuevo panel de expertos en salud le aconsejó al Presidente mostrar un horizonte. Definir tiempos. Ofrecer posibles salidas. El impacto económico, laboral, social y emocional de la pandemia (también de la cuarentena) está llegando a cimas inquietantes.

Algunos miembros del oficialismo que no habitan en la Casa Rosada ni en Olivos comienzan a proponer la misma receta en otras materias, sobre todo en el área económica, que la que propone el multidisciplinario equipo sanitario.

Los frentetodistas críticos reforzaron su idea después de que varias aristas del mismo problema quedaron de manifiesto esta semana ante la publicidad, por parte del Ministerio de Desarrollo Productivo, de indicadores que mostrarían la recuperación de la actividad económica y, casi en simultáneo, la difusión de las cifras sobre el aumento del desempleo, que hizo la UCA. Las realidades percibidas y las evidencias estadísticas no siempre van de la mano ni resultan igualmente verosímiles.

La comunicación (y la oportunidad) le jugó, otra vez, una mala pasada a una de las carteras más activas en estos meses pandémicos. O, en realidad, resaltó la limitación de muchas políticas frente a las restricciones y demandas que impone la realidad. Hacer y decir van de la mano, aunque Perón las contrapusiera en una de sus exitosas antinomias retóricas.

Tal vez por eso las buenas noticias duran tan poco y cuesta tanto venderlas. El principio de acuerdo con los bonistas por la deuda bajo legislación extranjera tuvo el fulgor de un fuego artificial, a pesar de ser un hecho positivo (aún por terminar de cerrarse), así como el anuncio de la fabricación de una posible vacuna contra el Covid-19 quedó opacado por las discusiones de la cuarentena. Los problemas reales y concretos, presentes y, sobre todo, por venir tienen un peso específico y una densidad difíciles de dispersar en el ánimo colectivo.

Aunque al Presidente le disguste también esa palabra, desde sus mismas filas empiezan a demandarle un plan. Es algo más que una disputa semántica o un problema de comunicación. Hechos.

Claudio Jacquelin

La Justicia, la oposición y el presidente de Estados Unidos son los flamantes ejes de disputa que Alberto Fernández habilitó en menos de dos semanas

 

Las dos puntas de la semana pasada resumen, como una eficaz parábola, la situación política nacional: perdieron los moderados y ganaron los ultras, que siguen conquistando terrenos. Todo comenzó con la difusión del equipo conocido como "Alberto Beraldi más diez", que, bajo el liderazgo del defensor de Cristina Kirchner, tiene por misión avanzar sobre la Corte.

El orden de los factores a veces sí altera el producto. Los anuncios de las reformas judiciales son la mejor demostración de que para lograr ciertos objetivos el Gobierno se ve obligado a hacer operaciones complejas y que no siempre obtiene el resultado propuesto. La aritmética política no es una ciencia exacta. Ni de fácil dominio, cuando el poder está repartido.

 

Alberto Fernández intentará esta semana compensar lo que la gestión no le da ni la construcción política le presta. En vías de consumirse el sustento que le otorgó la administración de la pandemia, se propone relanzar el Gobierno con el anuncio de sesenta medidas económicas y tributarias, más el envío al Congreso del proyecto de reforma judicial. No le faltan ambición ni necesidades.

 

A falta de goles, los rumores sacuden las redes y ganan audiencia. Las versiones sobre cambios en el gabinete encabezan la tabla. Y adquieren significación, mucho menos por la probabilidad de que ocurran en lo inmediato que por la verosimilitud que revisten. Las disputas internas en la coalición gobernante y la falta de resultados (goles) en áreas sensibles para la ciudadanía les dan sustento.

 

Una nueva etapa acaba de empezar. Después de cuatro meses, comienza a descongelarse la vida económica y social, pero también la cotidianidad política, en el área más habitada y más visibilizada de la Argentina. Por conveniencia o por necesidad, los gobernantes formalizaron la flexibilización que estaba ocurriendo de facto y amenazaba desbordarse sin remedio.

 

El tiempo suele ser un gran ordenador. O, todo lo contrario, como le está pasando al oficialismo. El gran problema y fuente de muchas de las disputas internas que hoy sacuden la escena política nacional es cronológico.

