Sergio Suppo

Sergio Suppo25La diferencia entre una oportunidad y su desviación, el oportunismo, a veces es difícil de precisar, pero siempre está conformada por hechos verificables, inventos, fantasías, verdades deformadas y mentiras apenas disimuladas. 

Sergio Suppo25Quisiera recordar algo que a veces se nos pasa por alto: la Argentina es un país federal, para lo bueno y para lo malo. ¿Qué quiere decir esto? Que gran parte de las leyes nacionales las tiene que aplicar cada uno de los distritos provinciales. 

Sergio Suppo25Cada vez que Javier Milei se saca y empieza a insultar reaparece una discusión que no termina de saldarse: ¿Milei es o se hace el irascible? Es irascible y encontró que esa furia le valió como premio el poder en la Argentina y fama en el mundo. Cree, por lo tanto, que esa es la fórmula del éxito. 

Sergio Suppo25El caso Fernando Cerimedo expone los riesgos de construir poder sin filtros: operadores opacos, lealtades digitales y vínculos que ahora inquietan al Gobierno 

Mientras la sociedad sigue pendiente de la economía, el oficialismo, el peronismo, el PRO y los gobernadores ya mueven sus piezas para definir candidaturas y alianzas 

Sergio Suppo25El rechazo a la modificación de la Ley de Tierras representa una derrota política para el Gobierno. No porque la iniciativa fuera inviable o perjudicial, sino porque el oficialismo no consiguió explicar para qué quería cambiarla

Sergio Suppo25El kirchnerismo conserva el predominio, pero su disputa interna no resuelve el dilema de fondo: qué proyecto diferente puede ofrecer como alternativa de poder

Sergio Suppo 23La titular del FMI elogió los avances macroeconómicos, pero dejó una señal política para Milei: la pérdida de empleos y el cierre de empresas pueden amenazar la continuidad del rumbo 

13 jm km santilliEl jefe de Gabinete retomó el diálogo con los gobernadores. La tensión por el dólar, la ley de propiedad privada y la gira regional marcaron el pulso de la semana. 

El acercamiento del gobernador tucumano Osvaldo Jaldo a la vicepresidenta expuso que los acuerdos electorales con los gobernadores todavía están lejos de cerrarse.

 

Sergio Suppo25Santilli todavía antes de asumir formalmente como jefe de Gabinete, ya empezó a ejercer. Y lo hizo con una señal política muy concreta: trabaja para la reelección del Presidente.

 

Javier Milei nunca deja de llamar la atención en el mundo. En menos de dos semanas acaba de notificar a los interesados en invertir en la Argentina que una relación personal con él puede resultar más beneficiosa que un plan de negocios. Y, más importante, que la Justicia argentina seguirá siendo un costoso problema antes que una garantía.

La Argentina siempre tendrá realidades paralelas. Tres gobernadores de los territorios más mileístas de la Argentina creyeron haber encontrado un antídoto contra una temida avalancha de votos libertarios. Ajeno a esos ensayos, Milei flotó esta semana entre los premios en cenas de gala, un avance importante para un acuerdo con el FMI, el privilegio de asistir a la asunción de Donald Trump y el regreso como una figura llamativa al Foro de Davos.

Cada verano tiene su propia comedia de enredos. Esta vez no fue en Mar del Plata ni en Villa Carlos Paz, sino en Villa Allende, la pequeña ciudad contigua a la capital cordobesa.

Como Raúl Alfonsín reconoció de sí mismo, tampoco Mauricio Macri supo, pudo o quiso aprovechar la enorme oportunidad que se presentaba con el renovado fracaso del kirchnerismo.

Autoproclamado el líder de una nueva era, Javier Milei oculta detrás de la virulencia de sus palabras y formas el seguimiento de dos principios básicos de la construcción política: eliminar o subordinar a los competidores más próximos y elegir un adversario para revalidar su jefatura. 

Javier Milei dedica la mayor parte de sus conferencias ante empresarios a dar complejas explicaciones teóricas sobre cómo eliminó el déficit fiscal y está logrando una reducción importante de la inflación. Repitió ese esquema en el Coloquio de Idea en Mar del Plata y en el aniversario de la Fundación Mediterránea en Córdoba.

