Pablo Mendelevich

Pablo Mendelevich 24El libro que el exjefe montonero acaba de publicar ha conseguido algo nuevo en la comunidad política, que no es aplauso ni abucheo ni indiferencia: un silencio que habla 

Pablo Mendelevich 24El comercio internacional podrá ser entre privados, pero el marco regulatorio lo fijan los gobiernos, para lo cual se requiere un clima propicio, que no es precisamente el de los insultos en la cima del poder

Pablo Mendelevich 24La intención de Cristina Kirchner consiste en arraigar dentro del país, en parte como rebote de la instalación internacional, la idea de que está proscripta, persecución que ella probablemente desafiará mediante una postulación imaginaria capaz de preservar su liderazgo dentro del peronismo 

Pablo Mendelevich 24Los habituales improperios presidenciales alcanzaron esta vez a Lula, presidente del país que es principal destino de las exportaciones argentinas, y luego a De Mendiguren. Un rasgo peligroso por todo lo que está en juego en la relación entre la Argentina y Brasil 

Pablo Mendelevich 24Del “gol imposible” de Grillo de 1954 hasta hoy el duelo entre la Argentina e Inglaterra ha estado marcado por cuestiones que van más allá de lo deportivo

 

07 urnaSuspensión de las PASO, adelantamiento de elecciones provinciales, reposición de las colectoras... a un año de la cita con las urnas, como ya parece habitual, todo está sobre la mesa y sujeto a debate

 

Pablo Mendelevich 24La designación de Santilli como reemplazante de Adorni muestra al Pro cada vez más dentro del gobierno, mientras su líder mira desde afuera

 

El Spagnuologate debe su nombre en primer lugar, como es obvio, al apellido del abogado hablantín que comenzó su trayectoria en discapacidad el día que asumió como máxima autoridad de la agencia estatal que se ocupa del tema.

Durante muchísimo tiempo fue común recurrir a la prueba de fuego para averiguar si el acusado de un delito grave era o no culpable. Las leyes anglosajonas establecían cuántos pasos debía caminar el incriminado sosteniendo en las manos un hierro ardiente. Si lograba llegar al final sin soltarlo era proclamado inocente. Si no, se lo condenaba a muerte. Cuando corría la Edad Media se sobrentendía que Dios ejercía un arbitraje celestial ciertamente infalible gracias al cual quienes no hubieran hecho nada malo pasarían la prueba exentos de daño. Y viceversa.

En 2023, cuando la palabra casta alcanzaba su cenit, se creía que si Milei tenía éxito la política replantearía todas sus reglas. Muchos piensan que a Milei le fue muy bien: lleva gobernando más de 600 días con las dotaciones parlamentarias más raquíticas que haya tenido un presidente en toda la historia, sin equipos experimentados ni estructura partidaria, sin gobernadores propios, prácticamente sin intendentes, sin haber nombrado jueces, pese a lo cual logró la inédita proeza de realizar un ajuste récord sostenido con escasa merma por el apoyo popular originario, todo gracias a que cumplió la promesa principal de fulminar la inflación. Pero la nueva política, si se la esperaba, no termina de aparecer.

La política se renueva. ¿Quién dijo que es siempre lo mismo? Este 2025 ha llegado el sinceramiento que todos estaban esperando. Acaba de lanzarse el último modelo de candidatura testimonial. Es la candidatura testimonial orgullosa. Lo opuesto al modelo vergonzante que se venía usando desde hace tres lustros. 

Julio de 2025 no será recordado como un buen mes en la lucha anticasta que prometió Milei hace dos años antes de las presidenciales. Eso se debe a la confluencia de dos fenómenos inéditos: la embestida parlamentaria del jueves 10, que desafió con fuerza inesperada la hoja de ruta del Poder Ejecutivo, y el espectáculo, el último fin de semana, del cierre de listas para las primeras elecciones bonaerenses desdobladas de la historia, una tomografía del estado regresivo de la política en su conjunto, incluido el oficialismo que decía venir a sanearla.

De vuelta se está hablando de Carlos Menem en todas partes. Ahora el detonante ha sido un suceso artístico. El audiovisual “Menem”, una biopic ficcionada, subcategoría grotesco. Drama político, se consigna. Seguramente sin dobles intenciones.

Suena irónico, por no decir gracioso, que en sus impiadosas resoluciones la jueza Loretta Preska insista en llamar “la República” a secas al país en el que la palabra república sobrevive herrumbrada y donde el adjetivo republicano pasó a aderezar en forma peyorativa el repertorio de insultos que casi todas las mañanas distribuye entre sus críticos el presidente de la Nación. El kirchnerismo, sujeto tácito del litigio judicial en cuestión, suele ser el menos fascinado con las virtudes republicanas, a las que con encomiable sinceridad en ocasiones dilapida.

