Pablo Mendelevich

 

Casi ningún comentarista se quedó con ganas de decir que el velorio de Maradona fue una metáfora de la Argentina. La idea de que los tropiezos públicos, los escándalos, la ineficacia, son metáforas nacionales, está en boga.

 

 

Adivinanza sencilla para usuarios entrenados en argentinidad mediante la mera rutina de ver caer las hojas del almanaque: ¿En qué se parecen el impuesto al viento, la idea de derogar las PASO, el nuevo índice jubilatorio y la embestida contra el traslado de los jueces?


 

En la Argentina casi no se usa el verbo vacar, pero se ve que en Perú es corriente: Martín Vizcarra se convirtió el lunes en el cuarto presidente "vacado" por el Congreso, luego de una sesión de cinco horas, que culminó con una votación aprobada por 105 votos contra 19 (más 4 abstenciones). La moción de vacancia es el procedimiento para sacar del cargo al presidente: una destitución legal.

 

La verificación más penosa de la grieta, como se llama en la Argentina a la partición política irreconciliable, se da en el seno de muchas familias comunes y silvestres. Ya lo decía Félix Luna para explicar el extremo al que había llegado el enfrentamiento peronismo- antiperonismo a mediados del siglo pasado: el extremo hogareño.

 

 

Es mejor pensar que ya no es la V de la victoria lo que hacen los peronistas cuando posan para selfies ceremoniales como la de los 75 octubres y suponer que solo están informando cuántas son las personas que gobiernan ahora el país. Sería una extraña jactancia, pero no exenta de jurisprudencia.

 

 

Una ventaja que el peronismo les ofrece a sus exégetas son los brotes de transparencia que intercala en su rica verborragia. En apenas 72 horas produjo tres pronunciamientos aparentemente inconexos a los que, sin embargo, basta unir para entender mejor cómo son las cosas.

 

 

Una tarde de 1981, en tiempos del general Roberto Viola, cuando la dictadura intentaba exhibirse menos feroz, uno de los periodistas estrella del diario La Prensa, Manfred Schönfeld, fue atacado al salir del diario por un grupo de personas nunca identificadas.

 

La idea de que la calle siempre fue peronista tal vez forme parte de los mitos políticos argentinos. Los recientes "banderazos" opositores incluso llevaron a algunos de sus artífices a celebrar un quiebre inédito del monopolio del peronismo en la ocupación de la calle, en consonancia con la ausencia de concentraciones oficialistas en el contexto de la pandemia. Sin embargo, en la génesis no fue así.

 

Entre las 14 palabras que eligió la Real Academia Española para definir el año 2019 sobresale euroescéptico. Se le dice así al europeo que duda del valor de la Unión Europea. El euroescepticismo, una categoría política, viene en dos versiones.

 

No parece casual que Eduardo Duhalde haya estremecido al país con dos frases pronunciadas en lenguaje político extremo al día siguiente de que Alberto Fernández hubiese llevado ese lenguaje a su máxima potencia desde diciembre de 2019.

 

Las piruetas del kirchnerismo para camuflar una amnistía dentro de la reforma judicial son un dudoso homenaje a la memoria de los aqueos. Mítico o, quién sabe, de base real, el Caballo de Troya fue cuanto menos ingenioso.

 

 

Si uno aspirara a ser invitado por la reina Isabel a tomar el té en el Palacio de Buckingham probablemente no lo ayudaría salir en el Times de Londres diciendo que el protocolo de la monarquía le parece una pérdida de tiempo. Alberto Fernández, sin embargo, acaba de hacer algo parecido.

Cada vez es más difícil encontrar en Netflix una película o una miniserie que no diga que está basada en hechos reales. ¡Todo está basado en hechos reales! Bueno, todo no. La realidad, eso es lo más extraño, parece poco inspirada en hechos reales. O en lo que hasta hace poco se estandarizaba como real.

 

Hijo de un trabajador rural y de la peluquera del pueblo, Fabián Silvano Lorenzini no tiene el physique du rol de un hombre de la oligarquía.

 

 

Mientras se negociaba por enésima vez la deuda al borde de la cesación de pagos, Alberto Fernández explicaba que había decidido la expropiación de Vicentin para evitar que cayera en manos extranjeras. Sus palabras exactas fueron: "Para nosotros ese es un mercado muy importante. Nosotros rescatamos Vicentin de un camino seguro al precipicio, que terminaba con la quiebra o en manos extranjeras".

 

Había una vez un país entrañable que era famoso por la indescifrable paradoja que lo acuciaba. Tenía de todo. Riquezas naturales, diversidad, recursos humanos fabulosos, técnicos, científicos, escritores, artistas, deportistas de primer nivel. Y cada vez más pobreza.

 

 

La nueva normalidad ya llegó. Está aquí. En todas partes. Expandida a los más variados órdenes de la vida. Desde la desocupación, la deuda y el futuro de los teatros hasta la agenda de los preescolares. Es la incertidumbre. Por su propia esencia tiene carácter provisorio, pero mientras tanto, la incertidumbre es lo normal.

 

 

La primera dificultad que le ofrece una pandemia, como esta del coronavirus, a la política es bastante conocida, pero tal vez convenga recordarla: una pandemia no tiene solución.

 

 

Parece ser que aquel proverbio del general que dice que para mandar un tema político al muere basta con crear una comisión, en realidad no se le ocurrió al general sino a Napoleón, quien a su vez se habría inspirado en una idea de Juana de Arco.

 

 

"El coronavirus tiende a potenciar la imagen del que gobierna y a debilitar la del opositor. Si uno gobierna bien, la gente, a veces por desesperación, por necesidad, se aferra a ese que hace las cosas como ellos esperan. El opositor se queda solo, hablando y explicando. La gente no lo valora porque siente que mientras unos hacen los otros hablan".

 

Algunos de los discursos más célebres de Winston Churchill, estadista de una estirpe ya extinguida en el mundo, permiten recordar que incluso durante la Segunda Guerra Mundial el Parlamento británico siguió en funcionamiento.

 

Tiempo de coronavirus, de pandemia, algo que prácticamente nadie (aparte de Bill Gates, de quien circula una charla TED de 2015 con la premonición y las necesarias prevenciones) tenía en su agenda.

 

 

De repente, con la pandemia del coronavirus quedaron obsoletas hasta las metáforas, o invirtieron su sentido. Viralizar, voz que quiso hacer virtuosa para las comunicaciones la velocidad de propagación de los virus y que la Real Academia bendijo hace apenas un año, hoy representa para la Humanidad entera la peor perspectiva. Ya no referida, claro, a mensajes virtuales sino a la etimología cruda del término.

 

 

Es una suerte que Angela Merkel no haya estado el domingo en un palco de nuestra Cámara de Diputados cuando el presidente Alberto Fernández leyó su primer discurso de apertura de sesiones parlamentarias. Ella es la última estadista que preguntó en voz alta qué es el peronismo.

 

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