Natalio Botana

El rasgo más pernicioso de este escenario es la carga emocional con la que se concibe la política como una lucha entre el bien y el mal

¿Qué vale más: los votos y movilizaciones que entronizan un liderazgo popular acusado de ser corrupto, o las leyes que aplican los jueces? Planteado así el dilema, deja a la vista dos maneras de concebir una república democrática.

La economía resulta ser la única trinchera de una gestión que, por impericia, obcecación y desdén institucional, se desestabiliza en su seno.

En los Estados Unidos y en la Argentina se busca fracturar la trayectoria de las democracias en un antes y un después. Parecidos y diferencias entre Trump y Milei.

La mesa está pues servida: autocracia en Rusia, régimen de partido único en China, hirientes dilemas que estallan en los Estados Unidos. ¿No es esta otra señal de cómo la mutación científico-tecnológica, que abarca a todo el planeta, se confunde en diferentes naciones con déspotas y autoritarios?

La ambición de crear un partido desde el Estado, utilizando los fragmentos que despiden peronistas, radicales y agrupaciones provinciales es la estrategia predominante. Algo que ya hemos visto en el pasado.

Hace falta levantar la mirada para reconstruir un espacio capaz de inyectar una dosis de equilibrio a un sistema polarizado en extremo. De lo contrario seguirán rugiendo los leones, como dice el Presidente.

La tolerancia es un estilo que a diario se repele tras los infundios; el respeto recíproco, hoy ignorado, es un atributo que enaltece la dignidad de la ciudadanía.

Una cosa es cooptar partidos para armar desde el gobierno una fuerza política y otra, muy diferente, es practicar el arte de la coalición. Por un lado, se sueña con otra hegemonía; por otro, se abriría camino para una política más constructiva.

Atendamos de entrada a los fundamentos. La libertad de la persona, en procura de realizar su proyecto de vida, no se entiende sin una forma política que la contenga. Pese a desviaciones autoritarias y populistas, el único régimen valioso, adoptado por nuestra Constitución Nacional, es el que conjuga república y democracia. No hay pues libertad sin república ni república sin libertad.

El contexto actual, doloroso y complejo, requiere orientaciones prudentes y no facciosas, lo que desde hace muchos años es entre nosotros un producto escaso. Para unos y otros, el tiempo apremia.

Desarmar el entramado corporativo que deformó la relación entre el Estado y las organizaciones sociales es una asignatura pendiente en el duro aprendizaje de perfeccionar la calidad de nuestra República.

Todo parece estremecerse al conjuro de un cambio que el Presidente pregona sin cesar en las redes sociales. No obstante, si miramos con alguna perspectiva, podemos comprobar continuidades difíciles de doblegar.

Despejar la economía del capitalismo de amigos debería ser una de las funciones primordiales del liberalismo derogatorio que hoy se presenta en las palabras, pero todavía no en los hechos.

El Presidente arremete con un ambicioso decreto de desregulación de la economía para insuflar aire a una actividad privada asfixiada por infinidad de obstáculos. Queda por delante un escarpado camino.

La ciudadanía votó el domingo pasado con una contundencia que asombra. Se trata de un acontecimiento que, entre otras causas, toca de lleno en la crisis de representación de las democracias occidentales.

Entre tanto desacierto e incertidumbre, sigue vigente ese genio de la democracia que garantiza a toda la ciudadanía, sin mayores distinciones, el derecho de elegir a sus gobernantes.

No hay libertad (una palabra hoy tan gastada) sin república y no hay república sin democracia. A no perder ninguno de estos tres atributos.

Las recientes elecciones en La Rioja, Misiones, Jujuy, Salta, La Pampa, Tierra del Fuego, Rio negro y Neuquén han dado lugar a un comentario que se repite invariablemente: en esos ocho distritos pequeños ganan, en efecto, los oficialismos. He destacado este hecho durante estos cuarenta años de democracia; de tanto repetirse, va marcando una tendencia que afecta al principio republicano de la alternancia entre gobierno y oposición.

Desde hace un tiempo vengo insistiendo acerca del crepúsculo en el que ahora se interna la democracia de partidos (obviamente no soy el único). En 1983, cuando despuntó este régimen valioso que tuvo la virtud de durar más allá de crisis y sobresaltos, la democracia de partidos parecía gozar de buena salud. De hecho fue así a lo largo de dos décadas.

