Rogelio Alaniz
La multitud en la calle. En las calles de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Rosario. Esa multitud que el presidente subestimó y luego calificó como "lágrimas de zurdo". Al gobierno se le atribuye la frase "no la ve" para referirse a quien no entiende un proceso histórico. El martes pasado la frase apuntó al presidente: "No la ve". No entiende o no quiere entender la gravitación política, moral e histórica de la universidad argentina.
Si Javier Milei necesitaba que alguien confirmara sus tesis acerca de "la casta", los señores senadores le dieron el gusto. No solo le dieron el gusto sino que, a juzgar por la puesta en escena, los caballeros se esmeraron en representar con lujos de detalles y al pie de la letra el rol que Milei les había asignado. No se puede ser tan cínico, o tan torpe, o tan tonto para hacer exactamente lo que no se debe hacer en las actuales circunstancias. Y además, no se puede hacer más daño a la credibilidad de una república democrática. ¿Exagero? Para nada.
A Jorge Lanata le asiste todo el derecho del mundo en querellar al presidente Javier Milei. Es más, si no lo hiciera daría lugar a que se sospeche o se suponga que el calificativo de "ensobrado" que le endilgó el presidente es verdadero. En un programa de televisión, Patricia Bullrich le solicitó a Lanata que levantará la querella, pedido que seguramente el periodista no cumplirá.
Milei es hoy el presidente de los argentinos por la sencilla razón de que una mayoría de los argentinos así lo decidió. Está donde está como consecuencia de los errores, las torpezas y las miserias de los gobiernos pasados.
La pregunta por el millón que nadie está en condiciones de responder, es si el pueblo argentino continuará soportando las inclemencias de un ajuste que el propio gobierno no solo admite que es duro sino que, además, se jacta de esa dureza, con lo cual se instala la otra "novedad" política: la "novedad" de una sociedad que apoya el ajuste del cual ella es la víctima, la destinataria de sus rigores.
Milei avisó que venía a aplicar un ajuste muy duro. Y en estos temas ya se sabe que el que avisa no es traidor. La campaña electoral la hizo con una motosierra. Más claro, echale agua.
El presidente Javier Milei pierde su segunda votación en el Congreso. Antes fue la ley Ómnibus; el jueves pasado fue el DNU. Una vez en diputados y otra vez en senadores. En todos los casos, los procedimientos fueron los previstos por la ley. Nadie sacó los pies del plato, nadie arrojó piedras, aunque más de uno se fue, como se dice, de boca.
Desde Bolivia y por el río Paraná, hasta unos de los puertos más importantes del mundo, el camino de la droga hace su recorrido. Si se logra descorrer los velos de protección, es posible detener su avance.
Es muy difícil, por no decir imposible, diferenciar la personalidad del personaje. Si esto vale en general, vale con particular intensidad en el campo de la política, y ni hablar si el personaje en cuestión se llama, por ejemplo, Javier Milei. Insisto en este último aspecto, porque por las modalidades de la llegada a la presidencia del líder anarcocapitalista los rasgos de su personalidad para mal o para bien son decisivos.
No fue el discurso de un león feroz, pero tampoco el discurso de un gatito mimoso. No despertó miedo, pero tampoco fue complaciente. Atacó como si estuviera jugando pero atacó. No dejó a nadie sin tocar, incluso a quienes hasta el momento parecía ignorar. Nunca les ahorró palos a los radicales, pero esta vez el látigo golpeó a los que calificó como los jinetes del fracaso: Pablo Moyano, Máximo Kirchner, Sergio Massa y Alberto Fernández. La marimba de palos también alcanzó a Cristina, "responsable del peor gobierno de la historia".
Es bien sabido que todo proceso histórico, con su correspondiente liderazgo, se inclina a elaborar una lectura del pasado que justifique o legitime el presente y, sobre todo, convenza a los ciudadanos de que en un tiempo lejano vivimos momentos de gloria, aunque lamentablemente - podemos permitirnos agregar- quienes deberían haber sostenido y ampliado esa dicha social no la han sabido sostener y en más de un caso la han deshonrado y precipitado a la decadencia y a la quiebra económica y moral.
¿Realmente, quién es el verdadero Javier Milei? El presidente argentino y una pregunta con varios "disparadores".
Alguna vez se dijo que el Congreso es una caja de resonancia de las tensiones, los anhelos y las exigencias de la sociedad. La afirmación puede discutirse, pero en sus líneas más gruesas es verdadera. En una democracia representativa el pueblo, el soberano o como mejor quieran llamarlo, delega el poder en sus representantes, en este caso los legisladores. Puede que estos representantes no mantengan con sus representados una relación lineal, pero debemos admitir que con las complejidades del caso esa representación se cumple.
