Domingo, 11 Septiembre 2022 08:24

La Argentina, el país que cree en no creer - Por Sergio Suppo

La velocidad e intensidad de los acontecimientos en la Argentina ha encontrado una respuesta que puede leerse en los estudios de opinión pública: exhausto de malas noticias y de peleas sobreactuadas, el país sufre una ola de hartazgo social. Cansados y metidos en sus propias histerias e historias, los argentinos no han podido ver el reflejo de la crisis de Chile, un país que pasó de ejemplo a pesadilla y parece no saber qué quiere ni cómo lo quiere cada vez que sus ciudadanos son llamados a votar.

El rechazo al envidiado (desde afuera) modelo económico, que en forma furiosa se expresa desde hace tres años, terminó por destruir el sistema político. En Chile no solo no fue posible aprobar la reforma de la Constitución, sino que tampoco parece factible un acuerdo aceptable para todas las fracciones para salir del conflicto. 

La Argentina se parece más a Chile de lo que creemos. Los protagonistas de nuestro sistema político no coinciden ni en sus respectivos desacuerdos. Un aire envenenado de radicalización avanza tanto en el oficialismo como en la oposición.

Es un proceso de situaciones que se repiten y acumulan, con conflictos políticos que contagian iras y prejuicios. La grieta se agiganta por el impulso de la propia dirigencia política.

A tono con otros países, aquí la posverdad derrota a los hechos y se pone en duda y niega hasta lo evidente.

El Gobierno lleva adelante un ajuste fiscal y una búsqueda desesperada de dólares por la misma imposición de su quebranto. Pero como recortar gastos es un pecado en el dogma oficialista, las medidas del ministro Sergio Massa se maquillan de eufemismos. El esfuerzo al que todos los argentinos son sometidos se vuelve más inexplicable para una parte de ellos, obligados a aceptar lo que siempre repudiaron. “Reasignación de subsidios”, en lugar de aumento de tarifas; “alternativas cambiarias”, en vez de precio diferenciado para los productores de granos, otrora enemigos jurados.

Las contradicciones de la Argentina recorren el mundo. Mientras Massa busca un acercamiento con los Estados Unidos para salir del ahogo financiero, desde China el embajador en ese país anuncia que el Presidente pidió el ingreso al Brics, la alianza que comandan la misma china y Rusia.

La repetición del recurso oficialista de la victimización y de atribuir sus presuntos males a una combinación satánica de opositores, jueces y periodistas fue utilizado hasta el extremo para explicar dos situaciones unidas en el tiempo, pero por completo diferentes: el pedido de condena a Cristina Kirchner en el juicio por la causa Vialidad y el atentado contra su vida.

El vértigo detonó el desconcierto de la virulenta reacción de la vicepresidenta por su comprometida situación judicial, pero también de varios hechos que, puestos en perspectiva, asombran por su vulgaridad.

Breve repaso. Entre otros errores, Cristina Kirchner cuestionó al abuelo del presidente del tribunal que la juzga por haber sido un represor. Pero el señor acusado resultó tener el mismo apellido que el responsable de violaciones de derechos humanos. “Bad information”.

Mientras la militancia cantaba “si la tocan a Cristina qué quilombo se va a armar”, Andrés Larroque, uno de los jefes de La Cámpora, se apropiaba del espacio público y declaraba “santuario” el domicilio de la vicepresidenta.

La síntesis final la aportó el jefe de la bancada de senadores, José Mayans, que expuso con claridad la táctica del apriete de la agitación social: “¿Queremos paz social? Bueno, comencemos por parar este juicio vergonzoso”. La inmediata corrección de esas palabras que ordenó Cristina puso en evidencia que el legislador formoseño había resumido lo que nunca debió decir.

En la otra vereda pudo verse un laborioso y eficiente trabajo para evitar recuperar el poder. En Juntos por el Cambio fue necesaria una cumbre de reconciliación luego de una discusión sobre dónde y cómo debían ponerse las vallas en la Recoleta frente al departamento de Cristina. Es muy difícil de explicar semejante infantilismo y falta de criterio. En las últimas horas, Juntos por el Cambio se enredaba en otra discusión sobre una selectiva convocatoria a un diálogo político planteado por el ministro del Interior en un tuit (sic). Luego, fueron invitados los radicales, pero el PRO, no.

Cometido el atentado, el mensaje unificado de repudio duró apenas tres horas. Bastó que Alberto Fernández usara la cadena para atacar a la oposición y disponer un feriado nacional nada más que para organizar un acto partidario de adhesión a la vicepresidenta. Una cuestión logística para movilizar militantes en el AMBA paralizó la producción y el trabajo de todo el país.

La atribución a la oposición, la Justicia y el periodismo de la autoría intelectual del fallido ataque a la vicepresidenta tuvo una inmediata contracara: el descreimiento que dejan ver extendidos sectores de la sociedad (reflejados en distintas encuestas) que ponen en duda que Cristina haya sufrido un ataque que pudo matarla. Creen que la vicepresidenta fabricó ese hecho.

Un país que se acusa mutuamente, que reniega hasta de las evidencias, expresa un problema político y social de enormes dimensiones. Unos creen que las pruebas contra Cristina en los juicios por corrupción son inventadas. Otros se niegan a considerar que sujetos como los que fueron detenidos hayan querido asesinarla.

Es la Argentina que cree en descreer; que no quiere saber nada que no se amolde a su mundo cristalizado de prejuicios.

Es un país que rechaza al que piensa distinto, lo convierte en enemigo y jamás se hace cargo de sus propias intransigencias.

Es una nación que alimenta un monstruo, el propio, y que parece elegir la reproducción de antiguas desgracias una y otra vez en un loop interminable. Momentos como este hacen pensar que los argentinos eligen olvidar, dejar atrás, pisotear y enterrar hasta lo último que se pierde: la esperanza.

Sergio Suppo

Top