He aquí un dato que a veces se olvida: Milei es el presidente de la Nación que llegó al poder con mayor porcentaje de votos de la historia argentina (55,65). Sólo lo supera la marca obtenida por Perón en 1951 (62,49), que no corresponde a un acceso al poder sino a una reelección, y la del mismo Perón en 1973 (61,86), un caso muy especial, único en el mundo, de re-reelección tras 17 años de exilio y con el propio partido en el gobierno desde cuatro meses antes. En términos estadísticos debería decirse que Milei es el presidente más votado de la historia después de Perón, aunque a él en particular no le gusta verse en ningún segundo puesto, mucho menos tener que ensalzar al marmóreo líder de sus rivales, por eso cuando menciona el tema al general lo despacha. 

A esta unidad repentina del peronismo surgida de la condena definitiva a Cristina Kirchner no es fácil hallarle antecedentes históricos. Se habla de Perón, de Puerta de Hierro, de Gaspar Campos. Pero Perón no se hacía el prohibido, estaba prohibido.

He aquí una interesante falacia causal. Cristina Kirchner sugiere que lo que produce el viento es el follaje de los árboles cuando se mueve.

Los llamados cientistas políticos, que para algo lo son, aseguran que la política es una ciencia. Pero a la cotidianeidad política criolla no siempre resulta fácil detectarle el brillo académico. Leerla con pretensión asertiva se ha vuelto más difícil que verle la sombra al viento. Los instrumentos de análisis estándar no sirven más. 

Tras 17 años de exilio, Perón volvió a la Argentina el 17 de noviembre de 1972 en un DC-8 que le alquiló el peronismo a Alitalia, el famoso chárter, con 146 acompañantes. El general llevaba doce años en la España de Franco. Pese a que su residencia de Puerta de Hierro se había convertido en la meca de la política argentina -iban y venían sindicalistas peronistas, dirigentes ortodoxos, montoneros, hasta políticos de otros partidos como Frondizi y enviados de Lanusse-, el chárter no partió a Buenos Aires de Madrid. Partió de Roma.

¿Por fin el peronismo comenzó a enterarse de que Cristina Kirchner robó dinero del Estado (razón por la cual ya fue condenada dos veces) y resolvió deshacerse de ella? ¿Infirió que la sentencia a seis años de prisión e inhabilitación para ocupar cargos públicos empezará a ejecutarse más temprano que tarde, que ella muy probablemente irá presa y que entonces ya no será posible fingir normalidad, como si las decisiones de los jueces estuvieran por debajo de la política o sucedieran en otra dimensión? 

Uno de los grandes malentendidos de la historia argentina del siglo XX es el de Evita guevarizada. La asimilación iconográfica de Eva Perón con la del Che Guevara. Se puede apreciar un vestigio de esa confusión en cualquier momento. Basta con levantar la vista en la Avenida 9 de Julio, donde el intercalado edificio de Obras Públicas interpela a los urbanistas. A los gigantes murales de acero, de 31 metros por 24, Cristina Kirchner los mandó hacer en 2009 por teléfono desde La Habana. Acababa de reunirse con Fidel Castro y se alistaba para volar a Caracas para encontrarse con Hugo Chávez. La presidenta le ordenó a Oscar Parrilli que sin demora hiciera confeccionar una efigie de Eva Perón (después fueron dos) exactamente igual a la que en la Plaza de la Revolución, sobre el frente del Ministerio de Industria cubano, homenajea al Che Guevara.

Madre e hijo, se ve, tienen el mismo corazón democrático, federal, republicano e institucionalista. Por eso a la idea balbuceada por Milei de una intervención de la provincia de Buenos Aires la calificaron de “golpe institucional”. Eso sería, completaron en su lengua, un atropello a “los y las bonaerenses”.

Hay años especiales. Años sobrecargados. No parecen existir demasiadas dudas en ese sentido sobre las cualidades únicas de 1945. Fue el año en el que nació el peronismo, el año del 17 de octubre, cayeron Mussolini y Hitler, finalizó la Segunda Guerra Mundial, se gestaron las Naciones Unidas, comenzó el proceso de descolonización en Asia y África, Estados Unidos arrojó las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, y Gran Bretaña acabó relegada por la bipolaridad soviético estadounidense que animaría las siguientes cuatro décadas y media, la Guerra Fría.

Es lógico que se miren con lupa los gestos de Donald Trump hacia Javier Milei, porque la mayoría de los analistas entiende que en ese vínculo personal anida ahora la buena estrella de las relaciones entre Estados Unidos y la Argentina.

Evidencia para cualquier análisis, los partidos están partidos. Partidos en dos, en tres, en cuatro. No en forma explícita, pero en muchos casos con líderes de predicamento recortado, impotentes para conciliar las facciones.