Alberto Fernández logró algo que parecía imposible: pasó de la insignificancia política a la consagración como el expresidente democrático más opaco, sospechado y abandonado a su suerte de los últimos cuarenta años.

El otoño avisa que el nuevo gobierno empieza a acumular historia. La novedad ya no está en los discursos del Presidente y su huella es la consecuencia de sus hechos.

Dieron por hecho que habría un cambio, pero nunca lograron establecer que esa mutación rompería la vieja lógica de ganar o perder frente a rivales más o menos permanentes.

El peronismo kirchnerista huye del poder con una brasa ardiente entre las manos. Pretende organizar desde hace un año una retirada para salvar lo esencial, pero en ese camino pierde uno a uno los atributos que lo llevaron a ser una fuerza hegemónica. Está embarcado en una fuga anárquica e inconexa que rompe la falsa certeza de que la Argentina solo es viable bajo su control.

En el tormentoso camino hacia la selección de sus nuevas autoridades, la crisis le quitó a la Argentina un insumo esencial para tratar de resolverla: sus líderes.

El sistema político argentino busca antídotos para evitar algo que ya ocurrió. El temor al crecimiento de Javier Milei en los sondeos expresa la ceguera ante un fenómeno que ya está presente entre nosotros hace mucho tiempo. La posibilidad de que un economista pintoresco se convierta en una opción de poder es consistente, pero a la vez es precario el humor social que hoy le agrega adherentes y mañana se los quita. Milei es la última aparición llamativa en el sistema político. No la primera.

Todo indica que la vicepresidenta no logrará la inocencia que declama

Separados y enfrentados, los dos coinciden en querer mostrar que marcan el pulso de sus respectivas coaliciones

En la confusión entre lo grave y lo urgente, en la Argentina despunta una primavera insólita y tensa. La pretensión de instalar un clima de fin del mundo, de abismo irremediable, deja al descubierto los rasgos del enésimo intento de impunidad para Cristina Kirchner.

La velocidad e intensidad de los acontecimientos en la Argentina ha encontrado una respuesta que puede leerse en los estudios de opinión pública: exhausto de malas noticias y de peleas sobreactuadas, el país sufre una ola de hartazgo social. Cansados y metidos en sus propias histerias e historias, los argentinos no han podido ver el reflejo de la crisis de Chile, un país que pasó de ejemplo a pesadilla y parece no saber qué quiere ni cómo lo quiere cada vez que sus ciudadanos son llamados a votar.

Han vuelto a marchitarse aquellas ilusiones de eternidad renacidas luego de comprobar que el macrismo había sido una experiencia fallida. Cristina ve llegar los signos de un ocaso probable y no logra controlar la incomodidad que le provoca ser tan falible como el resto de los humanos. Patalea, en eso está, contra el fatal designio de la realidad y el tiempo.

La Argentina se comporta como un país ensimismado, ajeno a la nueva realidad de un mundo incierto, ciego ante los nuevos peligros, sordo ante las sorpresivas oportunidades que esas convulsiones pueden otorgarle.

 

Años con el país al borde de la cornisa han convertido en adictivo un juego del sistema político del país: el intercambio de culpas y responsabilidades de sus protagonistas. Un juego habitual en el resto del mundo como parte de las pujas por el poder, en la Argentina parece ser lo único que importa.

El perro vuelve a morderse la cola, un hábito infinito que refleja las sinrazones de la política que supimos conseguir. 

El tiempo acrecienta la gravedad y también el ridículo de aquella reunión del 7 de diciembre de 2021 entre los cuatro ministros de la Corte Suprema y el ministro de Justicia de la Nación. Aquella mañana, Martín Soria agotó su media hora de fama con una perorata de agravios, chicanas y acusaciones. 

 

Juntos cumple con un viejo ritual de los opositores argentinos que consiguen ganar una elección. A la velocidad a la que se extiende como una mancha paralizante la variante ómicron del coronavirus, la coalición malgasta su trabajoso triunfo en las elecciones de medio término.

 

Inoportuna, la nueva ola de Covid amenaza con superponerse con las fiestas de fin año. Peor resulta todavía que los argentinos encuentren a sus gobernantes entretenidos en juegos de engaño y distracción. 