Es posible que el dilema que se le presenta a Javier Milei gira entre los imperativos del realismo político que repele todo tipo de dogma y su fe ideológica de anarcocapitalista, o como mejor lo quiera llamar, que lo transforma en una suerte de predicador decidido a iniciarnos a los argentinos en las delicias de la buena nueva.
Es probable que los historiadores en el futuro develen la incógnita acerca de por qué en algún momento de nuestra historia algunos presidentes argentinos se consideraron habilitados para darle al mundo lecciones de política y algunas asignaturas afines. En ese sentido fue un paradigma Cristina Kirchner, la presidente argentina que incluía entre sus hábitos llegar tarde a todos los simposios internacionales, y a la hora de hacer uso de la palabra acostumbraba a extenderse en peregrinas consideraciones ideológicas y políticas acerca de lo que más le convenía al mundo.
Al gobierno de Javier Milei lo acusan de pretender concentrar el poder, de gobernar por decreto, de eliminar el Congreso y de unas cuantas otras lindezas por el estilo. En algunos casos lo acusan por lo que hace y en otros por lo que no hace.
La incertidumbre parece ser el rasgo dominante de los argentinos en este pringoso verano de 2024. La incertidumbre con algún toque de miedo y algún resquicio de esperanza. No se trata de optimismo o pesimismo, esos antagonismos que en política no suelen decir nada importante.
Cuando Juan Bautista Alberdi escribió "Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina", una de sus preocupaciones centrales fue que no repitamos la experiencia de Juan Manuel de Rosas, es decir la de un régimen despótico apoyado por las clases populares y habilitado para ejercer la suma del poder público. Fue por eso que dispuso que el presidente no sea elegido por el voto directo sino por los Colegios Electorales; y que incluso los senadores se rigieran por los mismos principios.
Javier Milei presidente es el producto de diversas circunstancias, pero no hay que desconocer la clara gravitación del peronismo en su carrera hacia el poder. El gobierno peronista hizo lo posible y lo imposible para que así fuera.
Sin concesiones. Javier Milei estima que la izquierda, asimilada a socialismo y comunismo, es el principal adversario y en más de un caso, el enemigo. Según el flamante presidente, es perversamente peligrosa.
El miércoles de la semana que viene, cuando escriba mi habitual nota, ya no habrá en la Argentina un gobierno peronista. Este dato, atendiendo los resultados de las urnas, es en sí mismo una buena noticia o, para decirlo en términos más políticos, es lo que el pueblo deseaba: que se vaya el peronismo sin importar demasiado quién viene en su lugar. Fue la consigna que catorce millones de personas reclamaron, una mayoría que incluye admitir que venga el que venga siempre será mejor que esta calamidad política que nos gobernó durante cuatro años o que, para ser históricamente rigurosos, dieciocho años.
Finalmente se murió. Fiel a su estilo, se tomó su tiempo y esperó cumplir cien años. Un periodista dijo en su momento que era inmortal. Con el realismo que lo distinguía, tengo derecho a especular que la afirmación debe de haber arrancado una sonrisa irónica en un hombre que cuidaba hasta en los detalles las expresiones de su rostro.
Javier Milei será el nuevo presidente de los argentinos. Su victoria electoral fue contundente y en algún punto sorpresiva. Se esperaba una diferencia de dos o tres puntos, pero la diferencia a la hora del escrutinio estuvo cerca de los doce puntos. El escrutinio concluyó a las 18 y antes de las 20 los resultados ya estaban en la calle. Nobleza obliga: la elección fue limpia y el discurso de Sergio Massa aceptando la derrota fue impecable.
Escucho por la radio que se han organizado apuestas para las elecciones del domingo. Frivolidad, consumismo, vicio o como más les guste, pero en cualquiera de los casos lo cierto es que esto ocurre porque el escrutinio se presenta reñido, un "cabeza a cabeza", dirían los burreros. En todos los casos, el que gane lo hará por poca diferencia. En condiciones normales ese equilibrio exigiría o habilitaría un acuerdo de gobernabilidad, una expectativa que tal como se presentan los hechos, resulta imposible.
Dudar es legítimo, pero no es justo que el destino, los dioses o nuestra singular condición de argentinos nos hayan condenado en estas elecciones a arrastrarnos en los fangos de la duda, hasta el momento mismo de ingresar a la penumbra del cuarto oscuro y emitir el voto. Además, nunca me ha pasado contar con amigos que con idéntica resignación declaran votar por Sergio Massa, por Javier Milei o en blanco. Nadie lo hace con pasión o entusiasmo.