Si los análisis pedestres de la actualidad tienden al reduccionismo, los de la historia mucho más. Un ejemplo es el clásico concurso casero, frecuente en redes, acerca de cuál fue “el mejor presidente de la historia” y cuál el peor. Juego que en verdad hace la vista gorda con las dimensiones del universo considerado.

Hace falta revisar hoy la frase más punzante de Milei sobre Cristina Kirchner, aunque sólo ha pasado un mes y medio desde que la dijo. “Me encantaría meterle el último clavo al cajón del kirchnerismo con Cristina adentro”. Es una frase violenta, hostil, impropia de una democracia y, en la medida en que alude a la muerte de quien efectivamente tuvo delante de sus narices hace poco más de dos años a un sujeto que le gatilló un arma, es una frase de pésimo gusto. 

Victoria Villarruel quiere conseguir un trofeo que ningún vicepresidente constitucional argentino logró desde que Justo José de Urquiza y Salvador María del Carril inauguraron el sistema presidencial: suceder al presidente mediante el voto popular.

No hace falta irse a la Italia de Mussolini para encontrar camisas negras. El general José Félix Uriburu llamaba “Camisas negras argentinos” a los miembros de la Legión Cívica Argentina, grupo político y paramilitar que él mismo formó con “hombres patriotas” capaces de encarnar “el espíritu de la revolución de septiembre y que estuvieran moral y materialmente dispuestos a cooperar en la reconstrucción institucional del país”.

Distorsionar la historia era hasta hace poco un pertinaz hábito kirchnerista basado en carencias propias. Pero ahora cualquiera acomoda el pasado según conveniencia, apuro y gustos. El uso político de la historia, claro, existe desde tiempos inmemoriales, lo que se expandió es la precariedad, la liviandad de las revisiones. O las invenciones. 

En poco más de una semana llegará el “Día Nacional de los y las afroargentinos y afroargentinas y de la cultura afro”. Por cierto que a tan escarpada frase oficial, de inconfundible perfume kirchnerista, alguien debería reponerle el castellano. Pero no se puede. Quedó sacralizada así en una ley de 2013.

Mauricio Macri acaba de hacer una toma de posición que no merecería quedar sepultada por el consabido vértigo argentino. Macri, simplemente, lo describió a Milei. Y lo hizo en términos llanos, precisos, con un tono cuidadoso pero certero. Sin despertar, significativamente, réplica acalorada alguna de parte del interesado.

La vicepresidenta Victoria Villarruel volvió a darle protagonismo a una mujer que fue responsable del baño de sangre que vivió el país en los años 70

Aunque una de las banderas del gobierno libertario es la simplificación burocrática, hay cosas que Milei debería aprender del peronismo. Ponerle “Centro Cultural Palacio Libertad Domingo Faustino Sarmiento” al “CCK” tal vez no vaya a pasar a la historia como uno de sus mayores aciertos.

Desde que hace dos semanas Milei organizó un asado autofinanciado para los 87 “héroes” que “pusieron un freno a los degenerados fiscales” no se conocieron nuevas hazañas legislativas. Hay dudas de que el heroísmo vaya a replicarse en breve.

Aunque más no fuera por asombro, Perón debió sobresaltarse en su tumba el viernes pasado cuando en Roma, rodeado de dirigentes de movimientos sociales, varios de ellos peronistas, el papa argentino hizo un extenso discurso en favor de la justicia social, despotricó contra la represión policial del justiciero activismo kirchnerista y repitió los clichés antirroquistas de la izquierda vernácula. Discurso histórico llamado a tener consecuencias políticas inmediatas.

De aquel planteo icónico que Mario Vargas Llosa escribió en Conversaciones en la Catedral, “en qué momento se había jodido el Perú”, surgió la correspondiente pregunta argentina. Pregunta más lúdica que científica.

Sin ponerse colorados, ahora mismo los operadores kirchneristas se enfervorizan con la idea de agrandar la Corte Suprema. Nada de discutir minucias, de tapar agujeros con la incorporación de Ariel Lijo y Manuel García-Mansilla. Hay que hacer una corte en serio, dicen. 

Junto con la enagua, el Wincofon, el trato generalizado de usted o el teléfono con disco, las discusiones ideológicas sólo parecen tener reservada una apacible sobrevida museológica en el terreno de la nostalgia. Quizás sea demasiado contundente repetir que las ideologías han muerto.

De pronto la Justicia se volvió la única garantía que hay para alcanzar la verdad. Su voz suprema, su proverbial equilibrio nos salvará. Por algo es una mujer de ojos vendados que lleva una balanza en una mano y una espada en la otra. Ídola total. Los jueces revelarán qué ha sucedido, para eso son jueces, para dar la palabra final. Absolverán o castigarán según sus prístinas sentencias. Oh, majestuosa Justicia. Alabada sea. Aguardamos su sagrada, definitiva palabra. 