 

Estaba claro que iba a perder, pero eligió chocar con su viejo jefe. No lo sabía, pero para Raúl Alfonsín aquella decisión de enfrentar a Ricardo Balbín en una elección interna fue el primer paso hacia la presidencia.

 

 

El peronismo empezó a prepararse para un aterrizaje forzoso. Las luces rojas que se encendieron en el tablero de control en las elecciones primarias del 12 de septiembre nunca se apagaron. A juzgar por el ánimo y las palabras de quienes las hicieron, las drásticas maniobras de campaña para salir de la emergencia electoral no habrían dado el resultado esperado.

 

El mensaje presidencial en el que pide que la provincia “sea parte de la Argentina” inclina aún más la cancha para sus candidatos en una provincia que rechazó desde el primer momento la lógica de Néstor y Cristina; el peronismo local terminó convertido en un partido distrital, en defensa de lo que se percibe como un centralismo voraz

 

Solo la resiliencia congénita de los argentinos frena un pronóstico más sombrío frente a la superposición de fenómenos que se concentran en el tramo final del segundo año de la pandemia.

 

 

El kirchnerismo cambia el discurso, pero no las mañas. Con el “ah, pero Macri” dibujó la única explicación posible del desastre social y económico.

 

 

Más usada que leída y analizada, “el empate hegemónico”, la definición de Juan Carlos Portantiero sobre el ciclo entre el primer y el segundo peronismo regresa una vez más como definición de procesos actuales que parecen remitir a aquel otro gran fracaso nacional.

 

 

El país que luego del frustrado intervalo macrista volvió a ser gobernado por el kirchnerismo también parece atrapado en su propio desatino; y corre el riesgo de quedar preso del interés de hacer de la pobreza un capital político antes que un doloroso problema a resolver

 

 

La muerte no es registrada, tampoco el duelo de los sobrevivientes. Importa poco la desesperación de la caída en la pobreza. Tampoco interesa el dolor resignado por un futuro incierto. Para el mundo del poder y de quienes aspiran a regresar a él, dominan el cálculo y la ventaja en un juego de suma cero en el que unos creen ganar y otros no aceptarán perder.

 

Atribulados por urgencias tan perentorias como tener qué comer y evitar ser contagiado, la mayoría de los argentinos no pueden imaginar con qué país se encontrarán después del tiempo electoral en el que acaban de entrar.

El mundo electoral ha vuelto a girar para llegar al mismo lugar: el territorio de gente que fue indecisa y que ahora tiene las esperanzas rotas vuelve a ser la franja en disputa

La ola de Covid que un mes atrás estremeció los indicadores sanitarios de la zona más poblada de la Argentina ahora golpea el interior profundo del país.

El peronismo vuelve a endosar al resto del país sus conflictos internos. Esta vez no es un problema partidario, de liderazgos políticos, de discusión de cargos o de la supremacía de un sector sobre otro. Lo que el inveterado oficialismo discute ahora es la esencia misma del sistema político e institucional de la Argentina. Y va ganando con comodidad el grupo que cree necesario abandonar la democracia liberal, desterrar la división de poderes como esencia de la república y caminar a contramano del sistema de libertades económicas del capitalismo.

Producto de una egomanía incurable, desde siempre los argentinos hemos preguntado cómo nos ven. Las respuestas han incluido, no pocas veces, la sorpresa y el desconcierto del interlocutor extranjero que nunca se había detenido a formarse una opinión sobre nosotros.

Una nueva versión de antiguos fracasos se proyecta sobre la Argentina. Como una deteriorada pantalla de un cine de barrio, el país resiste la reproducción de imágenes y palabras que parecían perdidas en el tiempo. Muchos espectadores ya se fueron a otras salas; otros saben que no conviene pagar por una entrada para ver el espectáculo de una nación que se autodestruye.

 

 

El Gobierno camina con dificultades crecientes hacia un punto electoral inquietante y remoto

 

Salud en terapia intensiva, educación aislada, economía asfixiada, pobreza sin remedio, justicia afiebrada, seguridad sin vacunas contra la delincuencia. La pandemia de coronavirus habilita mucho más que juegos de palabras; detona una crisis múltiple que pocos presidentes argentinos han debido enfrentar.

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