Cuando despunta este año electoral persisten el faccionalismo y la polarización, un arrastre de actitudes muy complicado que estalló durante el año pasado. El faccionalismo, en efecto, ahora arrecia en las dos coaliciones que disputan el poder. Los candidatos se multiplican sin que surjan liderazgos unificantes capaces de suscitar amplias adhesiones. Por su parte, la polarización no da el brazo a torcer.

Antes de las recientes elecciones de medio término en los Estados Unidos, Donald Trump y sus adictos anunciaban una “marea roja” (este color es emblema del Partido Republicano) que inundaría a modo de repudio el sistema político de esa antigua república.

En el Frente de Todos, Cristina Kirchner podría repetirse como quien toma la decisión. En Juntos, mientras Mauricio Macri duda podrían quedarse sin PASO.

La experiencia y la política comparada nos enseñan que no hay acuerdos socio-económicos convincentes si no media un pacto en el plano político-institucional fundado en la confianza recíproca de la dirigencia.

En estos meses se juegan dos partidas: la del corto plazo en manos del Gobierno y la del mediano plazo por el lado de la oposición. Ambas suponen riesgos.

En América Latina la historia revolucionaria del siglo XX, cuyos epicentros estuvieron al principio en México y más tarde en Cuba, ha quedado atrás. Esta alteración no supone que se hayan apagado las rebeliones sociales y los cuestionamientos a la gobernabilidad de nuestras democracias.

 

El estilo de jugar constantemente sobre el filo de la navaja desconcierta y hace crecer la incertidumbre. No hay en el Gobierno línea argumental y conducción ejecutiva.

 

La metáfora del título alude a la trayectoria circular de nuestra política. Entre estas idas y vueltas, la coincidencia de fechas invita a volver atrás. Con notas, entrevistas y una movilización en Plaza de Mayo (cuándo no) rememoramos durante estos días lo que pasó hace 20 años en aquel verano del descontento, un tiempo agónico atravesado por la furia colectiva.

 

 

Contra los intentos populistas de no reconocer la derrota, es claro que la coalición peronista-kirchnerista ha perdido con contundencia en todo el país.

 

 

En las recientes PASO perdió una fórmula de gobierno. No sufrió en soledad el Presidente este revés ni tampoco la Vicepresidenta es la única responsable de ese descalabro. La responsabilidad es compartida porque se ha puesto en entredicho una malograda experiencia de gobierno, por al menos tres razones.

 

 

Nuestras democracias sobreviven hoy bajo el impacto de tres grandes retos. La pandemia que nos azota; los legados de las desigualdades, las rebeliones sociales y la voluntad de ejercer hegemónicamente el poder; y la mutación tecnológica con la irrupción en la esfera pública de las redes sociales.

 

En este año predomina la política electoral con dos condimentos. El primero, novedoso, es la pandemia; el segundo es semejante al mito del eterno retorno: votaremos, como es habitual, padeciendo los efectos de una economía en crisis.

 

El 20 de enero de 1997, el senador John Warner, maestro de ceremonias de la toma de posesión del presidente Clinton, afirmó que los EE.UU. conformaban “la más vieja e ininterrumpida democracia republicana del mundo”. El miércoles pasado, la ceremonia se repitió con la solemnidad debida, en una ciudad de Washington vacía por la pandemia y militarizada para contener la agresión de los violentos.

 

En un pasaje de las Bases…, Alberdi escribió que “una vez elegido, sea quien fuere el desgraciado a quien el voto coloque en la silla difícil de la presidencia, se le debe respetar con la obstinación ciega de la honradez, no como a hombre, sino como a la persona pública del Presidente de la Nación”.

 

 

 

¿Por qué la política está en estos días descentrada? Si nos atenemos al antagonismo que, durante la pandemia, se manifiesta en lenguajes y proyectos parecería que el centro de nuestro sistema político se está desplazando hacia los extremos.

 

 

La coyuntura política despierta la sensación de atravesar un pantano en que, a golpes de efecto, se yuxtaponen impugnaciones y vetos. En ese fondo cenagoso quedan a salvo las convergencias entre Gobierno y oposición para enfrentar la pandemia; lo que resta evoca un contrapunto no resuelto entre dialoguistas y excluyentes.

 

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