Isabel Perón no es una mujer viuda que “en soledad debió soportar más de 40 años de persecución y ostracismo”. Para nada se ajusta a la verdad lo que dice Victoria Villarruel. Persecución, en todo caso, “sólo” sufrió durante los cinco años tres meses y once días que los militares la tuvieron presa “a disposición del Poder Ejecutivo”, mucho más tiempo del que habían sido encerrados Hipólito Yrigoyen y Arturo Frondizi en Martín García.
Villarruel suele mostrar empatía con las Fuerzas Armadas que dieron el golpe de 1976, lo que vuelve más extraño el súbito arrebato isabelista que se le despertó el jueves pasado, 17 de octubre, hacia la presidenta destituida. “Quiero reivindicar su figura”, tuiteó al difundir fotos que se sacó al visitarla en Madrid.
Ostracismo le decían los griegos al destierro político. Pero Isabel Perón, que se fue del país cuando tenía 22 años y volvió en 1973 para gobernarlo, al ser liberada se volvió a España, donde por propia decisión perfeccionó su acento castizo. Así también se retiró de la política. Alguna vez declaró que ella sabía que no estaba capacitada, pero que el destino la puso ahí. En 1985 dejó de figurar como titular del Partido Justicialista.
Lo que es cierto es que su impar ostracismo voluntario, si se quiere decir así, se combinó con el intenso e indisimulado esfuerzo del peronismo por olvidarla. Esfuerzo que Cristina Kirchner acentuaría a partir de 2007 por motivos personales: pretendía ella ser la primera mujer que presidía la Argentina sin importarle que Isabel Perón figuraba desde mucho antes en libro Guiness de los récords como la primera mujer en el mundo que había ejercido la jefatura de un Estado con el título de presidenta de la Nación.
En este aspecto, Villarruel tiene razón. La viuda de Perón fue barrida debajo de la alfombra. Pero eso se debió a un motivo de tremenda trascendencia histórica que la vicepresidenta ni siquiera roza. El gobierno de Isabel Perón no solo fue caótico, perdió por completo el control de la economía e hizo uno de los más impiadosos ajustes de la historia (el Rodrigazo), sino que plantó en la Argentina el terrorismo de Estado. La organización terrorista que funcionaba en el Ministerio de Bienestar Social conducido por José López Rega, la Triple A, asesinó, secuestró y mandó al exilio a centenares de personas. Según la Conadep, bajo aquel gobierno peronista hubo un millar de desaparecidos y asesinados.
Es una curiosa paradoja: el peronismo viene escondiendo a Isabel Perón desde el siglo pasado, esencialmente porque no puede explicarla (ni a ella, ni a López Rega), pero Villarruel la rescata del olvido negando también su responsabilidad en el baño de sangre de los 70, tema que se supone es para la vicepresidenta un asunto primordial. No termina de entenderse el desorden ideológico encendido en un contexto de tensiones endógenas.
“Hoy se termina la proscripción de Isabel Perón”, expresó entre otros sinsentidos Villarruel, mientras en un segundo gesto inesperado inauguraba un busto de quien fuera antecesora suya en la presidencia del Senado. Desde luego, el extemporáneo discurso laudatorio pasó por alto el dato de que durante los nueve meses que Isabel Perón fue vicepresidente solo presidió una sesión de la cámara. ¿De qué proscripción habla? ¿Nunca supo Villarruel que el Congreso hasta sancionó en 1984 una ley a medida de Isabel Perón por la cual carecen de validez jurídica los procesos judiciales y las confiscaciones por ella sufridos y que el presidente Carlos Menem en 1995 la indemnizó con cuatro millones de dólares?
Para sostener esta nueva disonancia con el gobierno al que pertenece, la vicepresidenta encomia con fervor “la conducta moral” de Isabel Perón y esquiva toda referencia a sus niveles de idoneidad. “Hizo del silencio un martirio”. ¿Para proteger a quién? ¿A Casildo Herreras, quien en 1981 fue a esperarla a Barajas con un ramo de flores? ¿A Massera, que la apañó en el seno de la Junta Militar? Un 17 de octubre de los más raros.
Pablo Mendelevich


La vicepresidenta Victoria Villarruel volvió a darle protagonismo a una mujer que fue responsable del baño de sangre que vivió el país en los años 70