Lunes, 30 Noviembre 2020 12:16

¿Cómo es la marca peronista? - Por Luis Alberto Romero

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Lo que mejor funciona en el peronismo es la sucesión dinástica, pero el heredero debe superar el test de conducción, en el que fracasó Isabel y tuvo éxito Cristina.

A lo largo de 75 años, el peronismo ha sido muchas cosas distintas. Basta con recordar a sus jefes principales -Perón, Menem, los Kirchner- o simplemente comparar una imagen de la primera conmemoración del fasto fundador, en 1946, con la última y más reciente.

El peronismo es un “movimiento”. Porque es un frente diverso y multifacético y porque se mueve, cambia, se readecua sin perder su marca de origen. Esta marca es intuitivamente clara pero difícil de precisar conceptualmente. En mi opinión, hay tres aspectos estables, en los que el peronismo sobresale, y que están presentes en todas sus formas históricas: una aguzada sensibilidad popular, una fuerte e incondicionada vocación de poder y una opción categórica por el liderazgo.

El peronismo siempre se destacó por una fina percepción del pueblo, del “alma popular”, difusa y precisa a la vez. También en percibir sus cambios y no quedar fijado en una imagen. Por ejemplo, lo que diferenció a un trabajador de 1950, un militante barrial de 1970 y un pobre de 2000. Ante los cambios, pocas veces perdió el tren y casi siempre “primereó” a otras fuerzas políticas.

Esa sensibilidad le permitió recrear permanentemente su vínculo preferencial con la base popular, sosteniendo en cada situación las propuestas más redituables y, sobre todo, encontrando las palabras justas para identificarla y para dividir de manera verosímil el campo de lo popular y el del adversario o el enemigo. Hay un arte en lo que Perón llamaba la conducción: interpelar y canalizar el apoyo de una franja social variable, apelada como el pueblo, y convertirse en su voz y su voluntad. Hoy suele llamárselo populismo.

La vocación de poder es un componente esencial de la cultura política de los dirigentes peronistas. Es cierto que cualquiera que hace política quiere llegar al poder y conservarlo, pero generalmente con algún propósito de interés público. En el peronismo, el poder tiene un propósito en si mismo: mantener la estructura dirigencial que permite sostenerlo y posibilitar que quienes la integran obtengan beneficios específicos.

Para ser dirigente peronista hay que demostrar capacidad de conducción. Una pintada, “Fulano conducción”, indica que un nuevo aspirante ingresa al ruedo. No se espera de él ni genealogía ni capacitación doctrinaria. Solo capacidad para armar poder propio e integrarse lealmente a una conducción superior; para desligarse sin traicionar, basta con avisar antes.

En la cultura política del peronismo se acepta con naturalidad que el poder conlleve ventajas materiales. No se trata del sueldo -la militancia vocacional en todas partes pasó a la historia- sino de los “gajes”, los ingresos que genera el puesto en la administración del Estado. Con ellos se “hace la diferencia”, que, a diferencia de otros espacios políticos, más recoletos al respecto, en el peronismo se descuenta, se exhibe y es valorada.

Finalmente, lo más obvio y los más importante: el peronismo es un movimiento de líder, capaz de interpretar y dirigir al pueblo y de conducir a sus huestes al poder. En rigor, toda la democracia del siglo XX se ha basado en líderes, de modo que es una cuestión de grados. También de instancias internas de balance o control, en el ideario o en el partido.

Estas restricciones no funcionan en el peronismo, donde se acepta que el líder tiene la máxima libertad para conquistar el poder y conservarlo. Para ello necesita mantener la unidad del movimiento: convencerlo, disciplinarlo, ampliarlo, rearmarlo, cambiar su perfil. No es tan difícil: todo el mundo se alinea detrás del vencedor. Nadie quiere quedar afuera ni dejar a nadie afuera. Los que en algún momento se fueron siempre encontraron las puertas abiertas para volver.

¿Qué ocurre cuando un líder fracasa? En principio, la derrota lo arrastra -así pasó con Luder, Menem, Duhalde- y a la larga, un nuevo líder ocupa el lugar. El problema son los interregnos. Lo que mejor funciona es la sucesión dinástica, pero el heredero debe superar el test de conducción, en el que fracasó Isabel y tuvo éxito Cristina.

Cuando no hay sucesión dinástica, emergen las corrientes internas, los grupos corporativos, las líneas partidarias, los consejos, los congresos. Todo esto, que en otros partidos es signo de vitalidad, en el peronismo significa que el cuerpo está enfermo. Nadie está cómodo en la transición, y más allá de las pujas, todos esperan al nuevo conductor.

Nada sabemos sobre quién, cuándo y cómo, ni cuál versión del peronismo ofrecerá. Pero sabemos que seguirá siendo un movimiento de líder, con afinada sensibilidad popular y una dirigencia con fuerte vocación de poder.

Luis Alberto Romero

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