La palabra “entorno” que Macri desempolvó la semana pasada al hablar con Milei tiene en la historia política argentina una clara familiaridad con la jerigonza peronista y, además, un eco maléfico. El vocablo evoca los convulsivos años setenta. Más precisamente remite a los primeros dos presidentes consecutivos de igual apellido que tuvo el país, los presidentes Perón.

Alguien debería informarle al Axel Kicillof cómo salieron las elecciones del año pasado. En el acto de conmemoración del cincuentenario de la muerte de Perón, el gobernador llamó “modelo primarizador (sic) sin soberanía” a la política oficial y aseguró que “la oposición” a ese modelo surge de “la enorme mayoría de nuestro pueblo que no está dispuesta a entregar sus derechos y sus conquistas”.

Desde Dalmacio Vélez Sarfield y Leandro Alem hasta Bernardo de Irigoyen, Aristóbulo del Valle, Alfredo Palacios, Juan B. Justo o Lisandro de la Torre, unos cuantos líderes políticos que desempeñaron papeles centrales en la historia argentina fueron, al comienzo o al final de sus carreras, senadores nacionales. Abundan los casos de quienes ocuparon una banca en el Senado incluso después de haber ejercido la presidencia de la Nación: Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Roca, Pellegrini, Alfonsín, Menem.

¿Es Milei acaso el inventor del planteo maniqueísta? Buena parte de la historia argentina puede ser entendida como una sucesión alternada de exclusiones. Un péndulo inagotable que renovó su justificación en nombre de la democracia imperfecta. Los conservadores excluyeron a los radicales. Luego los radicales se arrogaron ser el todo (“mi programa es la Constitución”, decía Yrigoyen), hasta que volvieron los conservadores e industrializaron el fraude, que antes había sido casi artesanal, y de ese modo barrieron a los radicales. Como reacción a las marginaciones surgió el peronismo. Que excluyó a todos los demás (“los contreras”, decía Evita). Y a continuación vinieron todos los demás y excluyeron al peronismo.

Javier Milei, como ya es bien sabido en la Argentina y como también viene siendo expuesto por la prensa internacional, es un expanelista de televisión, de estilo volcánico, economista, que llegó a presidente en forma increíblemente meteórica, con un partido de dos años y medio de vida, luego de ganar las elecciones con un porcentaje que nadie había conseguido en cuatro décadas de democracia. Su singularidad conjuga récords y rarezas. Que, lejos de petrificarse, se ensanchan día a día y obligan a actualizar los registros. 

Es posible suponer, aunque ningún encuestador se interesó hasta ahora por verificarlo, que la mayoría de los argentinos ignora quién es Begoña Gómez. De a poco la gente se va anoticiando de que una discusión inaudita en torno de la honradez de esta mujer podría llegar a malograr una porción de las míticas inversiones que la economía argentina necesita con desesperación, y quién sabe qué más.

Islandia, un país con menos habitantes que la ciudad de Santa Fe, tiene el coeficiente Gini más bajo del mundo. El coeficiente Gini da una imagen de cómo está distribuida la riqueza en una sociedad, sea feudal, capitalista o socialista. Cero se corresponde con la perfecta igualdad, uno con la perfecta desigualdad. Según Naciones Unidas, cuando da superior a 0,40 resulta alarmante. La Argentina tiene alrededor de 0,44.

Catapultado por el sufragio popular, Milei lidera hoy una sociedad mayoritariamente unida detrás de un objetivo sacrificial, objetivo medular nada glamoroso: aniquilar el déficit fiscal. Lo llamativo ya no es que Milei ganó con el 55,5 por ciento de los votos mediante rugientes promesas de ajuste, sino que la mayor parte de la sociedad lo sigue apoyando con fervor, pasados cuatro meses de padecimientos sociales, crecimiento de la pobreza y expectativa de meses aún más duros. El fervor de muchos sensibles seguidores aúlla en las redes, sobre todo cuando alguien osa intercalar una crítica siquiera parcial, como si cualquier crítica segregara hiel destituyente.

A la luz de la historia, la mala relación del presidente libertario con el gobernador kirchnerista de la provincia de Buenos Aires merecería ser vista como una amenaza a la estabilidad institucional. Sin embargo, nadie parece muy afligido hoy por ese antagonismo, dramatizado en los públicos reproches que día por medio intercambian Javier Milei y Axel Kicillof. Y no sólo porque para preocuparse sobren problemas. Problemas y antagonismos. 

Que seas paranoico no quiere decir que no te estén siguiendo, advierte Woody Allen. Podría parafrasearse ahora que el hecho de que el kirchnerismo haya inventado una historia tuerta no significa que la contra-versión de Milei sea completa sólo por endilgarles parcialidad a los otros y por hallar víctimas de la violencia guerrillera hasta ahora inhumanamente ignoradas.

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