Los que perdieron en la primera vuelta deben elegir al ganador de la segunda; paradoja política en la que los perdedores son los árbitros que resolverán el resultado de las urnas
¿Si Sergio Massa es electo presidente, se enfrentará al kirchnerismo? Massa es capaz de cualquier cosa. No es Alberto Fernández y los kirchneristas lo saben, porque saben que nunca fue un kirchnerista.
La novedad no es una aventura amorosa en el Mediterráneo con un millonario y una modelo como protagonista; la novedad reside en que el millonario es uno de los principales dirigentes políticos de la provincia más poblada, más rica y más pobre de la Argentina. La pregunta de fondo no es quién es Martín Insaurralde; la pregunta de fondo es cuántos Martin Insaurralde hay en la provincia. Después podemos considerar otros detalles y avanzar en otras consideraciones.
Ana Figueroa deberá resignarse a la condición de señora, abuela o jubilada. Jueza, nunca más. No es un destino desgraciado, por el contrario, hasta puede ser honorable, sobre todo si la alternativa es insistir en ser jueza a contramano de las normas constitucionales de la Corte Suprema de Justicia o, en su defecto, retornar por la ventana a su despacho de la mano de Cristina para taparle sus escandalosos chanchullos. Sorprendente. El peronismo quema los últimos cartuchos del poder que dispone para proteger a la Jefa.
Qué decir de una elección donde los que deciden son millones de personas, muchas de las cuales aún no saben a quién votar, mientras que otro sector no descarta cambiar el voto incluso un segundo antes de entrar al cuarto oscuro.
Milei o no Milei, esa parece ser la cuestión. Por lo menos para muchos argentinos lo es desde hace dos semanas. El futuro dirá si la estrella que empezó a titilar en el firmamento era el anticipo de una iluminación reveladora o apenas un fugaz juego de luces, un encandilamiento tan breve como repentino. Milei o no Milei. Hamlet hace algunos siglos se planteó el mismo interrogante, pero para resolver otros dilemas. Su intensidad dramática no impidió que algunos dijeran que estaba loco, o que se hacía el loco, una posibilidad que en el teatro de la política nunca se debe descartar. Yo, confieso, no me siento atado por esa contradicción que para algunos es un dilema y para otros, una paradoja. Y no faltan los que la viven como una culpa, aunque tal vez para muchos sea sencillamente algo parecido a una revelación.
Illia y Tosco. Uno fue político; el otro, sindicalista. No voy a decir que fueron amigos; sería muy cómodo, muy fácil, pero no sé si sería verdadero. Prefiero destacar sus afinidades, aquellas que van forjando a pesar de las diferencias. Uno era político; el otro sindicalista; uno era radical, el otro, de izquierda. Uno fue presidente de la República, el otro un dirigente sindical honesto que detestaba a las dictaduras. Para Illia, su uniforme de ciudadano era el traje: el traje y la corbata; para Tosco, su uniforme era el overol: el overol del obrero.
Victoria Villarruel es una versión pulida de Cecilia Pando. No mucho más que eso. Además, es la compañera de fórmula de Javier Milei. Por tradición familiar, por decisión política, oscila en lo que muy bien podría calificarse la derecha. Una derecha política que a veces disimula su simpatía por la última dictadura militar. A veces, no siempre. Villarruel es de derecha, no lo disimula. Y se me ocurre que en su intimidad está orgullosa de serlo. Otras observaciones son precisas para que me entiendan. Ser de derecha, no es sinónimo de criminal, genocida, incluso explotador. La "derecha" es una tradición política legítima de la modernidad. Además de una tradición, es una presencia histórica y un campo teórico.
Argentina, agosto de 2023. Por estos días han retornado los espectros alucinados de los saqueos y el vandalismo. Dicen ser espontáneos, pero nosotros sabemos que estas tropelías están organizadas.
Es probable que la disputa por la presidencia sea entre Javier Milei y Patricia Bullrich, porque todo parece indicar que el peronismo ha agotado su posibilidad de sumar más votos que los obtenidos el 13 de agosto.
Se habló hasta el cansancio del hartazgo del electorado con los políticos. Pues bien, ese hartazgo se expresó. El capítulo decisivo aún no se ha escrito, pero los posibles desenlaces tienen nombre y apellido.