 

Los costos de la pandemia y las consecuencias no deseadas de la interminable cuarentena empezaron a golpear al Gobierno. Lo que dicen las encuestas y lo que se insinúa en las calles no son construcciones opositoras. El desgaste de Alberto Fernández es un hecho que ya admiten sus colaboradores. Tanto como que es aprovechado por Cristina Kirchner y los sectores más duros de la coalición gobernante.

 

Hasta hace apenas unas horas, una buena parte de la dirigencia política oscilaba, cuando trataba de mirar el horizonte, entre las especulaciones sobre sus chances electorales en 2021 y el temor creciente a un nuevo "que se vayan todos".

 

Alberto Fernández lo expresó con claridad ayer: de la pandemia del Covid-19 nadie va a salir solo. Coincidió con lo que dicen otros líderes políticos en todo el mundo.

 

Desde hace 100 días, una imagen se repite con pocas variaciones. Desata reacciones contradictorias, alienta expectativas y retroalimenta demandas postergadas. Tres mandatarios -dos del partido gobernante y un opositor- comunican y actúan sus acuerdos. Alberto Fernández, Horacio Rodríguez Larreta y Axel Kicillof también disimulan diferencias. Hasta donde pueden o les conviene.

 

La derrota política más dolorosa sufrida alguna vez por Cristina Kirchner no se la propinaron las urnas. La recibió hace 12 años desde el mismo lugar que hoy ella ocupa y desde el que se muestra dispuesta a desquitarse.

 

Los conflictos se ahondan. Lo incierto se convierte en desconcierto

 

La escena pasó inadvertida para la mayoría de los argentinos el jueves pasado, a pesar de su relevancia. La atención sobre los asuntos públicos estaba oligopolizada por el coronavirus y la intervención/expropiación de Vicentin. Pero en el Senado, territorio donde ejerce su poder formal Cristina Kirchner, hubo una muestra gratis de la concepción del poder que tiene el kirchnerismo y su plena vigencia.

 

Con su anuncio de intervención y expropiación de la empresa Vicentin, Alberto Fernández no solo sorprendió a casi todo el país, incluida la mayoría de la dirigencia oficialista. También alteró los equilibrios políticos y económicos: dejó descolocados a socios, aliados y opositores, tanto como a empresarios con los que venía dialogando en otra dirección.

 

La secuencia lo explica todo. El Gobierno entrevió el acceso a un camino allanado y decidió acelerar a fondo. El avance sobre la oposición es ya un dato de la realidad que revela una estrategia multipropósito.

 

Alberto Fernández debió hacer anoche un esfuerzo dialéctico para anunciar la nueva prórroga de la cuarentena, que ratifica la excepcionalidad argentina.

 

El miedo no solo es un disciplinador de masas. También de dirigentes. La llegada del coronavirus a los barrios más vulnerables del conurbano bonaerense se ha convertido en el mejor laboratorio para constatarlo.

 

Atrapada en el laberinto del discurso único dominante, la oposición no encuentra su lugar. La exitosa consigna antinómica "cuarentena o muerte", que consiguió instalar el Gobierno, atraviesa y tensiona a Juntos por el Cambio (JxC).

 

La caída del Muro de Berlín y el derrumbe de la URSS parieron un nuevo orden mundial, que consagró la hegemonía de la democracia liberal y del neoliberalismo económico. Casi 30 años después, el Covid-19 parece destinado a enterrar los despojos de aquel universo y a prefigurar un nuevo orden.

 

En medio de la pandemia del coronavirus, se agravó la tensión entre el oficialismo y el sector privado

 

Casi al mismo tiempo en que en el Gobierno empezaban a ilusionarse con la división de la oposición, desde las propias filas oficialistas lograron el efecto contrario.

 

Alberto Fernández se preocupó por mostrar en los últimos días que para lograr sus objetivos no está en su naturaleza chocar paredes sin saber si las puede atravesar. En materia sanitaria, en el terreno económico-financiero y en el campo político. Testea y busca quebrar algunos límites, pero no saca el pie del freno. Por lo menos, hasta ahora.

 

Siete frentes, abiertos en simultáneo, desafían a Alberto Fernández y su popularidad astronómica.

