Luis Alberto Romero

Salieri, kapellmeister de la corte imperial de Viena, no sabía qué pensar del joven Mozart. “Cómo es posible, Señor —habría dicho, según el film Amadeus— que el don divino de la música lo hayas concedido a ese ser inmundo y despreciable”. Aunque incapaz de componerla, Salieri sabía reconocer la calidad en la música.

No me gustan los próceres. Suelen ser un engorro para el ciudadano y para el historiador. Admito que la patria necesita sus mitos fundadores, tal como Virgilio hizo con Eneas. Pero los mitos tienen sus problemas. En el himno que lo honra, ese de “Yerga el Ande”, San Martín fue “grande” “por secreto designio de Dios”, y su “trono” se ubica, “entre cielos y nieves eternas”. Dios ungiendo a un militar, que nos mira desde la eternidad: pésimo precedente de lo que Loris Zanatta llamó “la nación católica”.

El país de estas cuatro décadas de democracia muestra un estado que ha consolidado el poder de las corporaciones y las ha llevado incluso a donde no estaban: la gestión de la pobreza.

En 1983 Raúl Alfonsín convocó exitosamente a la ciudadanía para construir una democracia republicana y pluralista, fundada en el Estado de derecho. Afirmó que el Estado así gobernado sería capaz de solucionar las principales necesidades de la sociedad: alimentar, educar y curar.

Machacando la consigna del “Estado presente”, el kirchnerismo parece haber convencido a propios y ajenos: ante la crisis abismal, sus seguidores reclaman una presencia estatal aún mayor. En los bordes de la oposición, en cambio, ha aparecido una cierta fantasía anárquica: acabemos con el engendro y restauremos la libertad originaria.

 

En la Argentina hemos llegado a la síntesis superadora del unitarismo y el federalismo, combinando lo peor de uno y de otro.

 

 

El sello de Carlos Menem, que murió este domingo, le imprimió al peronismo hace ya treinta años no despierta hoy los medidos entusiasmos o los exaltados aborrecimientos de su tiempo. Es el momento de tratar de entenderlo.

 

 

Estamos asistiendo al asalto al poder por el kirchnerismo nuclear -Cristina y La Cámpora- que hasta ahora viene arrastrando al resto del peronismo.

 

 

Cuando habló de los docentes que militaban en las aulas, la ministra Soledad Acuña mostró la punta de un iceberg. Es llamativo que ninguna voz oficial lo haya mencionado antes, porque su dimensión está a la vista, al alcance de quien, por ejemplo, recorra las entradas de Wikipedia sobre la historia y la política argentinas.

 

Lo que mejor funciona en el peronismo es la sucesión dinástica, pero el heredero debe superar el test de conducción, en el que fracasó Isabel y tuvo éxito Cristina.

 

A los graves problemas que arrastra la Argentina hay que agregarle uno reciente e inesperado: el país no tiene ni conducción gubernamental ni liderazgo político. Enigma para peronistas. El kirchnerismo se ha metido en un callejón, cuya salida no se vislumbra. El movimiento peronista se encuentra ante una encrucijada.

 

 

El kirchnerista es una variación menor del estilo peronista básico: liderazgo decisionista, legitimación plebiscitaria, rechazo de la tradición republicana y anitliberalismo.


 

El gobierno de Alberto Fernández afronta una aguda crisis económica, agravada por la pandemia, pero sobre todo por la incertidumbre acerca de quién gobierna efectivamente.

 

 

La noticia del secuestro y asesinato del general Aramburu asombró a todo el mundo. Entre ellos, a Juan Manuel Abal Medina, por entonces la mano derecha de Marcelo Sánchez Sorondo, un veterano nacionalista que animaba el Circulo del Plata.

 

 

Montoneros nació en el seno de un movimiento católico en estado de efervescencia. El Concilio Vaticano II había movilizado a la grey y a sus pastores, desatando acumuladas demandas de reforma de todo tipo.

 

 

Hace tres semanas me preguntaba sobre las posibilidades de una propuesta democrática, republicana y popular, capaz de consolidar las difusas demandas del 41% electoral, e incluso ganar apoyos en una zona del otro campo, de modo de construir una mayoría electoral convincente.

 

 

En agosto de 2019 el gobierno de Macri perdió 20 puntos porcentuales de su capital electoral de 2015. En las seis semanas siguientes logró reducir la pérdida en 10 puntos, transformando una catástrofe electoral en una derrota honrosa que alienta expectativas futuras.

 

 

“La legislación sobre el negacionismo pretende imponer la verdad histórica como verdad legal”, escribió Pierre Vidal Naquet en referencia a la legislación europea que penaliza la negación del Holocausto, y que hoy se propone en la Argentina para los crímenes de lesa humanidad de la última dictadura.

 

 

Desde los foros académicos hasta las charlas de café, no son pocos quienes atribuyen los problemas argentinos al peronismo. Siguiendo la célebre pregunta de Vargas Llosa sobre el Perú, creen que la Argentina se "perjudicó" en 1945.

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