Reclamar por la muerte de la pequeña Morena Domínguez es un acto humanitario de justicia. Poner en el mismo nivel la muerte de Facundo Molares, es un acto miserable de manipulación política.
Afirmar que la Argentina no tiene arreglo, que en la Argentina todos los políticos son lo mismo o que lo mejor que se puede hacer es tomar la ruta de Ezeiza, no solo es una simplificación, un error, sino también una manera cómoda de desentenderse de los problemas del país, de lavarse las manos con excusas disfrazadas de afirmaciones tan coléricas como livianas, tan contundentes como equivocadas, tan escatológicas como injustas.
Las Paso del 13 de agosto son importantes para todos, pero en particular para Juntos por el Cambio (JxC), porque el ganador dispone de muchas posibilidades de ser el nuevo presidente de la Argentina (podría escribir "gandorxs" y "presidente y presidenta", pero respeto mucho nuestro idioma como para enlodarme en adefesios gramaticales reforzados por tilinguerías políticas que inesperadamente transforman a mi querida tía Cata en una inspirada lingüista y semióloga de 90 años, decidida a enseñarles a leer y escribir a los imberbes de siempre).
Para el populismo y la izquierda los derechos humanos son una “herramienta táctica”; alcanzan para sus compañeros, pero esas garantías para los “burgueses” no son necesarias ni deseables
Los análisis sobre los procesos electorales suelen relativizar los resultados porque efectivamente se trata de situaciones complejas.
El domingo se vota en la provincia. Son elecciones PASO, pero más de una vez el resultado de las Paso anticipó el resultado final. Hay muchos candidatos, hay muchas coaliciones, pero con todo respeto la gobernación se va a disputar entre los ganadores del denominado "Frente de frentes" y el peronismo.
Emerenciano Sena y Milagro Sala. Ambos kirchneristas; ambos financiados, soportados y ennoblecidos por el poder kirchnerista; ambos cebados por el manejo discrecional de planes sociales; ambos enriquecidos en esta faena de vivir de los recursos públicos; ambos peronistas convictos y confesos".
Alguna vez me preguntaron si no me interesaría escribir una novela alrededor de la corrupción kirchnerista, y en particular de la corrupción de los jefes de la banda o asociación ilícita: Néstor y Cristina. No recuerdo que contesté, probablemente haya dicho que sí, sabiendo que si hubiera dicho que no, los resultados no habrían sido diferentes, porque el autor de la pregunta no era un editor y en estos casos lo que importa es la decisión de un editor decidido a financiar una investigación, la escritura y la edición de un libro.
¿Es demasiado pretender un presidente que nos represente por la lucidez de sus convicciones, por su capacidad para devolvernos el orgullo de ser argentinos?
Nunca compartí las opiniones de los historiadores del denominado revisionismo histórico. Ni siquiera en los tiempos en que estaban de moda, y un cantante tan desafinado como precario, conocido como Rimoldi Fraga, pregonaba las virtudes telúricas de los caudillos revoleando en los escenarios su poncho federal.
No hay en el peronismo una dirigente capaz de convocar y despertar expectativas como Cristina. Tampoco dispone el peronismo de una oradora como ella. La dolorosa paradoja es que Cristina sabe que su liderazgo no alcanza para ganar elecciones. No alcanzaba en 2019 y mucho menos alcanza en 2023. Por eso Alberto entonces, y por eso Sergio ahora. En 2019 Alberto fue un candidato ganador; tengo mis serias dudas de que Sergio lo sea en 2023. Una derrota electoral de Cristina sería su definitiva derrota política.
Conocí a Eugenio Zaffaroni en la Constituyente de 1993, en su condición de diputado por el Frepaso y exponente de lo que entonces se conocía como el pensamiento progresista. Vivimos en una sociedad de rumores que a veces son noticias, a veces chismes y en algunas ocasiones verdades.
¿Es el peronismo el partido político de los verdugos y las víctimas; de los explotados y los explotadores; de los poderosos y los indigentes; de los torturados y los torturadores? Esta pregunta nos la hicimos en los años setenta, cuando los peronistas se mataban entre ellos sin compasión.
La dictadura de Uriburu contaba con un ministro considerado un maestro de las operaciones políticas. Se llamaba Matías Sánchez Sorondo. Era conservador, inteligente y con manifiestas simpatías fascistas. Ni Uriburu ni Sánchez Sorondo creían en las elecciones. Las consignas de sus seguidores eran “Urnas no, palos sí”, un cántico elocuente que no necesitaba de refinadas interpretaciones para poner en evidencia la ideología de sus promotores.