 

La era del deshielo ya llegó y las tensiones empiezan a aflorar. El mundo congelado del que hablaba hasta hace poco Alberto Fernández comenzó a salir de ese freezer imaginado.

 

Era el joven maravilla y hoy es un dolor de cabeza. En seis meses ese fue el camino que recorrió Axel Kicillof en la consideración de Alberto Fernández.

 

Una imagen vale más que mil palabras. Esa pareció ser la premisa elegida por el Gobierno para el anuncio de reestructuración de la deuda bajo legislación extranjera. El afiche de la película importó más que el desarrollo y el guion. El tráiler no reveló el argumento. Apenas lo sugirió.

 

Aunque sí con policías. Pero si el miedo disciplina, el terror espanta. Es a lo que le temen los políticos oficialistas. Por eso, ganar tiempo sigue siendo la gran política vigente. Y excluyente.

 

"Estamos librando dos guerras al mismo tiempo: la sanitaria y la económica". La sobreutilización de las metáforas bélicas en el Gobierno no es solo un lugar común de tiempos de incertidumbre. Refleja, además, la visión y el impacto en el ánimo de los principales funcionarios frente a la situación desatada por el Covid-19. También explica reacciones y prenuncia políticas en curso

 

“Vengo a cerrar la grieta y a unir a los argentinos”. Fue la promesa de campaña y el compromiso expresado una decena de veces por Alberto Fernández en su discurso de asunción como Presidente. Un principio que en las últimas 48 horas pareció quedar relativizado.

 

Nadie sabe aún si la cuarentena masiva será tan exitosa como se desea para aplanar la curva de contagios del nuevo coronavirus, pero sí hay consenso en que era el camino más aconsejable para tratar de evitar una escalada incontrolable.

 

El GPS del Gobierno entró en la fase de recalcular. No era mucho lo que había avanzado, es cierto, pero el coronavirus alteró las pocas previsiones que se tenían en materia económica. Aunque, en lo inmediato, la expectativa está puesta en la eficacia que tenga la gestión de Alberto Fernández para frenar la expansión de la pandemia. Es un desafío y una oportunidad.

 

La tradición se mantiene. La crisis es el estado natural de los argentinos y los reflejos están intactos. La planificación y la previsión nunca son el fuerte.

 

"Cuando las cosas van bien, los peronistas nos mantenemos unidos. Cuando empiezan a ir mal, buscamos enemigos. Primero, los de afuera. Y si se siguen complicando, aparecen los de adentro".

 

Equilibrio es la palabra de la hora. Alberto Fernández la explicitó en su primer discurso de apertura de sesiones ordinarias, pero también atravesó tácitamente todo el abundante contenido desarrollado a lo largo de los 80 minutos. Un propósito, sin dudas, ambicioso.

 

"Un reparador". Esa es la definición que más le gusta de sí mismo a Alberto Fernández. "Es que yo no vengo a refundar nada, sino a reparar lo que está dañado y cerrar grietas", suele explicar el Presidente.

 

Igual que en los contratos, siempre hay que mirar en los comunicados oficiales la letra chica y los párrafos opacados por los títulos y las primeras líneas. El pronunciamiento del FMI sobre la situación de la deuda argentina son dos cucharadas de miel y una de limón (concentrado) para el Gobierno.

 

La política argentina ofrece una composición sin precedente, que expone a diario su indisimulable fragilidad. El bicoalicionismo en el que ha quedado conformado el mapa transita sin demasiadas certezas y con muchos sobresaltos, en medio de las enormes dificultades económico-financieras y de la ausencia, aún, de progresos en cuestiones sustantivas.

 

El Gobierno se parece a un hospital de campaña en el que cualquier síntoma de mejoría en los casos más graves entusiasma como si pudiera desatarse un efecto contagio en sentido virtuoso.

 

El período de gracia no es eterno. Al Gobierno le está llegando la hora de empezar a mostrar resultados económicos de su gestión. El objetivo es regido por los principios de la navegación a vela: lograr la mayor sustentación con la menor resistencia. No es sencillo.

 

Antes de cumplir un mes como gobernador Axel Kicillof comprobó los duros límites de la intransigencia. O del sectarismo.

 

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